De manos (II)

Librando un combate, de Francisco Toledo. Librando un combate, de Francisco Toledo.

OAXACA, Oax. (Proceso).- En esta segunda parte de lecturas sobre manos viene a mí un recuerdo de infancia, cuando de niño me llevaron al monumento dedicado a Álvaro Obregón y vi en un frasco la mano que él perdió en la Batalla de Celaya.

En una entrevista que Obregón dio en 1919 contaba una anécdota: “A usted seguramente le habrán dicho que soy algo ladrón. Aquí todos somos un poco ladrones. Pero yo no tengo más que una mano, mientras mis adversarios tienen dos.

“¿Sabe usted cómo encontraron la mano que me falta? Después de hacerme la primera curación, mis agentes se ocuparon en buscar el brazo por el suelo. Exploraron en todas direcciones, sin encontrar nada. ‘Yo lo encontraré’, dijo uno de mis ayudantes que me conoce bien, ‘ella vendrá sola, tengo un medio seguro’. Y sacándose del bolsillo un azteca, lo levantó sobre su cabeza. Inmediatamente salió del suelo una especie de pájaro de cinco alas. Era mi mano, que al sentir la vecindad de una moneda de oro, abandonaba su escondite para agarrarla con un impulso arrollador.”

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Manos en combate 

Mis dos manos empezaron a librar un combate. Cerraron el libro que yo había estado leyendo, y lo apartaron para que no estorbara. A mí me saludaron y me nombraron árbitro. Y ya habían entrelazado los dedos, y ya se lanzaban hacia el borde de la mesa, ora hacia la derecha, ora hacia la izquierda, según fuera mayor la presión de una u otra mano. Yo no apartaba la mirada de ellas. Si las manos son mías, tengo que ser un juez equitativo, o cargo con las tribulaciones que produce un mal arbitraje. Pero no es fácil mi tarea, en la oscuridad que hay entre las palmas de las manos se están aplicando varias tretas que yo no puedo dejar de observar, por eso apoyo la barbilla en la mesa y así no se me escapa nada. Toda mi vida he preferido la mano derecha, aunque no tengo nada contra la izquierda. Si la mano izquierda hubiera dicho algo, yo, conciliante y equitativo como soy, hubiese terminado al momento con el abuso. Pero ella no soltaba la menor queja, siempre colgando a lo largo de mi cuerpo, y, mientras que la derecha –por ejemplo– agitaba mi sombrero en plena calle, la izquierda me palpaba medrosamente el muslo. Eso era un mal entrenamiento para el combate que tiene lugar ahora. ¿Cómo puedes a la larga, muñeca izquierda, oponer resistencia a esa vigorosa muñeca derecha? ¿Cómo se va a defender tu delicado dedo de la pinza de los otros cinco? Eso ya no me parece un combate sino el final natural de la mano izquierda. Ya está acorralada en el borde izquierdo de la mesa, y la derecha, como una maza, se levanta y vuelve a caer sobre ella una y otra vez. Si, ante esa angustiosa situación, no me viniera la idea salvadora de que son mis propias manos las que están luchando y de que las puedo separar con un breve movimiento, poniendo fin al combate y al trance de emergencia: si no me viniera esa idea, la mano izquierda se habría roto por la muñeca, habría salido proyectada fuera de la mesa y tal vez después, la derecha, en el frenesí de la victoria, se habría lanzado contra mi atento rostro, como el perro infernal de las cinco cabezas. En lugar de eso, ahora una está posada sobre la otra, la derecha acaricia el dorso de la izquierda y yo, árbitro desleal, hago un gesto de asentimiento.

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Del libro Cuadernos en octavo, de Franz Kafka

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Manos de ciego

Asimismo, el ciego de nacimiento sólo discierne entre la sensación y la presencia real de un objeto en la punta de su dedo, por la fuerza o la debilidad de la propia sensación.

Si alguna vez un filósofo ciego y sordo de nacimiento hiciera un hombre a imitación del de Descartes, os puedo asegurar, señora, que situaría el alma en la punta de los dedos; porque es ahí de donde le vienen sus principales sensaciones y todos sus conocimientos. ¿Y quién le advertiría de que la cabeza es la sede de sus pensamientos? Si los trabajos de la imaginación agotan la nuestra, es porque el esfuerzo que hacemos para imaginar es bastante semejante al que hacemos para apreciar objetos muy cercanos o muy pequeños. Pero no sucederá lo mismo con el ciego y el sordo de nacimiento: las sensaciones que habrá adquirido a través del tacto serán, por así decirlo, el molde de todas sus ideas, y no me extrañaría que tras una profunda meditación tuviera los dedos tan cansados como nosotros la cabeza.

