Las horas de fuego… en la recaptura de El Chapo

LOS MOCHIS, Sin. (Proceso).- El primer fin de semana de 2016 se acercaba y Joaquín El Chapo Guzmán Loera, fundador y uno de los jefes del Cártel de Sinaloa, decidió abandonar las rancherías serranas del sur de la entidad y trasladarse a una zona urbana.

Quería salir de Cruz de Elota; eligió la norteña ciudad de Los Mochis. Y en esa localidad escogió su casa nueva, reconstruida en menos de un año, a unos 10 metros del drenaje pluvial de la ciudad.

El jefe de su seguridad, Orso Iván Gastélum El Cholo, se opuso a la idea. Le sugirió que era peligroso. Su jefe no lo escuchó, y en los primeros minutos del jueves arribó a la casa remodelada para él.

La vivienda estaba en un barrio envidiable: a 200 metros vivía Eva Valdez, la madre del actual gobernador, Mario López Valdez; a 600 metros, el secretario general de Gobierno de Sinaloa, Gerardo Vargas Landeros, y a un costado, el excampeón mundial de box Fernando Montiel El Cochulito.

Ubicada en la esquina nororiente del cruce del bulevar Jiquilpan y la calle Río Quelite, en el barrio de Las Palmas, la casa fue adquirida dos años atrás por gente no identificada.

Vecinos de la zona cuentan que los anteriores dueños, un matrimonio mormón, un día abrieron la puerta de la casa y realizaron una rápida venta de garaje. Malbarataron los muebles y los trabajadores de los negocios cercanos se pelearon los enseres domésticos. Y después, los mormones desaparecieron.

Un año después, la casa comenzó a ser remodelada. Se levantaron muros y se colocaron protecciones. Seis olivos negros que crecían en la acera recibieron fertilizante. El follaje pronto ocultó la fachada y lo que sucedía en el interior.

Adentro, la recámara principal fue rehecha de cabo a rabo. Y en ella, el clóset tenía entrañas invisibles: un pasadizo secreto hacia el subsuelo. Era el escape hacia el drenaje. El desagüe tendría dos salidas. La primera, hacia el poniente de la ciudad: a 500 metros de la casa desembocaba en el dren a cielo abierto Juárez, bajo un puente vehicular. La segunda, al oriente, rumbo a la zona comercial, se extendía por casi 700 metros. En ese tramo, varias salidas estaban siempre disponibles: rejillas de boca de tormenta o alcantarillas metálicas.

Una de estas últimas eligieron El Chapo y El Cholo la madrugada del jueves 8, momentos antes de que el capo fuera detenido por tercera ocasión.

La operación

Es de noche, y la mujer lava el piso de su casa. No quiere identificarse. Tiene miedo y da su razón: “La balacera de anoche nos robó el sueño y la tranquilidad. Nos obligó a rezar, a escondernos en los baños, a tirarnos al piso y vivir por cuatro horas pidiendo a Jesús que nos salvara. Sabíamos que era un caso de delincuencia organizada, por tantos balazos, por tanto helicóptero, por tanto encapuchado uniformado corriendo por las calles, rompiendo puertas, gritando, insultando, tratando a todos como delincuentes. Y sí, oiga, aquí vivimos con miedo”.

Ya han pasado casi 18 horas de la operación que terminó en la captura del dirigente del Cártel de Sinaloa y su reclusión –por segunda vez– en el Centro Federal de Readaptación del Altiplano, de donde se fugó el 11 de julio pasado.

Muy temprano, casi amaneciendo, recuerda un abogado que pide reservar su nombre, se escucharon los primeros tiros. Eran las 4:00 horas, aproximadamente. Se trataba de ráfagas cortas. Ratatata, ratatata, y luego silencio. Un vacío más prolongado y luego el boom, boom. Esos eran “cincuentazos” con seguridad, dice. Se refiere a disparos de fusiles Barrett, calibre 50 milímetros.

Luego, un haz de luz pasó iluminando los techos. Un viento frío bajó del cielo y arrancó las falsas tejas de asbesto. Los ventanales y las puertas temblaron, como cuero de tambor golpeado por una baqueta. Flap, flap, flap, se escuchó en la penumbra. Estaba amaneciendo cuando el abogado descubrió la razón de aquellos ruidos que lo despertaron: un helicóptero de origen estadunidense Black Hawk gris –con tipos armados, como francotiradores– sobrevolaba la zona.

A lo largo y ancho de los fraccionamientos Las Palmas, la Scally, Del Valle y Teresita, el sobrevuelo continuó por más de cuatro horas. A veces era el Black Hawk, pero en ocasiones se trataba de un helicóptero ruso MI-12 o una avioneta Cessna 203 de la Fuerza Aérea. Se usó hasta un interceptor de comunicaciones estadunidense.

En tierra, los fusileros especiales de la Armada de México peinaban los fraccionamientos calle a calle, casa a casa, alcantarilla por alcantarilla.

Los anillos de seguridad se extendían. Llegaron hasta la carretera internacional México 15.

Y existían razones para ello. Había fugitivos del operativo, y también caídos.

En la casa elegida por El Chapo y El Cholo, un presunto gatillero estaba muerto y seis más habían sido detenidos. En la vivienda contigua, otro sujeto armado quedó en el patio. En Río Baluarte número 1422 esquina con Jiquilpan dos varones más terminaron sin vida, y a cinco inmuebles de ella, casi en Río Baluarte y Cocoteros, una quinta persona estaba muerta. Todos habían intentado huir por los techos y fueron ultimados por los marinos.

Debajo del bulevar Jiquilpan, por el subsuelo, huían Joaquín El Chapo Guzmán y Orso El Cholo Iván Gastélum. Recorrieron casi 700 metros de drenaje. Decidieron emerger en el crucero de Antonio Rosales y Jiquilpan, y despojar a un conductor de su auto Jetta, de color blanco. Lo abordaron y enfilaron hacia la salida norte de Los Mochis. Las cámaras de vigilancia los siguieron. Se armó la persecución y los delincuentes cambiaron de vehículo. Nunca lograron liberarse de sus perseguidores.

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