“Cartas a Louise Colet”, de Flaubert

Ilustración de Toledo. Ilustración de Toledo.

De niño dormí entre zapatos, botas, sandalias, hormas, clavos, pegamento, pieles tratadas y de res, leznas e hilos encerados en la casa del abuelo Benjamín, que era zapatero, ese es el origen de muchas de las imágenes que aparecen en mis cuadros, al leer el libro Cartas a Louise Colet de Gustave Flaubert rememoré mi infancia y fijaciones estéticas, que han aparecido constantemente en mi obra, y ahora en estos dibujos.

Ilustración de Toledo.
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“Es curioso que entre la urgente bibliografía flaubertiana ningún adicto haya producido todavía una interpretación con el título de ‘Flaubert y el fetichismo’.”

(Extracto de La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary, un ensayo de Mario Vargas Llosa.)

Ilustración de Toledo.
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Croisset

Medianoche del sábado al domingo

8 de septiembre de 1846

¡Qué buena idea tuve al quedarme tus zapatillas! ¡Si supieras cómo las miro! Las manchas de sangre amarillean y se debilitan. ¿Es culpa de ellas?

Ilustración de Toledo.
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Croisset

Domingo, diez de la noche

20 de septiembre de 1846

Adiós, querida mía, mil besos en tus hermosos ojos y en esos largos papillotes cuyo olor voy a aspirar un poco, a veces, en la zapatilla de calados azules; pues ahí es donde he guardado el mechón. El mitón está en la otra zapatilla, la medalla al lado, y junto a ella las cartas.

Ilustración de Toledo.
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Ruán

Domingo 13 de diciembre de 1846

¿Acaso la mera contemplación de un viejo par de botas no tiene algo profundamente triste y de una amarga melancolía? Cuando se piensa en todos los pasos que se han dado dentro de ellas para ir ya no se sabe a dónde, en todas las hierbas que se han pisado, en todo el barro que se ha recogio… el cuero reventado, que bosteza, parece decirte: “… luego, imbécil, compra otras, charoladas, relucientes, crujientes, llegarán a ser como yo, como tú algún día, cuando hayas ensuciado muchas cañas y sudado en muchos empeines”.

Ilustración de Toledo.
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Trouville

Domingo 14, a las cuatro

14 de agosto de 1853

¡Y los pies rojos! Rojos, flacos, con juanetes, durezas, deformados por los botines, largos como lanzaderas o anchos como paletas.

… Me dieron ganas, durante toda la tarde, de escaparme de Europa e irme a vivir a las islas Sandwich o a las selvas de Brasil. Allá, al menos, las playas no están manchadas por pies tan mal hechos, por individualidades tan fétidas.

Ilustración de Toledo.
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Trouville

Viernes, once de la noche

26 de agosto de 1853

Me gustan las obras que huelen a sudor, aquellas en que se ven los músculos a través de la ropa, y que caminan descalzas, lo que es más difícil que llevar botas, botas que son moldes para uso de gotosos: en ellas oculta uno sus uñas torcidas, con toda clase de deformidades. Entre los pies del Capitán o los de Villemain y los pies de los pescadores de Nápoles está toda la diferencia de las dos literaturas.

¡Lástima que no sea yo profesor en el “Collège de France”! Daría un curso completo sobre esa gran cuestión de las botas comparadas con las literaturas. , diría yo, etc. ¡Qué bonitas comparaciones podrían hacerse con el coturno, la sandalia, etc.!

… Los zapatos de Gargantúa estaban hechos con “cuatrocientas seis varas de terciopelo carmesí, lindamente recortadas en líneas paralelas, unidas en cilindros uniformes”. Ahí veo la arquitectura del Renacimiento. Las botas Luis XIII, anchas de boca y llenas de cintas y borlas como un tiesto lleno de flores, me recuerdan el palacio de Rambouillet, Scudéry, Marini. Pero al lado está una larga espada española de empuñadura romana: Corneille.

En tiempos de Luis XIV, la literatura tenía las medias bien tensadas; eran de color pardo. Se veía la pantorrilla. Los zapatos eran de punta cuadrada (La Bruyère, Boileau), y había también algunas botas fuertes a la amazona, calzado robusto de corte grandioso (Boussuet, Molière). Luego se arregla el extremo del pie en punta, literatura de la Regencia (Gil Blas). Se economiza el cuero, y la forma o la horma (¡qué chiste!) se lleva a tal exageración de antinaturalismo, que casi se llega a China (salvo la fantasía, por lo menos). Es empalagoso, ligero, afectado. El tacón es tan alto que falta el equilibrio; ya no hay base. Y por otra parte, se rellena la pantorrilla, llenado filosófico fláccido (Raynal, Marmontel, etc.). Lo académico expulsa a lo poético; reinado de las hebillas (pontificado de Monseñor de La Harpe). Y ahora estamos entregados a la anarquía de los zapateros remendones. Hemos tenido las canilleras, los mocasines y los zapatos de punta retorcida. Oigo en las pesadas frases de los señores Pitre-Chevalier y Èmile Souvestre, bretones, el ruido abrumador de los zuecos célticos. Béranger ha desgastado hasta el cordón la botina de la modistilla y Eugène Sue muestra exageradamente las innobles bocas de tacones comidos del asesino. Uno huele a grasa quemada y el otro a cloaca. Hay manchas de sebo en las frases del uno, y regueros de mierda a lo largo del estilo del otro. Han ido a buscar novedades al extranjero, pero esas novedades son viejas (trabajamos con lo viejo). Fracaso de la requetebotas a la rusa y de las literaturas laponas, valacas y noruegas (Ampère, Marmier y otras curiosidades de la Revue des Deux Mondes). Sainte–Beuve recoge los trapos más nulos, remienda estos harapos, desdeña lo conocido y, añadiendo hilo y cola, sigue con su pequeño comercio (renacer de los tacones rojos, estilo Pompadour y Arsène Houssaye, etc.). Así que hay que tirar al agua toda esta basura, volver a las botas fuertes o a los pies descalzos y sobre todo cortar aquí mi digresión de zapatero.

¿De dónde diablos procede? De un horrible vaso de ron que he tomado esta tarde, sin duda. Buenas noches.

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