A 40 años de su secuestro, el “Landshut” será un símbolo antiterrorista

Diana Müll, una de las pasajeras del Boeing 737 de Lufthansa. Foto: Especial Diana Müll, una de las pasajeras del Boeing 737 de Lufthansa. Foto: Especial

Diana Müll fue elegida la primera pasajera en ser ejecutada por el comando que tenía en su poder el Boeing 737 de Lufthansa, si las autoridades de Dubái se negaban a rellenar de combustible la aeronave. Con un revólver apuntando a la cabeza de la joven, un terrorista comenzó la cuenta; pero antes de llegar al final y disparar, obtuvo lo que quería. Ese fue el episodio más dramático del secuestro del Landshut en octubre de 1977, y la propia Diana lo relata en un libro 40 años después, cuando el gobierno alemán decidió recuperar ese avión, llevarlo a suelo teutón y convertirlo en un “símbolo contra el terrorismo”

BERLÍN (Proceso).- Diana Müll sintió en la sien el cañón del revólver, frío como hielo. Segundos después una sensación de anestesia recorrió todo su cuerpo: su verdugo comenzó entonces la cuenta de sus últimos 10 segundos de vida…

Al llegar al nueve y cuando Diana mentalmente ya había recorrido sus 19 años de vida y se había despedido de su familia, por la radio de comunicación de la cabina llegó una voz distorsionada: “¡Alto! ¡Llenaremos el depósito! ¡Llenaremos el depósito!”.

Era el mediodía del 16 de octubre de 1977 y Diana Müll era una de las 91 personas a bordo del Boeing 737 de la aerolínea alemana Lufthansa que tres días antes había sido secuestrado por un comando de origen palestino.

El secuestro del Landshut, nombre de la aeronave, tuvo en vilo al país los cinco días que duró y representó el punto más crítico del denominado Otoño Alemán, cuando el terrorismo de la Fracción del Ejército Rojo (RAF, organización alemana de izquierda radical) aterrorizó a la República Federal Alemana.

A 40 años de aquellos sucesos, el Landshut volvió a acaparar los titulares de los medios alemanes pero esta vez por su poco convencional historia: tras ser el telón de fondo de aquel funesto evento de la historia y tras haber volado 30 años más, habría acabado su vida convertido en chatarra comprimida en un deshuesadero del norte de Brasil. Pero el gobierno alemán se encargó de que la aeronave de Lufthansa tuviera otro destino y emprendió la titánica tarea de traerlo de nuevo a suelo teutón para convertirlo en un monumento contra el olvido.

Cinco días de terror

A las 13:00 horas del 13 de octubre de 1977 el Boeing 737 despegó de Palma de Mallorca, España, con destino a la ciudad alemana de Frankfurt. A bordo viajaban cinco tripulantes y 86 pasajeros. La mayoría eran alemanes, pero también había noruegos, austriacos, holandeses, estadunidenses, griegos, españoles, suizos, una finlandesa y cuatro palestinos –dos hombres y dos mujeres– que, después se sabría, pertenecían al Frente Popular para la Liberación de Palestina.

Una hora después del despegue las autoridades aeronáuticas francesas comunicaron el desvío de la ruta de la nave y media hora más tarde las italianas reportaron un mensaje recibido desde el Landshut por parte de quien se hacía llamar “capitán Martyr Mahmud”: un comando liderado por él tenía secuestrada la nave y exigía como condición para no matar a los pasajeros ni volar el avión en el aire la liberación de 11 dirigentes de la RAF que estaban en distintas cárceles alemanas.

Así comenzó una de las peores pesadillas vividas en la República Federal Alemana y que colocó al entonces canciller federal, Helmut Schmidt, en la situación más difícil de su administración: ceder o no ante los terroristas para salvar la vida de los rehenes.

La cronología de lo sucedido los siguientes cinco días quedó plasmada en detalle en el protocolo del gabinete de crisis que el gobierno alemán instaló para darle solución al caso y que muchos años después, en 2008, fue publicado por el semanario Der Spiegel.

