De manos

Positiva y negativa, de Toledo. Positiva y negativa, de Toledo.

OAXACA, Oax. (Proceso).- Hace años Gabriel Orozco fue a trabajar al taller Arte Papel en San Agustín Etla, su padre también era pintor y formó parte del taller de David Alfaro Siqueiros.

Entre los instrumentos que se utilizaban en el taller de papel estaban los esténciles y la pistola de aire; como es sabido el instrumento favorito de Siqueiros fue la pistola de aire y también del papá de Gabriel.

Cuando Orozco vio la pistola de aire se horrorizó y dijo: mi padre y Siqueiros la utilizaron tanto que la detesto.

Entonces yo le dije que era cierto que Siqueiros había utilizado la pistola de aire pero era un instrumento muy antiguo, el primero que trabajó con esa técnica fue el hombre prehistórico al poner su mano sobre las paredes, luego a través de un carrizo escupía el liquido de color y retiraba la mano.

Y con este incidente quise en esta columna hablar de las manos.

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Huellas de manos

La primera sorpresa viene del hecho de que los procedimientos para hacer las huellas más simples prácticamente no existían originalmente. Las manos positivas –se aplica un pigmento sobre la mano, se aplica la mano sobre la pared, y la huella aparece ahí– son de hecho las más raras en la época neolítica. Lo que predomina desde el principio, según sabemos, son las manos negativas –se aplica una mano sobre la pared, posteriormente se aplica el pigmento, la huella negativa se deduce cuando se retira la mano–, sobre estas últimas los debates entre los especialistas parecen estar lejos de haber terminado. ¿Frotamiento del pigmento (según Regnault), polvo seco (según Cartailhac) o color líquido proyectado (según Barrière)? ¿Técnica de tubo (según el abad Breuil) o bien proyección bucal directa?

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Del libro L’ empreinte de Georges Didi-Huberman. Traducción por Neftalí García Fernández del Campo.

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Castigo y premio Proverbio juchiteco

Ti ná´dxiña ti ná´guidi (en una mano la flor y en la otra el látigo o en una mano el cuero y en otra mano el azúcar).

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Siglo de manos

Aborrezco todos los oficios. Patronos y obreros, todos aldeanos innobles. La mano en la pluma vale tanto como la mano en el arado.

–¡Qué siglo de manos!–. Mi mano nunca será mía. Luego, la servidumbre lleva demasiado lejos. La honradez de la mendicidad me desconsuela. Los criminales asquean como si fueran castrados: yo estoy intacto, y me es indiferente.

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Del libro Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud.

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Mano de gloria

Medio heroico que usan los ladrones para entrar en las casas.

Se coge la mano cortada de un ahorcado, que habrá que comprar antes de su muerte; se la sumerge, con cuidado de conservarla casi cerrada, en un vaso de cobre que contenga azufre y nitro con grasa de spondillis. Se somete el vaso a la acción de un fuego lento de helecho y verbena hasta que la mano, al cabo de un rato, esté completamente seca y preparada para conservarse durante mucho tiempo. Después, y fabricando una vela con grasa de foca y sésamo de Laponia, se hace que la mano coja la vela encendida, como si fuese una palmatoria; y váyase a donde se vaya, llevando todo esto delante de uno de los cerrojos caen, las cerraduras se abren y todas las personas con las que se tropieza se quedan inmóviles. Esta mano, preparada de tal modo, recibe el nombre de mano de gloria.

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Del libro La mano encantada, de Gérard de Nerval.

Haciendo higas, de Toledo.
Haciendo higas, de Toledo.

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La mano de Fátima Leyenda árabe 

En algunos países la jamsa recibe el nombre de “mano de Fátima”, en alusión a Fátima az-Zahra (606-632), hija de Mahoma. También se la llama “ojo de Fátima”, debido a que algunas versiones del símbolo incluyen un ojo. Según cuenta una leyenda popular, una noche el marido de Fátima regresó a su casa acompañado de una concubina mientras Fátima preparaba la cena. Al verla, la celosa Fátima regresó a la cocina irritada y metió la mano en el cazo hirviendo. Al verla, su marido le quitó la mano del cazo.

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Mano que opera

Cirugía, mano que opera, que obra, mano de obra, obra de mano.

Todo hombre se sirve de sus manos. ¿Pero no es significativo que desde el siglo XII, este término, obra de mano, se haya especializado hasta el punto de no designar más que el trabajo de una mano que se aplica a curar?

