Trump ante el dilema norcoreano

El líder norcoreano Kim Jong-un, en un lugar no revelado, inspeccionó la carga de una bomba de hidrógeno en un nuevo misil balístico intercontinental. Foto: AP El líder norcoreano Kim Jong-un, en un lugar no revelado, inspeccionó la carga de una bomba de hidrógeno en un nuevo misil balístico intercontinental. Foto: AP

BEIJING (apro).– Los acontecimientos se encadenan desde que Kim Jong-un, líder norcoreano, reveló en su discurso de Año Nuevo que enviaría una delegación a los Juegos Olímpicos que organizaba el Sur.

El círculo virtuoso siguió esta semana con el anuncio de una cumbre presidencial intercoreana que se celebrará en abril en la zona desmilitarizada y la oferta de Pyongyang de sacrificar su programa nuclear si Estados Unidos le ofrece garantías de seguridad.

La distensión entre las coreas se da por segura, pero existen más dudas sobre la relación de Pyongyang y Washington, el nudo gordiano del asunto. Ambos habían repetido su intención de dialogar, pero discrepaban en el marco: el primero pedía negociaciones sin condiciones mientras el segundo exigía pasos claros hacia el desarme.

La oferta norcoreana es una jugada maestra que priva a Washington de su recurrente excusa para negarse a negociar y coloca a su presidente, Donald Trump, ante un dilema complicado. Si acepta el diálogo, parecerá que se somete al plan de un pequeño y empobrecido país del Lejano Oriente que había amenazado con borrar del mapa meses atrás; si lo rechaza, será globalmente señalado como el saboteador del proceso pacificador, empujará a Seúl hacia Pyongyang y liberará a China de cualquier obligación moral para secundar las sanciones internacionales.

Los expertos debaten estos días qué ha provocado el cambio de actitud norcoreana después de meses acumulando ensayos nucleares, lanzamientos de misiles y amenazas de destrucción masiva.

Algunos apuntan a su situación desesperada por las sanciones internacionales desde que China decidió sumarse a ellas y estrangular su comercio internacional. En los últimos meses han proliferado las informaciones sobre el aumento de la desnutrición y de desabastecimiento de combustible.

Otros, en cambio, aluden a su éxito: los últimos misiles intercontinentales lanzados con presunta capacidad para golpear suelo estadunidense suponen la meta de la carrera armamentista y sientan las bases para la anhelada negociación de igual a igual con Washington.

En realidad, la mayoría de ingenieros independientes plantean dudas serias sobre el dominio norcoreano de la tecnología necesaria para enviar una bomba atómica al otro lado del planeta, pero más que la certeza del peligro, importan las sensaciones.

Corea del Norte ya ha dispuesto el escenario y espera la llegada de Trump con el irrechazable anzuelo de una moratoria de ensayos nucleares y misiles mientras duren. La cuestión ahora es qué peticiones norcoreanas son aceptables para Washington, que ha respondido a la oferta con mucho escepticismo y marcando líneas rojas. Ya advirtió que no levantará las sanciones para evitar la presunta maniobra norcoreana de ganar tiempo.

También parece quimérico que acepte la retirada de las miles de tropas acuarteladas en Corea del Sur desde que el conflicto armado terminó con un armisticio en 1953. Y ni siquiera es seguro que suspenda las periódicas maniobras militares estadounidenses que sulfuran sin remedio a Pyongyang porque las entiende como ensayos de invasión.

Las negociaciones son un camino pedregoso. El problema más urgente es que Donald Trump carece de equipo. Estados Unidos suma un año sin embajador en Seúl y su candidato designado, Victor Cha, fue descartado a última hora por oponerse a la teoría del ataque preventivo de su presidente. Joseph Yun, el antiguo negociador con Pyongyang, ha renunciado también por discrepancias con la línea beligerante y ninguno de los analistas del presidente tiene conocimientos sólidos de Asia.

Los complejos intereses geopolíticos en una de las zonas más sensibles del planeta tampoco ayudan. No todos en Estados Unidos, Corea del Sur y Japón aplauden el proceso, recuerda Peter Kuznick, profesor de Historia en la American University y experto en Asia. “Algunos ven la presencia estadunidense en Corea como clave para detener a China y juzgan inquietante todo lo que la debilite. Prefieren un estado de continua hostilidad para justificar que sigan las tropas, las bases, los juegos de guerra y las amenazas”, alerta.