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Fenómenos 

I.- Un artista que conoce a fondo la teoría de su arte y que no le cede a nadie en su práctica, me ha asegurado que era por el tacto, y no por la vista, por lo que juzgaba la redondez de los piñones; que los movía suavemente entre el pulgar y el índice y que, gracias a la consiguiente impresión, distinguía ligeras desigualdades que escapaban a sus ojos.

II.- Me han hablado de un ciego que conocía al tacto el color de las telas.

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Del libro Carta sobre los ciegos, seguido de Carta sobre los sordomudos  de Denis Diderot.

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Manos en la cola 

5.- Hay un animal en esta tierra que vive en el agua, nunca oído, el cual se llama ahuítzotl; es tamaño como un perrillo, tiene el pelo muy lezne y pequeño, tiene las orejitas pequeñas y puntiagudas, tiene el cuerpo negro y muy liso, tiene la cola larga y en el cabo de la cola una como mano de persona; tiene pies y manos, y las manos y pies como de mona; habita este animal en los profundos manantiales de las aguas; y si alguna persona llega a la orilla del agua donde él habita, luego le arrebata con la mano de la cola, y le mete debajo del agua y lo lleva al profundo, y luego turba el agua y le hace verter y levantar olas, parece que es tempestad del agua y las olas quiebran en las orillas y hacen espuma; y luego salen muchos peces y ranas del profundo del agua y andan sobre el haz del agua, y hacen grande alboroto en el agua.

6.- Y el que fue metido debajo del agua allí muere, y donde a pocos días el agua echa fuera el cuerpo del que fue ahogado, y sale sin ojos y sin dientes y sin uñas, (que) todo se lo quitó el ahuítzotl; el cuerpo ninguna llaga trae, sino todo lleno de cardenales.

De un animalejo llamado ahuítzotl, notablemente monstruoso en su cuerpo y en sus obras, que habita en los manantiales o venas de las fuentes.

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Del libro Historia general de las cosas de Nueva España. Escrito por Fray Bernardino de Sahagún. Franciscano, y fundado en la documentación de la lengua mexicana recogida por los mismos naturales.

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Manos como ballena adormilada

Francesco, tu mano es suficientemente

( grande

para hacer estallar la esfera, y

( demasiado grande,

uno pensaría, para urdir redecillas

que sólo defienden su detención

( ulterior.

(Grande, pero no burda, sólo está en

otra escala,

como una ballena adormilada en el

( fondo del mar

en relación al pequeño, egocéntrico

( buque

de la superficie.) Pero tus ojos

( proclaman

que todo es superficie. La superficie es

( lo que está,

y nada puede existir salvo lo que está.

No hay recesos en el cuarto, sólo

( bóvedas,

y la ventana no importa mucho, o esa

ventana de plata o espejo a la derecha,

( aun

como una calibración de la

( temperatura,

–que en francés es le temps, la misma

( palabra

que se usa para el tiempo– el

que sigue un curso donde los cambios

( son

sólo rasgos del todo. El todo es estable

en su inestabilidad, un globo como el

( nuestro, descansando

en un pedestal de vacío, una pelota de

( ping pong

sujeta en su chisguete de agua.

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Del libro Autorretrato de un espejo convexo, de John Ashbery. Ediciones Toledo

Mano suficientemente grande, de Toledo.
Mano suficientemente grande, de Toledo.

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Manos de Dios 

La parte por el todo y el todo por la parte.

Existe otra manera de evitar o de negar el autorretrato: esta consiste en recurrir a la figura retórica de la sinécdoque generalizante (tomamos la parte para evocar al todo que la incluye) o particularizante (tomamos el todo para evocar solamente un elemento de los cuales se compone). Aquí también, es necesario buscar el origen de esta práctica en la tradición clásica. El primer artista que ejecutó su autorretrato mostrando únicamente una parte de su cuerpo es quizás Miguel Ángel. Sobre los frescos de la capilla Sixtina, el artista representa en cuatro ocasiones una mano con la palma abierta, volteada hacia el espectador (estas son las manos de las figuras de Dios, de Jeremías, de Ezequiel y de Cristo en el Juicio Final). Se trata siempre de la misma mano, reconocible por sus líneas, su forma, sus relieves e incluso sus arrugas. Algo que, en el fondo, no tiene nada de anormal por sí mismo: el modelo más inmediatamente disponible para la representación de un detalle anatómico es el cuerpo del mismo pintor. Sin embargo, hay un indicio que nos invita a ver aquí un acto intencional. Si nos atenemos a las leyes de la perspectiva, en efecto la posición natural de una mano es aquella con el dorso hacia el espectador. Mostrar la palma de la mano denota entonces una voluntad deliberada de hacer sentido. Por otra parte, la cartografía de la mano de Miguel Ángel expresa perfectamente el carácter saturnino de su propietario y sigue a la letra las observaciones de un tratado pseudo-aristotélico de quiromancia publicado en Boloña en los años en los que Miguel Ángel preparaba, en esta misma ciudad, el monumento para el Papa Julio II. Se sabe que Miguel Ángel, al igual que numerosos humanistas de la época, estaba fascinado por el esoterismo de origen clásico (como demuestra el juicio al que fue sometido en Roma cuando estaba al servicio del cardenal Riario, otro humanista tachado de hereje neoplatónico). Sabemos que ha dejado entre sus Cartas un comentario sobre sí mismo en el cual se compara con el profeta Benjamín cuyo nombre significa, en hebreo, “la mano de Dios”.

