Sólo moverá a México un frente unido ciudadano: Denise Dresser

El martes 15 el gobierno de Francia condecoró a Denise Dresser, colaboradora de Proceso, con las insignias de Caballero en la Orden de la Legión de Honor, la más importante de las distinciones que otorga esa nación a hombres y mujeres, sean extranjeros o franceses, que hayan realizado contribuciones de alto mérito en los ámbitos civil o militar. Al imponer la presea durante un acto celebrado en la Residencia de Francia en México, la embajadora Maryse Bossière destacó el compromiso de la politóloga, académica y periodista en favor de los derechos humanos, la rendición de cuentas y la democracia. A continuación se reproduce íntegro el discurso que Denise Dresser pronunció luego de recibir el homenaje y la condecoración.

MÉXICO, DF (Proceso).- Aquí honrada por este reconocimiento. Aquí honrada por la presencia de la distinguida embajadora Bossière cuya fineza, sensibilidad y estupendo español siempre me impresionan. Aquí conmovida por la presencia de numerosos amigos, colegas, compañeros de infinitas batallas, muchas perdidas pero también algunas ganadas. Mis afectos. Mi mundo que ahora se vuelve más grande con la mirada que Francia posa sobre mí, aun en sus momentos más tristes. Esa grandeza francesa, cuna de la democracia, de la libertad, la igualdad, la fraternidad y de tanto que me ha ensanchado la mente, el corazón y el espíritu a lo largo de los años. Me llamo Denise por el cariño de mi padre a Francia, cariño que ahora veo retribuido con creces, esta noche.

Esta noche donde a pesar del honor que me conceden, pero quizás por lo que entraña, no puedo dejar de hablar de mi país, nuestro país. El país adoptivo en estos tiempos de la embajadora Bossière. Atorado en un largo proceso de desencuentros, rupturas y corrupción que ha ido minando la esperanza de dignificar y consolidar el régimen democrático de México. La orfandad compartida ante la certidumbre de que la vida pública se ha corrompido –sin distinciones ni matices– entre partidos y gobernantes. La desilusión colectiva ante la persistencia de la cercanía, la amistad y las lealtades políticas en el nombramiento de funcionarios públicos. La angustia ante la opacidad que persiste en la fiscalización del dinero público y la repartición del botín partidario sin consecuencias. Sin efectos. Sin sanciones.

México hoy, donde la libertad de expresión y prensa habitan en la simulación de leyes que dicen defenderlas. Donde para los periodistas las palabras más comunes son miedo, silencio, muerte, censura, o un nuevo eufemismo acuñado en el caso de los periodistas que exhibieron la Casa Blanca: despido por “abuso de confianza”. Un estado de indefensión para defensores de derechos humanos, blogueros, tuiteros, dirigentes sociales y estudiantiles que viven en la aprensión permanente. Porque alzar la voz para denunciar, disentir, criticar, conlleva un alto riesgo.

Hoy las palabras usadas para describir al sistema político mexicano son métrica del desencanto y termómetro de la desi­lusión. Palabras como democracia incompleta. Transición truncada. Representación fallida. Impunidad institucionalizada. Simulación. Regresión. Pero peor aún, en este periodo de deterioro democrático, la inseguridad se ha implantado como una rutina común. Hela allí: la macabra puntualidad de la muerte. En Guerrero. En el Estado de México. En Michoacán. En Tamaulipas. Y como Ayotzinapa reveló, el Estado mexicano demuestra su impotencia frente al crimen organizado que históricamente protegió. Las ramas más importantes del gobierno –las procuradurías, las Cortes, las policías– demuestran su disfuncionalidad a diario. Y por ello, como lo ha argumentado Mauricio Merino, el reto principal para México no es sólo salvar a la democracia, sino salvar al Estado mismo. Salvarlo para que recupere su capacidad de garantizar el mínimo de seguridad que México necesita para sobrevivir.

Y mientras tanto, ¿qué pasa con nosotros? ¿Cuál es el papel de los ciudadanos y los activistas y los periodistas confrontados con esta descomposición? No hemos sido capaces de diseñar una agenda que sacuda a la clase política de su complacencia, y la ruta del deterioro continúa, ininterrumpida. Porque quienes acaparan el poder se rehúsan a compartirlo de una manera diferente. Porque los actores fundamentales siguen siendo los mismos.