Y por último están esa desconfianza mutua que se ha cimentado durante décadas y la idea repetida de que negociar con Corea del Norte es una pérdida de tiempo. La impresión nace en una interpretación interesada de la hemeroteca y, más concretamente del acuerdo que el presidente Bill Clinton firmó en 1994. Pyongyang renunció a su programa de plutonio a cambio de compromisos de seguridad y combustible de Estados Unidos a la espera de que Japón y Corea del Sur enviaran sendos reactores para generar energía. El acuerdo funcionó razonablemente bien durante una década e incluso Pyongyang propuso renunciar también a sus misiles de medio y largo alcance. Pero las reticencias de los republicanos en el Congreso empezaron a espaciar los cargamentos de combustible, Pyongyang nunca recibió los reactores prometidos y George Bush, sucesor de Clinton, incluyó a Corea del Norte en el “Eje del mal” junto al Irak que se preparaba a invadir.

Corea del Norte anuló el acuerdo y expulsó a los inspectores internacionales que fiscalizaban su cumplimiento mientras Estados Unidos la acusaba de desarrollar en secreto un programa de enriquecimiento de uranio (y no el plutonio estipulado).

En 2003 Pyongyang volvió a ofrecer su programa nuclear a cambio de un pacto de no agresión que Bush rechazó.

La realidad es, pues, más compleja que esos “27 años durante los que Corea del Norte ha incumplido todos los acuerdos firmados” que citaba esta semana una fuente anónima de la Casa Blanca.

También es debatible que la diplomacia sea inútil: Pyongyang podría haber fabricado durante la década de vigencia del acuerdo un centenar de bombas de plutonio. Cuando Bush llegó a la Casa Blanca, Corea del Norte contaba con plutonio para una bomba y había detenido el desarrollo de los misiles de largo alcance. Seis años después disponía ya de entre siete y nueve bombas, había probado sus misiles de largo alcance y preparaba el primero de sus seis ensayos nucleares. Todos los procesos negociadores posteriores murieron pronto por la desconfianza y hoy Corea del Norte clama que tiene a tiro de sus misiles nucleares a Estados Unidos.

Es dudoso que Pyongyang esté dispuesta a sacrificar su programa nuclear incluso si recibe garantías de seguridad de Washington, señala Richard Bitzinger, experto en seguridad en Asia de S. Rajaratnam School. “Es lo que le da estatus y reconocimiento internacional. El mundo presta atención a Corea del Norte sólo por él. Las armas nucleares son su único recurso para negociar y si las entrega, se queda sin nada”, razona.

La diferencia entre aquel acuerdo de 1994 y el contexto actual es Libia. Muamar Gadafi sacrificó públicamente su programa nuclear a cambio de garantías de Occidente y fue depuesto y asesinado tras serle retiradas sin que pudiera defenderse. La prensa norcoreana prometía en aquellos días que Pyongyang nunca caería en el mismo engaño y sus líderes saben que sólo sus armas nucleares les separan del destino trágico de Gaddafi o el de Sadam Husein.

Para entender a la Corea del Norte actual es necesario rebobinar a la China maoísta de medio siglo atrás. El gigante asiático sufría entonces los años más duros de la Revolución Cultural, con empacho ideológico y culto delirante a la personalidad del líder, sin contacto con el exterior y sintiéndose amenazada por Estados Unidos y Rusia.

Todo cambió con la visita del presidente Richard Nixon a Beijing en 1972: China y Estados Unidos retomaron las relaciones diplomáticas, Beijing entró en la ONU el siguiente año y, ya sin miedo, pudo dedicar después todas sus energías a las reformas que germinaron en el país actual.

Tampoco se solucionará el problema norcoreano mientras sus líderes teman su eliminación física. La falta de confianza es el primer escollo de cualquier negociación y más cuando coinciden dos tahúres fuleros como Kim Jong-un y Trump. Cualquier posibilidad de éxito pasa por construirla y avanzar con acuerdos asumibles.

No es un horizonte optimista, pero Kuznick ve un destello de esperanza, pide a los estadunidenses que presionen a Trump para impedir que dinamite la senda de la paz y exige a Washington que muestre su liderazgo global cancelando las maniobras militares en el patio trasero de Pyongyang.

“Estados Unidos debería conceder a Corea del Norte todas las garantías que busca. Deberíamos acabar finalmente con la guerra de Corea. Deberíamos aflojar las sanciones. Deberíamos darle la bienvenida a la comunidad internacional. Deberíamos también hacer cualquier cosa para mitigar la represión monstruosa del régimen norcoreano”, señala.

@foncillasadrian

Comentarios

Load More