Jane Fonda, las palabras contra el olvido

El 30 de julio de 1979 Proceso publicó una entrevista de Julio Scherer con Jane Fonda, actriz de bandera y representante de la izquierda estadunidense. Directo, el entonces director del semanario la cuestionó acerca de su responsabilidad social como artista y sobre las aparentes contradicciones entre su discurso y su acción política. Aquí se reproduce parte esencial de ese trabajo como un ejemplo del Scherer riguroso en el reporteo, incisivo en el diálogo, revelador de la complejidad humana…

MÉXICO, DF (Proceso).- Como si llegara del campo o fuera a la playa, vestida con blusa y falda de tela áspera, de un solo azul la blusa, de muchos azules la falda floreada, Jane Fonda desayuna con apetito. Sin maquillaje, dueña de su rostro, se incrusta una margarita entre los cabellos cuando su pequeño hijo se la ofrece. Se miran, se gustan, se abrazan, se besan, se miman.

Frente a la pareja, el embajador Lucey asiste a la escena con la complacencia del anfitrión. Tom Hayden, al lado de su esposa, pretende conservarse a distancia, pero envuelve a la mujer cuando le aproxima un cubierto o pone a su alcance el azúcar.

Una época ella fue Barbarella, alucinante en su desnudez, los pósters en el mundo eternizándola íntegra y púdica, los brazos sobre los senos; otra época oscureció su biografía en el jet set; más tarde se declaró enemiga jurada del “establishment” sin comprender el juramento a fondo; hoy se piensa segura y se sabe fuerte, una con su pasado y una con su futuro, una ella misma.

Dice:

“He superado los sentimientos de culpabilidad a causa de la clase que represento.”­

Su madre le mostró la muerte cuando tenía 13 años. Señora de un palacio y de un marido famoso, enajenada, sólo un cuerpo sin volumen, se suicidó. El fin fue silencioso. A solas unos segundos, una soga la degolló.

Habla la actriz de su infancia y de los valores de su padre:

“Él ha sido una maravillosa persona, un ejemplo en mi vida. No sólo me ha dado cariño, ejemplo y sentido de responsabilidad, sino que fue quien en una ocasión me abofeteó cuando yo, inocentemente, utilicé la palabra negro en sentido negativo (nigger), una palabra que apenas había aprendido ese día en la escuela. Todos crecemos y debemos aprovechar las experiencias de nuestro pasado para vivir la vida de la mejor manera posible. Yo tuve una infancia muy afortunada y en esto mi padre desempeñó un papel primordial.”

Fue largo el recorrido por ella misma en su entrevista con Proceso. Porque es ella y es su pasado, y su pasado es su padre, y su padre es símbolo de la sociedad que ella detesta.

La pregunta fue directa:

–Si entiendo bien su lucha, diría que cuestiona el abuso de todas las formas de poder sobre los débiles y los marginados. ¿Cuestiona con la misma energía su propio origen, hija de un padre famoso y millonario, dueño de influencia y poder en la sociedad de la que es prototipo?

“Existe una tremenda diferencia entre ser una persona dedicada a la actuación, de quien se da por sentado que gana bastante dinero y es famosa y pertenece a una familia privilegiada, y las personas que protegen los intereses de las corporaciones, quienes pueden determinar, por ejemplo, el número de los empleos en los Estados Unidos, los precios y el bienestar social. De manera que en mi caso sí me enfrento con los problemas de una persona que pertenece a una clase más alta y que por esta razón está separada del común de la gente. Pero no creo que esto la convierta a uno necesariamente en un opresor.”

Aparecieron y desaparecieron los jugos, el pan, los huevos con tocino. Sólo queda el café. Y volvió el tema de la primera pregunta, pero de otra manera.

–En 1971, a raíz de que un grupo de monjas y sacerdotes habían sido acusados de planear el secuestro de Kissinger, usted, vestida de soldado, gritó: “No soy una hermana de la caridad; soy una mujer revolucionaria”. ¿Qué es ser revolucionaria y cómo se es revolucionaria desde la fama y la riqueza?