Pero si algo nos ha enseñado Francia es la dignidad. Lo único que nos queda por hacer es “caminar por la ruta de lo insuficiente hasta que se vuelva suficiente”, como escribe Merino. Aprovechar las redes sociales como un medio alternativo para la acción democrática. Demandar libertad, conciencia, respeto, verdad. En pocas palabras, transitar hacia la vida activa como ciudadanos en todas las esferas. Recuperar los espacios públicos que nos han sido arrebatados. Aprender a ser ciudadanos de tiempo completo.

Y eso está comenzando a ocurrir en México hoy. Junto con el colapso del Momento mexicano está emergiendo una narrativa más optimista, más esperanzadora. Pero no la está escribiendo el gobierno, sino la población. Aquellos que han tomado las calles y el internet y que se están convirtiendo lentamente en lo que el artista disidente Ai Weiwei llama “ciudadanos obsesivos”. Aquellos que durante los últimos tiempos no han dejado de protestar, demandar, proponer, empujar. Rogar, como lo hiciera Alejandro González Iñárritu la noche de los Óscares, que los mexicanos finalmente tengan el gobierno que se merecen.

Vía un contexto de exigencia en el cual las movilizaciones y las protestas y el cabildeo ciudadano lleven a un Sistema Nacional Anticorrupción que sea algo más que maquillaje. A una Ley Nacional de Transparencia que provea información que con demasiada frecuencia es negada. A la renuncia de quienes han estado involucrados en escandalosos casos de conflicto de interés. A un debate nacional sobre cómo regular a la policía para que proteja a estudiantes en lugar de agredirlos. A la investigación que toque a los que han sido intocables. A un movimiento que lleve a la pérdida del registro del Partido Verde debido a las múltiples violaciones a la ley. A la obligación, por ley, de que cada candidato y cada funcionario del país hagan pública su declaración patrimonial, su declaración de impuestos, su declaración de conflicto de interés. A una reforma del gasto público que se ha vuelto el vehículo para el clientelismo renovado del gobierno y la oposición. Se trata entonces de evolucionar de la protesta a la propuesta, a través de recomendaciones concretas de política pública, que lleven a una renovación institucional indispensable.

Unidos por ideas que parecen imposibles. La idea –imposible– de que México puede ser gobernado mejor, y que sus ciudadanos pueden conocer la verdad. La idea –imposible– de la rendición de cuentas. La idea –imposible– de que el gobierno combata la corrupción en lugar de albergarla. La idea –imposible– de que la democracia sirva a los ciudadanos y no nada más a los partidos. Ideas que parecen imposibles en México hoy. Tan imposibles como lo parecieron en su momento la abolición de la esclavitud y el matrimonio homosexual y la despenalización de la mariguana y el sufragio femenino y el derecho a decidir. La desobediencia ante aquellos que veían estas ideas como imposibles es lo que ha hecho historia.

Hay quienes critican la movilización ciudadana; hay quienes descalifican la protesta por el “caos” y la “desestabilización” que provoca. Pero la demanda y la desobediencia como yo las he vivido –y como la experiencia francesa nos enseña– pueden ser bellas porque alteran las rutinas del tiempo y el espacio, haciendo que lo imposible se vuelva posible. Pueden ser hermosas porque provienen de un buen lugar: ese músculo terco, como lo llamó Woody Allen, que es cualquier corazón humano. Ese lugar que debería recordarnos el derecho que tenemos a protestar contra un gobierno que no merecemos y recordar las palabras de Martin Luther King: “El arco moral del universo es largo pero se dobla hacia la justicia”. Justicia para los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Justicia para los 22 asesinados en Tlatlaya. Justicia para los 49 niños de la Guardería ABC. Justicia para los más de 26 mil mexicanos desaparecidos. Esta condecoración es un tributo a ellos: un pequeño esfuerzo por doblar el arco moral del universo en su dirección. En nuestra dirección.