Tras cambiar la ruta original, el avión viró a la derecha y a las 15:45 aterrizó en Roma. Ahí los terroristas exigieron que se rellenara el tanque de combustible y alrededor de dos horas después ordenaron un nuevo despegue. La noche de ese mismo 13 de octubre la aeronave aterrizó en el aeropuerto de Larnaca, en Chipre.

De nuevo con amenazas de ejecutar a pasajeros y miembros de la tripulación, Mahmud logró que el avión fuera cargado con combustible y la nave volvió a volar.

El viernes 14 de octubre antes del mediodía, el Landshut aterrizó sorpresivamente en Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos. Horas antes le habían negado el aterrizaje tanto en Beirut, Líbano, como en Damasco, Siria.

Para ese momento ya era clara la demanda de los terroristas: el denominado Comando Siegfried Hauser y la Organización para la Lucha contra el Imperialismo Occidental pedían la liberación de los dirigentes de la RAF alemana y de dos palestinos presos en Turquía, así como un pago de 15 millones de dólares. El ultimátum vencía el domingo 16 de octubre de 1977.

Reinas de belleza

A bordo viajaban ocho jóvenes alemanas quienes en distintos momentos de ese año habían sido coronadas reinas de belleza de la discoteca más popular de Mallorca, Graf Zeppelin. Las ocho, que no llegaban a los 22 años, habían recibido como premio una semana de vacaciones en la isla española. Ese 13 de octubre de 1977 regresarían a Alemania en el Landshut luego de haber vivido siete días de fiesta. Una de ellas era Diana Müll, de 19 años y cuyo padre tiene raíces mexicanas.

Con motivo del 40 aniversario del secuestro de la aeronave, Müll publicó este otoño en Alemania el libro Mogadiscio, el secuestro del Landshut y mi dramática liberación, en el que relata detalladamente lo vivido dentro del avión aquellos días.

Como ella, el resto de los pasajeros padecieron la crueldad y sadismo de sus raptores. En los cinco días que duró el secuestro nadie pudo moverse libremente dentro de la aeronave. Durante muchas horas tampoco pudieron beber o comer y desde el primer día los baños quedaron rebosados. Más aún, ante la prohibición de moverse, los rehenes sin excepción hicieron sus necesidades en sus propios asientos. La mayoría de las mujeres jóvenes comenzaron a tener su menstruación sin ninguna posibilidad de asearse. Sin aire acondicionado, la temperatura dentro del Landshut sobrepasó los 50 grados centígrados. El aire era irrespirable; el hacinamiento total. Muchos colapsaron.

“Fue la experiencia más horrible que cualquier ser humano puede soportar. Hoy, a 40 años de aquello, estoy bien porque gracias a la terapia aprendí a vivir con ese recuerdo. Pero hasta el fin de mi vida viviré con ese trauma”, asegura Müll en entrevista telefónica.

Y es que, además de todo, la hoy estilista estuvo a sólo un segundo de morir cuando aquel 16 de octubre el ultimátum de los secuestradores estaba por vencer. Martyr Mahmud quería dejar a toda costa Dubái pero las autoridades se rehusaban a llenar el tanque de combustible. Enfurecido, el terrorista eligió a su primera víctima, Müll, y apuntando con su revólver a la sien de la joven la presentó en la puerta abierta del avión. No había duda de que la mataría si no cumplían su demanda.

Tras dos días estacionado en Dubái y luego de que las autoridades cedieron, el avión volvió a tomar vuelo con dirección a Adén, entonces capital de Yemen del Sur. Pese a no tener permiso para aterrizar en suelo yemení, el capitán, Jürgen Schumann, se vio obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en la pista de arena aledaña a la de aterrizaje, pues el combustible de la aeronave se agotaba.

Fue en esta breve estancia en tierra cuando Schumann fue ejecutado, luego de bajar del avión para hacer una revisión del tren de aterrizaje y tardar demasiado tiempo en volver a la cabina.

En schock por la muerte del capitán, el copiloto Jürgen Vietor tuvo que encargarse del vuelo siguiente. La instrucción fue dirigirse hacia el cuerno de África. Dos horas después, la madrugada del 17 de octubre, el Landshut aterrizó en Mogadiscio, capital de Somalia.

