Cumbre del G-20: pulso geopolítico

HANGZHOU, China (apro).Una cumbre del G-20 es lo más parecido a unos Juegos Olímpicos de la diplomacia: Obama, Putin, Merkel… El aterrizaje escalonado de aviones privados con los principales líderes mundiales supuso un nuevo mojón en la historia reciente de un país que tres décadas atrás estaba voluntariamente aislado.

La finalidad de la cumbre es teóricamente económica, pero es inevitable que las cuestiones geopolíticas roben la atención. El cónclave se asemeja a un programa rápido de lavadora donde los representantes de los dos tercios de la población del mundo y el 80% de su riqueza colocan todos los conflictos. En el centro de convenciones se suceden reuniones que por separado merecerían todas las portadas globales. La convivencia bajo el mismo techo de los políticos empuja a que se reúnan incluso los que sienten una reconocida aversión personal.

Es el caso de Barack Obama y Vladimir Putin, presidentes de Estados Unidos y Rusia, respectivamente, quienes protagonizaron el mayor chasco diplomático de la cumbre al no lograr el ansiado alto el fuego en Siria. Su fracaso fue amplificado ese mismo fin de semana con una cadena de atentados que dejó más de cincuenta muertos en el país de Medio Oriente.

Ambos aguantaron el lunes 5 frente a frente durante una hora y media en el mismo cuarto debatiendo sobre temas tan espinosos como Siria y Ucrania. La reunión tenía una duración prevista menor, se apresuraron a precisar los dos bandos para subrayar sus esfuerzos.

“Ha sido una reunión sincera, franca y directa”, aclaró Obama.

Putin añadió que habían dado otro paso adelante y que esperaba que la solución llegase en los próximos días.

Desdén mutuo

Washington y Moscú apoyan a bandos opuestos en un conflicto que ha dejado casi 300 mil muertos y millones de refugiados en Europa. Rusia se ha alineado con el presidente Bashar al-Assad para bombardear a la oposición. Ambos dicen combatir a los terroristas, pero discuten quién merece esa etiqueta.

“Hay familias y niños sufriendo. Buscamos un alto al fuego serio, verificable y significativo”, añadió Obama.

El anterior alto al fuego saltó por los aires en febrero y desde entonces las conversaciones naufragan mientras la guerra civil se agrava y aumentan las facturas a devolver en ambos bandos.

El acuerdo se había dado por seguro el domingo 4 al programarse una rueda de prensa conjunta entre John Kerry y Serguei Lavrov, jefes diplomáticos de Estados Unidos y Rusia. Poco después, Kerry anunciaba el nuevo fracaso y culpaba a Rusia de pretender discutir asuntos pactados.

La liturgia diplomática establece que los presidentes tomen el escenario cuando los acuerdos estén ya maduros para la rúbrica. Pero la falta de química entre ambos entorpece más que aceita el proceso y la devolución del asunto a sus segundos es una buena noticia. Putin y Obama ni siquiera han disimulado su desdén durante estos años. El presidente estadunidense dijo meses atrás en referencia a Siria que no sabía si podía fiarse de Putin ni de los rusos.

También Obama y Xi Jinping, presidente chino, tratan asuntos áridos como las tensiones en el Pacífico o la reciente sentencia que invalida las pretensiones territoriales de Beijing, pero su sintonía engrasa los encuentros.

La Casa Blanca calificó de “cándido” el intercambio de impresiones. Beijing y Washington le dieron un empujón a la cumbre al ratificar la víspera el acuerdo de emisiones de París cuando éste ya amenazaba ruina. Aquel acuerdo –firmado en diciembre tras semanas de negociaciones– requiere para su entrada en vigor la ratificación de 55 países que producen el 55% de las emisiones globales.

La participación de China y Estados Unidos no es sólo relevante porque juntan el 38 %, sino por sus roles de locomotoras. Al resto de los gobiernos les resultará más difícil justificar su negativa después de esta semana. Apenas una veintena de países de peso mosca que suman alrededor del 1% de emisiones lo habían ratificado hasta ahora.

Focos de tensión

La cumbre ha servido para aliviar varios focos de tensión. Alemania y Turquía mostraron su predisposición a superar escollos como las recientes acusaciones a Ankara del genocidio armenio de 1915 o de represión exagerada tras el fracasado golpe de Estado contra el presidente Recep Tayyip Erdogan.

