Las instituciones y las víctimas

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Nietzsche vio que el ser humano, en relación con las plantas y los animales, es “el ser no fijado”, un ser en el que convergen las formas más destructivas y a la vez las más sublimes. Entre esos dos universos, el mundo de lo humano es un perpetuo conflicto. Sólo quienes, como los místicos, han entrado en el misterio de lo sublime, pueden, de alguna manera, escapar a él y situarse en el orden de lo que social y políticamente se llama anarquismo: la capacidad de gobernarse a sí mismos.

La mayoría, sin embargo, no está allí. Carente de una mismidad firmemente delimitada y orientadora, necesita, frente a sus fuerzas destructivas, una contención. San Agustín –quien experimentó en sí mismo y en el mundo de su época esa condición no fija de la humanidad antes de que Nietzsche la formulara– la vio en la Iglesia; los modernos, en el Estado. Una y otro son la casa que en el imaginario humano de Occidente nos protege frente al exceso de las fuerzas que en los seres humanos tienden al mal o al caos.

Sin embargo, esas instituciones, hechas por mano humana para contenernos, corren, como todo lo humano, el riesgo de corromperse con rapidez y, con esa misma rapidez, lanzarnos a lo salvaje, a la degradación de la vida y a la inseguridad del caos.

Esa corrupción se ha instalado desde hace varias décadas en México. Sus consecuencias son ya un lugar común del horror, el miedo, la inseguridad y la muerte. Vivimos, en este sentido y como no he dejado de repetirlo, un tiempo del fin, un tiempo en el que, como lo comenta el filósofo Rüdiger Safranski, las instituciones agotaron su búsqueda de ideas orientadoras y creadoras de sentido. Aunque la humanidad continúa cultivándolas con lo que queda de sentido, ellas perdieron la fuerza formadora de otro tiempo en relación con el bien y el mal.

La corrupción de las instituciones, que es una forma de la corrupción de lo humano, ha derruido la búsqueda de dar sentido al tiempo que transcurre en la historia y ha dejado sitio a estructuras anónimas que, en su búsqueda de instrumentalizar todo, nos han sumergido en el caos, la anomia y el horror, y amenazan con destruirlo todo.

Frente a ese tiempo del fin, incapaces de imaginar algo nuevo que nos permita, en un pacto solidario, detenernos y reconstruirnos desde otras bases que recuperen el sentido de lo humano y su civilidad, continuamos imaginando que las elecciones, pese a su carga de conflictividad, de disputa, de soberbia y de descrédito, pueden rehacer la mediación institucional del Estado.

Yo, por desgracia, no lo creo. Creo, por el contrario, que el tiempo del fin, como una arena movediza, continuará tragándonos hasta que un día, agotados por el sufrimiento, nos detengamos para construir una unidad que hasta el momento está perdida. Creo, por lo tanto, que ante eso lo único que podemos hacer es seguir el consejo que alguna vez dio el poeta Gottfried Benn frente al desastre de su época: “Cuenta con tus reservas”.

Esas reservas, en el caso de las víctimas, que son el rostro más claro del desfondamiento de las instituciones; esas reservas que se han expresado como resistencia en la protesta y que han creado mediaciones institucionales –la ley de víctimas y la de desaparición–, que, dado su desfondamiento, han sido y son más inoperantes que operantes, deben pasar ahora de nuevo y, como ya lo solicitó el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, por un diálogo con los candidatos en el que se establezca una agenda encaminada hacia la paz, la justicia y la reconciliación, una agenda que debe ser asumida en común por todos. Quien gane las elecciones se comprometerá a ponerla como tema fundamental de su gobierno; quien pierda, a apoyarla mediante sus bancadas.

¿Se logrará ese diálogo? ¿Los candidatos serán capaces de asumir esa agenda indispensable para, como lo sueñan ellos y una buena parte de los ciudadanos, rehacer las instituciones en su condición de contenedoras y mediadoras de la vida humana, para darle el suelo que ha perdido el país? ¿O nos dirán con su negativa, sus disputas, su énfasis en la división y su desprecio por la vida humana y su territorio, que han apostado por ahondar el tiempo del fin?

No lo sé. En todo caso, la propuesta de esa reserva moral que las víctimas han mantenido está lanzada. Veremos si los candidatos y sus partidos asumen el enorme desafío que tiene la nación y en un gesto de unidad rehacen las instituciones y las vuelven operantes en el orden de la contención del mal o si más bien habrá que aceptar que la anomia, el caos y las fuerzas instintivas que han desfondado a las instituciones y al país son quienes nos determinan y actúan a través de nosotros sin que nosotros podamos ya controlarlas ni ordenarlas.

Contra mi intuición apocalíptica de que, pese a toda denuncia y toda resistencia, nuestra época está perdida y su intolerable rostro se hará más monstruoso, nada me gustaría más que estar equivocado. No es una esperanza humana. Nada a mi alrededor me garantiza que así será. Es una esperanza teológica, una esperanza que, como la de todas las víctimas que no encuentran un eco en el mundo de los seres humanos, es casi infernal, una esperanza como la que Cristo padeció en ese momento oscuro y carente de cualquier significado humano que fue la Cruz y cuyo misterio acabamos de conmemorar.

Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

Este análisis se publicó el 8 de abril de 2018 en la edición 2162 de la revista Proceso.

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