¿Pero qué es lo que la mano no hace? Cuando tuve que pensar algo en la cirugía, en vista de la presente circunstancia, me puse a soñar por mucho tiempo sobre este órgano extraordinario, en el cual reside casi todo el poder de la humanidad, y por el cual se opone tan curiosamente a la naturaleza, de la que sin embargo aquella procede. Se necesitan manos para contrariar, aquí y allá, el curso de las cosas, para modificar los cuerpos, constreñirlos a conformarse a nuestros más arbitrarios designios. Se necesitan manos, no sólo para realizar, sino para concebir la invención más simple en forma intuitiva. Pensad que tal vez no haya, en toda la serie animal, ningún ser aparte del hombre que sea mecánicamente capaz de anudar un hilo; y observad, por otra parte, que este acto trivial, por fácil y trivial que sea, ofrece tales dificultades al análisis intelectual, que los recursos de la geometría más refinada deben emplearse sin llegar a resolver más que muy imperfectamente los problemas que puede sugerir.

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Pidiendo perdón, de Toledo.
Pidiendo perdón, de Toledo.

Mano filósofa 

Y no es todo. Esta mano es también filósofa. Ella es aún, y aun antes que Santo Tomás el incrédulo, un filósofo escéptico. Lo que ella toca es real. Lo real no tiene, ni puede tener, otra definición. Ninguna otra sensación engendra en nosotros esa seguridad singular que comunica a la mente la resistencia de un sólido. El puño que golpea la mesa, parece como si quisiera imponer silencio a la metafísica, así como impone al espíritu la idea de la voluntad de poder.

A veces me he sentido asombrado de que no existiera un “Tratado de la Mano”, un estudio profundo de las innumerables virtualidades de esta máquina prodigiosa que junta la sensibilidad más matizada a la fuerza más libre. Pero sería un estudio sin limites. La mano une a nuestros instintos, proporciona a nuestras necesidades, ofrece a nuestras ideas, un conjunto de instrumentos y medios incontables. ¿Cómo encontrar una fórmula para este aparato que sucesivamente golpea y bendice, recibe y da, alimenta, presta juramento, marca el ritmo, lee para el ciego, habla para el mudo, se tiende hacia el amigo, se levanta contra el adversario, y que se hace martillo, tenaza, alfabeto?… ¿qué sé yo? Este desorden casi lírico basta. Sucesivamente simbólica, orante, calculadora, agente universal, ¿no se la podría calificar de órgano de lo posible, como por otra parte ya es el órgano de la certidumbre positiva?

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Del libro Discurso a los cirujanos, de Paul Valéry.

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Manos que hacen higas

Tras sus palabras, el ladrón impío

las manos levantó con sendas higas

gritando: “¡Toma, Dios te las envió!”

Desde entonces, las sierpes son amigas,

porque una al punto se enroscó a su cuello

cual si dijera: “¡Calla, ya, no sigas!”…

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Del libro Divina Comedia de Dante Alighieri. Versión poética de Abilio Echeverría.

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Higas para afrentar. Xiligá ca ñaani xiliquiñeñaani, pijto, péetoñaani.

Higas dar, esto entre los indios es deshonesto porque figura la natura de la mujer. Togácañaaya tóhuilecáaya, tóquiñeñaatóhui lecáaya, toquiñaxicnéñeláteñaa ya.

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Del libro Vocabulario en lengua zapoteca, de Fray Juan de Córdova.

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La mano que se compadece y la que pide perdón  

De un viejo cuaderno de notas: “Esta noche, después de haber pasado todo el día estudiando desde las seis de la mañana, me di cuenta que, desde hace algunos instantes, mi mano izquierda se avergonzaba de los dedos de mi mano derecha, por piedad.”

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Mi nombre es Amschel en hebreo, como el abuelo de mi madre; él permaneció en la memoria de mi madre, que tenía seis años cuando él murió, como un hombre muy piadoso y muy sabio que portaba una larga barba blanca. Ella recuerda haber tenido que sostener los dedos gordos del pie del cadáver para pedir perdón por las faltas eventuales cometidas hacía el abuelo.

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Del libro  Journal, de Franz Kafka. Traducción por Neftali García Fernández del Campo.

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El codiciado sexto dedo, de Toledo.
El codiciado sexto dedo, de Toledo.