También Londres y Moscú limaron asperezas después de que asuntos como Siria, Ucrania o el señalamiento de Putin como instigador del envenenamiento con polonio del espía Litvinenko hubieran arruinado su sintonía bilateral.

Fue uno de los pocos respiros de Theresa May, la primera ministra británica que acudía con la pesada mochila del Brexit. La debutante en la arena internacional escuchó de sus tradicionales aliados que la salida de la Unión Europea no le saldrá gratis. Obama la envió a la cola de sus prioridades, detrás de la Unión Europea y el bloque de naciones del Pacífico. “No tendría sentido detener las negociaciones existentes en las que hemos invertido mucho tiempo y esfuerzo”, explicó.

Después llegó un informe de 15 páginas de Japón inusualmente afilado sobre las consecuencias del Brexit para sus multinacionales y una serie de exigencias para evitar su éxodo. La mitad de la inversión japonesa está localizada en Gran Bretaña, hasta ahora una puerta al mercado europeo. May debió explicar a Beijing por qué ha retrasado la construcción de una central nuclear con capital sino-francés y que, según medios nacionales, puede arruinar la “etapa dorada” bilateral.

El cuadro asiático es menos mediático que Medio Oriente o Europa del Este pero igual de problemático. La tirantez personal entre Xi y Shinzo Abe, presidente japonés, quedaba plasmada en sus caras avinagradas cuando estrechaban sus manos. Quizás obligado por la cordialidad del anfitrión, Xi le ofreció una reunión en apariencia amistosa concluida con mutuas intenciones de reducir las tensiones.

Xi expresó su malestar a Park Geun-hye, su homóloga surcoreana, por el futuro escudo antimisiles estadunidense desplegado en su país. Beijing sospecha que, además de abatir los cohetes norcoreanos, su radar también controlará su territorio. Park y Abe, tras el acuerdo para indemnizar a las miles de mujeres surcoreanas esclavizadas por el ejército nipón el pasado siglo, pudieron conversar por primera vez sobre negocios.

La febril actividad diplomática en reuniones bilaterales eclipsó los compromisos que debían acordar los líderes para acentuar la recuperación económica. El cónclave terminó con el firme propósito de frenar el proteccionismo y sin medidas concretas, una fórmula que asegura el olvido a Hangzhou.

El balance debió de disgustar a Xi, quien había azuzado a sus compañeros en la apertura para que aparcaran “la palabrería” y aseguraran la posteridad a la cumbre.

El paraíso en la tierra

El evento cambió la fisonomía de las pocas ciudades que rompen la uniforme fealdad urbanística de China. “El paraíso está en el cielo, y en la tierra están Hangzhou y Suzhou”, dicen los chinos, quienes suelen elegirla para sus Lunas de Miel.

La liturgia previa a cualquier gran acontecimiento internacional incluye esconder a prostitutas y pordioseros, pero China fue más allá al preparar el mejor decorado y vaciarlo de actores. El millón de voluntarios destacaba por la escasez de otras formas de vida en una ciudad de seis  millones de habitantes. Para vaciar Hangzhou no se escatimaron medios: una semana de vacaciones, dinero para gastarlo fuera y atracciones gratis en las ciudades vecinas.

También se limitó el transporte privado y desaconsejó el turismo. El efecto fue devastador en esta ciudad sureña donde la calle transpira vida y esta semana sólo mostraba cemento y orgías florales en cualquier esquina. Ese alarde organizativo volvió a juntar el sentido desaforado de hospitalidad china con la inseguridad del nuevo rico.

El margen al error es exiguo en China y tampoco el cielo se deja al azar. Las fábricas de toda la provincia cerraron y helicópteros fiscalizaron sus chimeneas.

La cumbre fue especialmente beneficiosa en Mantoushan, un idílico enclave de clases trabajadoras entre la montaña Fenghuang y el río Qiantang. “Las casas eran viejas y peligrosas. El gobierno lo ha reformado todo, no hemos pagado ni un yuan. Antes los cables de electricidad colgaban y ahora están enterrados. Y con el alcantarillado ya no sufrimos las inundaciones de antes”, señaló a Apro Feng Guan Lin, un jubilado de 75 años

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