“Utilicé la palabra revolucionaria –supongo que la utilicé, ya no me acuerdo–, pero si la utilicé lo hice en el mismo contexto en que se utilizaría para referirse al caso Watergate. Esto sucedió hace casi 10 años, cuando la retórica estaba en su apogeo y, desde mi cándido punto de vista de entonces, posiblemente pensé que estábamos viviendo algún tipo de situación revolucionaria. Ciertamente creo, sin embargo, que los cambios que deben tener lugar en los Estados Unidos son cambios estructurales. Y creo que cualquier movimiento importante que más allá de la protesta quiera llegar al poder debe incluir todo tipo de personas –los intelectuales, los profesionistas, artistas prominentes–, aun cuando la base de cualquier movimiento debe ser la gente pobre, la gente que trabaja. Por esto puedo decir que he superado los sentimientos de culpabilidad de la clase que represento; y me considero como una persona que tiene un papel que desempeñar, alguien que puede expresar sus ideas y valores a través de sus películas, que puede tener acceso a numerosos públicos, alguien que también desempeña un papel como ejemplo, particularmente para las mujeres.”

Muchos días de sol broncearon la piel de Jane Fonda, muchos días de ejercicio y dieta la espigaron. La naturaleza está en su cuerpo, la pasión en sus ojos azulmorado. Es vivaz y rotunda, ave con esqueleto de hierro.

–Regreso sin gloria cuestiona la guerra de Vietnam, pero no las formas de vida de la sociedad norteamericana. ¿Podría conservar esta sociedad la vida que se da, consumidora de 30% de la producción mundial de petróleo, si su gobierno prescindiera de la política exterior que usted combate?

“Permítame responder a su pregunta con respecto a Regreso sin gloria. Es cierto que esta película enfoca tan sólo un síntoma y las raíces del problema. No pude, a través de esta película, encontrar la manera de hacerla comercial en un país que esencialmente no es una nación políticamente sofisticada, y al mismo tiempo realizar un filme que hiciera un verdadero análisis de lo que el mundo representa en términos de toda nuestra política exterior.

“Es más bien una película impresionista que aborda la absurda ética machista como si fuera una alegoría dirigida a toda la nación. Por lo que se refiere a los Estados Unidos, pienso que cumplió con su propósito. Ahora estoy trabajando en una película acerca de la forma como la economía norteamericana depende de su política exterior, de manera particular relacionada con el petróleo y cómo es manipulada de manera especial por los bancos.”

–Le agradecería que profundizara acerca de la segunda parte de mi pregunta: Regreso sin gloria censura aspectos de la política exterior de su país, pero no las formas de vida de la sociedad norteamericana, formas de vida que nacen y se explican por esa política exterior. ¿No tropezó usted con una contradicción esencial en el guión?

“¿Quiere usted decir que la contradicción nace de que no haya criticado la totalidad de la política norteamericana?”

Interviene Tom Hayden:

“Para hacer eso se hubiera requerido un documental de 14 horas de duración.”

Vuelve Jane Fonda:

“Yo traté, pero no pude encontrar la manera de hacer que la película dijera todo lo que podría –y debía– haber dicho.”

–¿Le hubiera gustado que lo dijera todo?

“Sí, pero en la medida en que me convierto no sólo en más actriz, sino también en productora de películas, comienzo a aprender que en los Estados Unidos nuestra cultura debe ser popular, que las historias deben ser sencillas y muy fuertes, no didácticas, no retóricas. En la película no podía hacer un análisis político más explícito sin haber caído en la trampa de la didáctica. Entonces nadie la habría visto, a excepción de las personas que estuvieran de acuerdo con mis puntos de vista. ¿Usted qué piensa?”

–La película cumple espléndidamente las exigencias artísticas, pero no las razones políticas. ¿Está de acuerdo conmigo?

“Entiendo por qué dice esto. Pero probablemente mis propias fallas y las de mis colaboradores expliquen las razones por las cuales no pudimos lograr más. En todo caso, no encuentro ningún otro motivo”.

–En la escena final, cuando el mayor se desnuda y desaparece en el mar, ¿el propósito es representar la idea del fracaso total o del suicidio, o las dos situaciones al mismo tiempo, en resumen una sola?

“Queríamos que la escena representara cuán obsoleta es la ética del macho.”