En la dirección de cada mexicano que prefiera, parafraseando a Eleanor Roosevelt, encender una vela en vez de maldecir en la oscuridad. Cada mexicano que continúe creyendo en la capacidad para cambiar a México, a pesar de toda la evidencia de lo contrario. Nuestro ancho, melancólico, bello país. Un lugar descrito por el poema “Alta traición”, de ríos y campos enfermos de amapolas y montañas espigadas de magueyes. Pienso en nuestro futuro, el grano de trigo, el amplio corazón mexicano de piedra y aire. Pienso en lo que hace que personas como yo creamos en el patriotismo, en la justicia social, en la indignación creativa, en la participación, en el servicio, en los derechos individuales, en lo que va más allá del cinismo de hombres fríos con ojos de tezontle y granito, muchos de ellos sentados en el Senado. Pienso en las decisiones diarias de mexicanos extraordinarios que conozco, que saltan y se mueven y actúan, paralizando el ruido mediocre de las calles, llamando la atención a lo que nos aqueja. Voces de progreso, de esperanza. Voces para pelear contra el miedo, la corrupción, la impunidad, el uso arbitrario del poder, nuestro río de fatigas.

Voces con las cuales entender que “mover a México” no se trata tan sólo de reformas legislativas acordadas desde arriba. Entraña el desmantelamiento de lo que todavía queda de nuestro viejo sistema autoritario y el comienzo de nuevos códigos de conducta ciudadana. Un frente unido para evitar el regreso de los peores vicios del pasado. Una coalición ciudadana para mantener los ojos bien abiertos. La tarea es herculana e involucra a cada persona que se niegue a participar en el colapso moral de su país. En cuanto a mí, yo estoy aquí, honrada, agradecida y preparada para trabajar con más determinación que nunca en el único lugar que conozco: con las palabras. Y afiliada al único partido que conozco: el de nosotros.

Quizás termino con un dejo de romanticismo pero pienso en México y me viene a la mente mucho más que Ayotzinapa y Tlatlaya y Apatzingán y la Casa Blanca y la salida de Carmen Aristegui del aire. Pienso en el pelo rizado, loco, exuberante, mexicano, de mi hija Julia, no presente esta noche por el comienzo de sus exámenes en Yale. Pienso en mis dos hijos Samuel y Sebastián, altos, guapos, inteligentes, divertidos, buenas personas, ciudadanos del mundo y de su país; mi mayor orgullo y lo mejor que he hecho. Pienso en mi madre a quien le debo tanto aunque a veces no lo exprese lo suficiente. Pienso en las personas paradas alrededor, que en los últimos años de mi vida, cuando atravesé todos los círculos del infierno, me rescataron de diversas y hermosas maneras. Saben quiénes son y saben lo que han hecho por mí. Saben que mi agradecimiento va más allá de las palabras.

También pienso en la nostalgia que siento por Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis y Germán Dehesa, que tan buena huella dejaron tras de sí. Pienso en la urgencia que yo y tantos sentimos por justicia y dignidad para todos. Pienso en cómo se pone el mar sobre las olas en San Pancho, un minúsculo pueblo al norte de Punta Mita; en el sonido del organillero caminando por las calles de la Condesa donde vivo; en el misterio y la majestuosidad de Mitla; en cada comida que he disfrutado en mi restaurante favorito, Dulce Patria; en andar en bicicleta por Paseo de la Reforma los domingos en la mañana, entre la bulla. Pienso en el riesgo de perder nuestra casa –nuestra Patria– como aquellos que han padecido ese destino debido a la violencia omnipresente en Michoacán y Guerrero, y la oportunidad de recuperarla. De lograr lo que Rosario Castellanos quería, “que la justicia se sienta entre nosotros”. Es muy emocionante ser mexicana en estos tiempos aunque uno tenga que coexistir con el regreso del PRI. Yo agradezco esa dádiva. Y Francia al condecorarme lo sabe como yo lo sé: no creo que seamos incambiables, no creo que seamos inamovibles, no creo que seamos inferiores a nadie ni que nos merezcamos menos. Somos de la región más transparente del aire. Venturosamente somos de México.

Denise Dresser

15 de diciembre de 2015

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