Kafka made in Mexico

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Alguna vez, el escritor Gonzalo Celorio me dijo: “Si Kafka hubiera nacido en México sería un autor costumbrista”. La burla, como sucede en este país, tiene una profundad dosis de verdad. México es un país kafkiano. Lo kafkiano es lo que carece de sentido y guarda en el humor de su absurdo una espantosa tragedia. Aunque, como lo refiere Georges Steiner, detrás de la exactitud de las pesadillas de Kafka se encuentran la topografía de Praga y la decadencia del imperio austrohúngaro, y lo simbólico de sus relatos trasciende el lugar y el tiempo.

Kafka anuncia lo mismo los estados totalitarios del siglo XX que la realidad del México actual. Su relación entre lo real y lo hiperreal lo vuelve un profeta, en el sentido de que en la Praga de su momento (la tiranía y la demagogia del avance de la revolución proletaria, la malignidad de la burocracia y la deshumanización de la incipiente máquina industrial), descubrió una premonición horrorosa que sólo pudo decir a través de una meticulosa amalgama de horror y absurdo.

Así, la transformación de un hombre en cucaracha, que lo único que tiene en mente es que llegará tarde al trabajo y su jefe lo regañará, de La metamorfosis; el sadismo que describe El proceso, y la sordera de la burocracia que habita en El castillo exhiben no sólo lo que fue el modelo del estado de terror que los totalitarismos clásicos edificaron en nombre del proletariado y de la raza, sino el que hoy se padece en México en nombre del dinero y de un poder sin sustancia.

Desde que Kafka se puso a escribir, la reducción del burócrata al estado de cucaracha obediente y asustada, el nombre de aquellos que son arrastrados en las noches para morir –dice el final de El proceso– “como un perro”, y el vocerío de los burócratas que, encerrados en el interior del castillo (los búnkers de las instituciones y de los partidos), negocian el control del infierno mientras ignoran el sufrimiento que se extiende a su alrededor, ha ido del sovietismo ruso hasta el México actual. O de qué nos hablan las fosas clandestinas que aparecen a lo largo y ancho del país, las casas de seguridad, las redes de corrupción de las partidocracias, la Ley de Seguridad Interior (un estado de excepción), el silencio de las grandes burocracias ante la violencia o sus vínculos con el crimen organizado, de qué no hablan la ausencia de sentido de los discursos políticos, sino de un mundo donde la cotidianidad se ha convertido en pesadilla.

Reducidos en los factos a seres sin derechos –se nos puede secuestrar, torturar asesinar, destazar, sin que el Estado haga algo por nosotros–, la metamorfosis de un ser convertido en sabandija, que los muchachos leen en la preparatoria, o las diligencias, las argucias, que el agrimensor de El castillo crea para, a pesar del fracaso, mantener la ilusión de que la burocracia que está encerrada en el castillo lo atenderá, hoy en México es el destino literal de cientos de miles.

Kafka crea lugares cerrados, castillos, cercos, distancias metafísicas inmensas entre los hombres y un amo cuyos designios son tan absurdos como indescifrables, donde el ser humano está abandonado. Algo que empata, de otra manera, con el Marqués de Sade, de quien el poeta Gustav Janouch dijo acertadamente que es “el verdadero santo patrono de nuestro siglo”, para quien la destrucción es la regla de vida en un mundo en el que el vicio y la mentira se han apoderado de todo.

Lo inhumano que persiguió a Kafka mediante extrañas visiones, hoy es cotidianidad en México. Duele, siempre duele tener que aceptar el horror –nos mentimos diciendo que las cosas no están tan mal–, pero hoy las pesadillas de Kafka se fabrican en México no sobre la página de un libro, sino sobre el cuerpo de su gente. ¿Por qué habría entonces que leer a Kafka si sus relatos son ya una costumbre en un México que ha aprendido a normalizar el espanto? Porque sus monstruosos delirios son una revelación de la sensibilidad que hoy nos posee: la reivindicación, en medio del parloteo y de las pasiones más bajas, del absurdo y la deshumanización o, en otras palabras, la reducción del ser humano a una sabandija o a un objeto castigable porque el Estado, que dice protegerlo, se volvió criminal.

Nuestro México se ha limitado a fundir la ilusión de la democracia con la absurdidad del envilecimiento. El horror que Kafka vio y sublimó en relatos fantásticos es hoy en México una horrorosa realidad que, bajo el ilusionismo de las elecciones, se ha vuelto costumbre. Son, dice Albert Camus, “las sorpresas de la literatura”.

Muchos de mis lectores se quejan de lo que llaman mi pesimismo. Me gustaría decir con Monsiváis que no soy un pesimista, sino un optimista informado. Pero en mi caso no cabe ese humor. A mí, por una horrenda desgracia, se me ha concedido ver y vivir en la realidad de mi carne y de mi país lo que en Kafka fue una pesadilla entrevista en Praga, y como él conozco la dura sentencia de Kierkegaard: un individuo, a pesar de la dignidad con la que enfrenta la desgracia, no puede salvar una época: “sólo puede decir que está perdida”. He vivido y vivo la inhumanidad y el sinsentido de mi país, y tengo la obligación, hasta donde el lenguaje degradado de mi época alcanza, de trazar los rasgos de su intolerable rostro para enfrentarlo con dignidad y evitar sumirme en la reprobación del silencio absoluto.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

Este análisis se publicó el 11 de marzo de 2018 en la edición 2158 de la revista Proceso.

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