–O sea…

“La destrucción del individuo por el mito del machismo norteamericano, de la superioridad norteamericana. Fracaso y suicidio, todo. De allí el simbolismo: la desnudez y el mar que se traga esa desnudez. Lo que no me gustó del final de la película, y es un tema que discutí con el director, fue que un marino que hubiera combatido en los frentes, un veterano de guerra, no se habría dado muerte de esa manera. Me pareció un suavizado suicidio intelectual.”

–¿Cómo debió suicidarse el marino?

“Un amigo mío, que fue marino e inspiró el personaje que protagonizó John Voight en la película, me contó la manera como todo esto pudo haber sucedido: manejando su automóvil a gran velocidad, el marino hubiera activado una granada de mano y hubiera muerto instantáneamente en la explosión.”
La historia, y el periodismo lo es, se ocupa de los personajes. Los sigue más que un sabueso. Rastrea, husmea, desempolva, hurga, otea siempre, día y noche, años y siglos. Conocen los grandes el precio: soportar la vigilia permanente, aceptar el acoso, intuir que ni siquiera la recámara es la cerrada intimidad, pues ni allí faltará quien devele secretos y quien quiera contarlos. El hombre con identidad ocupa mayor espacio que el hombre anónimo, y por ese espacio se paga. La vida es como es.

Jane Fonda quería un solo espacio para todos. Se muestra indivisible con el mesero, el ayudante, el intérprete, el periodista, el embajador y su marido. No hay tonos más o menos cálidos al dirigirse a uno o a otro, uno solo es el tono. Sí, en Jane Fonda la sencillez es acabada disciplina.

La escultura de su cuerpo contrasta con el rostro adulto. Sobre el labio superior de la actriz, dos arrugas cuentan sus años.

La entrevista fluye:

–En el pasado usted protestó contra la guerra de Vietnam y recientemente contra los efectos de la radiación nuclear en Harrisburg. ¿Qué relación existe entre una y otra protestas?

“Para comenzar con lo básico, la guerra y la energía nuclear son una contradicción en la democracia. Si tuviéramos una política exterior realmente democrática y como ciudadanos estuviéramos en verdad cerca de la naturaleza de las acciones de nuestro gobierno, nunca hubiéramos peleado la guerra que peleamos en Vietnam. Por lo que se refiere a la energía nuclear, su manejo ha sido centralizado y existe toda una política para mantener al público mal informado acerca de sus peligros potenciales, los efectos inflacionarios sobre nuestra economía y la existencia de alternativas que podríamos intentar con éxito.”

–¿Cómo se explica que no exista una información veraz en el país de las grandes cadenas periodísticas, las más sofisticadas redes de televisión y los más complicados circuitos radiofónicos?

“En primer lugar no creo ni quiero dar la impresión de que existe algo así como una conspiración entre los medios de comunicación y las ‘fuerzas del mal’. Aunque ciertamente los medios de comunicación en los Estados Unidos son los más grandes, no tengo la capacidad para decir si son o no los más saludables. Creo que el contenido de los medios de comunicación norteamericanos, en su mayoría, refleja los prejuicios del establishment. Esto se comprueba fehacientemente en el marco de ciertos periodos de nuestra historia. En el de Nixon, por ejemplo, existió una tremenda presión sobre los medios para que no reflejaran políticas contrarias a sus proyectos.”

Tom Hayden:

“La energía nuclear fue desarrollada en los Estados Unidos dentro de una política de estricto secreto, secreto oficial.”

Jane Fonda:

“Existen otras presiones sobre los medios. Acabo de terminar una película, El síndrome chino. Trata de un accidente en una planta nuclear, y cómo los miembros de su junta directiva lucharon por acallarlo. A raíz de la película, la industria de energía nuclear envió su propaganda a todos los críticos de cine. La Westinghouse, que produce aparatos nucleares y patrocina un programa de Bárbara Walters, intentó bloquear una entrevista que ella me había hecho, pues no quería que el tema del filme repercutiera en la TV. Debo agregar que a muchos reporteros que quisieron conversar conmigo sobre el mismo asunto les fue difícil abordarme con franqueza. Entendí que trabajan para estaciones de radio propiedad de corporaciones involucradas en la industria de la energía nuclear.

“Existe otro tipo de censura, la censura de la conciencia. Se dio durante la guerra de Vietnam y de ello puedo hablar. En esos años muchos periodistas recibieron la información de militares racistas incapacitados para entender o percibir siquiera la verdadera naturaleza de lo que allá estábamos haciendo.