El dedo de fuego

En las islas orientales de los Estrechos de Torres, entre Australia y Nueva Guinea, pudo recogerse la siguiente historia sobre el origen del fuego:

Una vieja llamada Serkar, que vivía en Nagir, tenía seis dedos en cada mano. Tenía un dedo entre el pulgar y el índice, como todo el mundo hace mucho tiempo. Cuando quería hacer fuego, colocaba una pieza de madera sobre otra y ponía el dedo que tenía el fuego bajo la leña, que inmediatamente se encendía. Todos los animales de Moa solían ver el humo que Serkar hacía, y sabían que tenía fuego, por lo que querían conseguir un poco, ya que no tenían. Así que un día se reunieron en consejo. Estaban la serpiente, y la rana, y lagartos de varias clases, a saber: el lagarto de cola larga (zirar), el lagarto enano (monan), el lagarto casero (waipem), y dos grandes lagartos, uno de ellos llamado Si y el otro Karom. Todos se mostraron de acuerdo en que debían cruzar a nado hasta Nagir para conseguir el fuego. La serpiente fue la primera en intentarlo; pero el mar se encrespó y tuvo que volver. La siguió la rana, pero esta también fracasó en su lucha contra las olas. Tras ellas, el lagarto enano, el lagarto de larga cola, el lagarto casero y uno de los dos grandes lagartos (Si) se lanzaron al agua, pero todos fueron repelidos de idéntica manera. Finalmente, el otro gran lagarto (Karom) intentó llevar a término la tarea, y con la ayuda de su largo cuello, que le facilitaba poder sacar la cabeza por encima de las olas, consiguió cruzar el mar y tocar las arenosas playas de Nagir. Una vez allí fue derecho a casa de Serkar. Se hallaba ésta sentada, ocupada en tejer una cesta, y se puso muy contenta de verlo. Lo invitó a que se sentara, y se dirigió a su huerta para buscar comida para su huésped. El lagarto de largo cuello se permitió en su ausencia rebuscar por la casa para ver si daba con el fuego, pero no pudo encontrarlo. Y se dijo a sí mismo: “Qué tontos hemos sido en Moa; la vieja no tiene fuego”. Al poco volvió la mujer, trayendo cantidad de comida de su huerta y mucha leña. Colocó entonces un leño sobre otro, mientras el lagarto de cuello largo la observaba de cerca. La vio acercar su dedo a la madera, que prendió de inmediato con una llamarada. Tras lo cual, la vieja se puso a cocinar la comida, y cuando hubo terminado de cocinar, quitó toda la madera quemada del fuego y la ocultó bajo la arena; ya que, siendo como era muy ahorrativa, no quería desperdiciarla. El fuego estaba totalmente consumido, y no quedaban ya ni las ascuas, pero la mujer lo conservaba perennemente en su dedo. El lagarto de cuello largo, sin embargo, quería conseguirlo para poder llevárselo de vuelta a Moa. Así que, una vez terminada la comida, dijo: “muy bien, me voy; me queda un largo camino hasta Moa”. La vieja fue con él hasta la playa para verlo partir. Ya en el borde del agua, el lagarto de largo cuello le tendió su mano a la mujer. Esta le ofreció su mano izquierda para estrecharla, pero el lagarto se negó a tomársela, diciendo: “me das la mano incorrecta”, e insistió hasta que la vieja le tendió la mano derecha, en la que estaba el fuego. El lagarto le tomó con la boca el dedo que tenía el fuego, se lo mordió hasta arrancárselo, y echó a nadar con él hasta Moa. Allí, la gente, o más bien los animales, lo esperaban en la orilla. Todos se pusieron muy contentos de ver que les traía el fuego. Llevaron entonces el fuego a Mer (una de las islas Murray). Todos penetraron en el bosque y cada uno cogió una rama del árbol que más le gustaba; y pidieron a cada árbol que se acercara a coger un tizón. Uno se lo pidió al bambú (marep), otro al hibiscus tiliaceus (sem), otro a la Eugenia (sobe), y así por el estilo. De este modo todos los árboles consiguieron fuego, y desde entonces lo guardan dentro de sí; y los hombres obtienen sus palos de fuego de los árboles. Los palos de fuego (goi-goi) son dos, uno horizontal y uno vertical. El palo vertical se hace girar perpendicularmente sobre el horizontal hasta que se produce fuego: la operación se denomina “la madre da fuego”, ya que el palo horizontal se llama “madre”, y el vertical recibe el nombre de “hijo”. En lo que a la anciana Serkar hace, perdió su sexto dedo: aún puede verse el hueco entre el pulgar y el índice, donde antes solía estar el sexto dedo. Según otro relato, el lagarto de cuello largo no le arrancó de una mordedura el dedo, sino que se lo serró con una concha de río (cyrena), muy común en Nueva Guinea.

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El origen del fuego en las islas de los estrechos de Torres y Nueva Guinea, del libro, Mitos sobre el origen del fuego, de James G. Frazer.

Esta columna se publicó en la edición 2125 de la revista Proceso del 23 de julio de 2017.

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