Ciertamente, la interpretación es osada pero no puede ser tan irracional. Tan es así que reencontramos el motivo del retrato de la mano como sustituto del autorretrato en varias obras de los siglos XIX y XX. La más célebre es seguramente el dibujo de Théodore Géricault conservado en el Louvre, en el que la mano izquierda del artista “posa” con bella evidencia a la mitad de la hoja. En la época contemporánea, hemos preferido dar a este motivo el significado de la huella.

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Del libro L´art de L´autoportrait, de Omar Calabrese. Traducción por Neftali García Fernández del Campo.

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Sólo una mano

Nerrivik

Un pájaro quería casarse con una mujer. Consiguió un abrigo fino de piel de foca y como tenía ojos débiles, se hizo unas gafas de colmillos de morsa. Su intención era verse lo más agradable posible.

Luego tomó la apariencia de un hombre; salió y al llegar a un pueblo se consiguió una esposa y la trajo a su casa.

Él comenzó a salir para conseguir peces, a las que llamó focas, y las trajo a su esposa.

Una vez perdió sus gafas, y su esposa al ver sus ojos malos comenzó a llorar, pues era muy feo.

Pero su marido sólo se rió. “¿Así que viste mis ojos? ¡Jajaja!”. Y se puso las gafas de nuevo.

Un día vinieron a visitarla sus hermanos, pues extrañaban a su hermana. Y ya que su marido había salido de cacería, se la llevaron. Cuando el marido vio que no estaba, se afligió mucho, y pensando que alguien se la había llevado, salió a buscarla. Ya que era un gran mago, provocó una tormenta violenta con sus alas.

El bote comenzó a llenarse de agua, y el viento se volvió más feroz. El marido redobló su aleteo, las olas se volvieron blancas con espuma, y el bote estuvo a punto de voltearse.

Cuando los familiares de la mujer comenzaron a sospechar que ella era la causa de la tormenta, la agarraron y arrojaron al mar. Ella trató de aferrarse de uno de los lados del bote, pero su abuelo se lanzó contra ella y le cortó la mano. En otra versión de este relato los dedos se vuelven peces.

Y así se ahogó. Pero en el fondo del mar se convirtió en Nerrivik, la gobernante de todas las criaturas de mar. Y cuando los hombres no logran atrapar ninguna foca, los magos visitan a Nerrivik. Como sólo tiene una mano, no puede peinarse y ellos la ayudan. Y ella, como agradecimiento a los hombres, les manda focas y otras criaturas.

Esa es la historia de la gobernante del mar. Y los hombres la llaman Nerrivik* porque les da comida.

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* Literalmente, «plato de carne».

Del libro Inuit Folk Tales de Knud Rasmussen.

Traducción por Daniel Brena

El viento feroz, de Toledo.
El viento feroz, de Toledo.

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Dedo reliquia 

4.- y los soldados bisoños, velaban por hurtar aquel cuerpo, porque le estimaban como cosa santa o divina, y si estos soldados cuando peleaban contra las parteras vencían y les tomaban el cuerpo luego le cortaban el dedo de en medio de la mano izquierda, y esto en presencia de las mismas parteras; y si de noche podían hurtar el cuerpo cortaban el mismo dedo y los cabellos de la cabeza de la difunta, y guardábanlo como reliquias.

5.- La razón porque los soldados trabajaban de tomar el dedo y los cabellos de esta difunta era: porque yendo a la guerra, los cabellos o el dedo metíanlo dentro de la rodela, y decían que con esto se hacían valientes y esforzados, para que nadie osase tomarse con ellos en la guerra, y para que nadie tuviese miedo y para que atropellasen a muchos, y para que prendiesen a sus enemigos. Y decían que para esto daban esfuerzo los cabellos y el dedo de aquella difunta que llamaba mocihuaquetzqui, y que también cegaban los ojos de los enemigos.

6.- También procuraban unos hechiceros que se llamaban temamacpalitotique de hurtar el cuerpo de esta difunta, para cortarle el brazo izquierdo con la mano, porque para hacer sus encantamientos decían que tenía virtud el brazo y mano para quitar el ánimo de los que estaban en casa, donde iban a hurtar, de tal manera los desmayaban que ni podían menearse, ni hablar, aunque veían lo que pasaba.

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Del libro Historia general de las cosas de Nueva España, de Fray Bernardino de Sahagún.

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