A punto de vencer el plazo dado por los terroristas, y cuando éstos ya habían incluso atado a todos los rehenes y les habían rociado alcohol, llegó el mensaje que esperaban. El gobierno alemán cedía ante sus pretensiones y sólo les pedía cuando menos siete horas más para trasladar a los terroristas liberados hasta Mogadiscio.

Pero era una mentira. Helmut Schmidt siempre tuvo claro que no se sometería a las exigencias del grupo, pero al mismo tiempo intentaría salvar la vida de los rehenes. Para ello echaron mano de la unidad de élite de la Policía Federal Alemana, el GSG 9, cuyos integrantes fueron quienes realmente se desplazaron a Somalia.

A las 00:05 horas del 18 de octubre dio inicio la Operación Feuerzauber. Miembros del GSG 9 irrumpieron por sorpresa a través de todas las puertas del avión. Al grito de “¡cabezas hacia abajo!”, los policías alemanes dispararon dentro de la aeronave matando a tres de los cuatro terroristas e hiriendo a la cuarta. A las 00:38 horas la radio alemana dio la noticia de la liberación del avión sin que ninguno de los rehenes resultara herido o muerto.

Chatarra aeronáutica

El episodio de Mogadiscio, aunque con un final afortunado, dejó profundas cicatrices en quienes lo vivieron y en el país en general.

“El secuestro destrozó no sólo la vida de las más de 90 personas que estábamos dentro del avión, sino la de nuestras familias. A mí me tomó cuando menos 10 años procesar y superar el asunto, pero mis padres todavía no lo logran”, asegura a Proceso Diana Müll. Por ello, abunda, le resulta hasta el día de hoy difícil pensar en un perdón para sus captores. “Hay gente que puede perdonar, pero yo no”, dice.

Después de ese trágico octubre de 1977, el Landshut siguió funcionando como avión de pasajeros hasta 1985, cuando Lufthansa lo vendió. Brindó servicio a distintas aerolíneas y en su última etapa operó como avión de carga para una empresa brasileña. En 2008 fue dado de baja y desde entonces estuvo estacionado junto con otras aeronaves viejas en el aeropuerto Pinto Martins de Fortaleza, en el norte de Brasil.

Su destino sería convertirlo en chatarra. Pero el gobierno alemán dispuso otra cosa. El Ministerio de Asuntos Exteriores compró el Landshut por 20 mil euros.

En agosto de este año un equipo de técnicos y mecánicos de Lufthansa viajó a Brasil con la tarea de llevarlo de vuelta a casa. Cuatro semanas duró la Operación Landshut, que incluyó desarmar y desmontar los motores, la cola y las alas. El reto para los técnicos fue enorme, pues habría que hacerlo sin dañar el viejo avión y además buscar la forma idónea de transportarlo.

Para esto último, los especialistas alemanes echaron mano de uno de los aviones de carga más grandes del mundo: el Antonov, de manufactura ucraniana. Este avión es utilizado normalmente para transportar equipo militar, como helicópteros y submarinos. Sólo dentro de este gigante cabe un Boeing 737, con las alas desmontadas.

Fue así que para conmemorar el 40 aniversario de su secuestro, el Landshut volvió a suelo alemán. Su nueva casa será el Museo Dornier, en la ciudad de Friedrichshafen, donde una vez restaurado será exhibido junto a información sobre los turbulentos episodios vividos en ese otoño alemán.

“La idea de convertirlo en un símbolo contra el terrorismo y exponerlo me parece fantástica y muy importante. Sobre todo porque la historia no debe olvidarse. Todos los que la vivimos moriremos, pero ese episodio no debe quedar en el olvido y las nuevas generaciones deben conocerlo”, considera Müll, quien confiesa sentir un poco de temor de volver a subir al Landshut una vez que quede listo y luzca exactamente como hace 40 años.

Este reportaje se publicó el 12 de noviembre de 2017 en la edición 2141 de la revista Proceso.

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