“Estos son algunos de los problemas apasionantes de nuestro país, las contradicciones que se acentúan. Mi esperanza es que periodistas como Barbara Walters, quien se negó a cancelar nuestra entrevista, puedan seguir adelante en su trabajo. Otro signo que me alienta es que haya podido realizar una película como El síndrome chino, no obstante que fue financiada por compañías multinacionales que no la consideran necesariamente dentro de los términos de su propio interés de largo plazo.”

Los ojos de Jane Fonda, ahora sólo azules, tranquilos, miran a Patrick Lucey:

“También me alienta que pueda estar diciendo todas estas cosas en la residencia del señor embajador de los Estados Unidos en México.”

La risa de todos, flores en la mesa, es seguida por el relato de Tom Hayden:

“Quisiera dar otro ejemplo de cómo van cambiando las cosas y cómo las contradicciones son cada vez más claras y estimulantes. Fue en 1968 la primera ocasión que viajé a México, el año de Chicago, Praga, París, Tlatelolco. En ese tiempo vivía en el temor. Regreso 11 años después y justamente el día en que mi avión aterriza en México, Nixon llega también, pero para entrevistarse con el sha. Ocurre entonces un hecho excepcional: mientras yo me hospedo en la residencia del embajador de los Estados Unidos, todo lo que Nixon puede obtener es un automóvil para trasladarse a Cuernavaca.”

No hay fatiga. El embajador consulta su reloj y se retira –la sonrisa inseparable de su personalidad.

–El hambre devora 220 millones de hombres en América Latina. ¿Por qué no la conmueve este sólido drama, apenas a la vuelta de la frontera con su país, tanto o más que las atrocidades de Vietnam? ¿Será porque la muerte lenta, sin cambios aparentes, sórdida, monótona, tediosa, no excita su imaginación de artista?

“Por supuesto que me conmueve. Y estoy profundamente preocupada por la pobreza que existe en América Latina. También me doy cuenta del papel que de­sempeñan las compañías multinacionales en este problema. Tom y yo pertenecemos a un movimiento, la Campaña por una Democracia Económica, que trata precisamente de cambiar la estructura de las corporaciones para que respondan mejor a las necesidades de los pueblos. Si triunfamos en nuestro empeño, por supuesto que el poder de estas corporaciones disminuirá y habrá un alivio para todos.”

–¿Qué resta del ideal norteamericano?

“Permanece muy vivo en los corazones de la clase media. Esta es la razón por la cual Tom y yo somos optimistas. Pero la realidad es que el sueño se está convirtiendo en pesadilla.”

–¿…?

“El ideal está muy vivo en las mentes y en los corazones de los norteamericanos, el derecho de poseer un hogar, una comida decente nutritiva, una buena educación, fuentes de combustible por los que se paguen precios razonables, atención médica accesible. Pero cuando estos derechos resultan inalcanzables en la vida de todos los días, entonces se dará lo que Nixon llamó la “mayoría silenciosa”, una fuerza irritada y frustrada que demandará el cambio. Nosotros, como activistas, somos optimistas. Dada la naturaleza de nuestra gente y su creencia en la democracia y en su ideal, creemos que podremos superar las dificultades que afrontaremos.”

–¿Cuál es el futuro de las grandes corporaciones trasnacionales, cuál el del militarismo norteamericano, cuál el de líderes como Castro?

“No puedo responder las dos últimas preguntas. No puedo predecir cuál será el futuro de las dictaduras de América Latina, salvo esto: si los Estados Unidos no las apoyaran, su vida sería más corta. No estoy muy familiarizada con la situación en Cuba, pero me parece que Castro ha realizado una labor extraordinaria en su país.

“Por otra parte, no puedo predecir con ninguna certeza cuál será el futuro de las compañías multinacionales, porque no soy economista ni experta en la materia. Me parece, sin embargo, que existen dos posibilidades. Una, que su poder llegue a ser aún más explícito y manifiesto. Otra, que tengamos éxito en el tipo de movimiento que representamos. Nuestra organización exige que las corporaciones sean restructuradas desde dentro. Es el camino para proporcionar al pueblo una participación democrática en la toma de decisiones a nivel corporativo”.

Comentarios

Load More