Palestinos, una catástrofe de 70 años

Cada 15 de mayo, allá donde estén, los palestinos recuerdan la Nakba, literalmente en árabe la “catástrofe”, la expulsión forzada de más de 750 mil palestinos de sus casas y tierras ancestrales y la destrucción de decenas de pueblos tras la división de la Palestina histórica y la proclamación del Estado de Israel. La negación de sus derechos como pueblo perdura hasta hoy, 70 años después de aquel conflicto, afirman los dirigentes palestinos.

JERUSALÉN (apro).– Los vecinos la conocen desde hace años como la “escuela sefardí”. Un pequeño centro educativo del oeste de Jerusalén donde estudiaban hace años principalmente judíos descendientes de aquéllos que fueron expulsados de España a finales del siglo XV.

Para Taher al Nammari, es solo la casa donde nació hace 84 años.

“Yo vine al mundo en aquella habitación”, señala este anciano palestino, introduciendo el brazo entre las rejas que delimitan hoy el perímetro de la escuela.

“Los rosales del jardín son nuestros. Se han mantenido durante todos estos años. Mis hermanos y yo correteábamos por aquí y jugábamos con otros vecinos por estas calles. En aquel momento ninguno de estos edificios existía”, recuerda.

En mayo de 1948, la familia Al Nammari fue expulsada de su casa por grupos armados sionistas durante la primera guerra árabe-israelí, que estalló poco después de la proclamación del Estado de Israel.

“La casa fue construida en 1864 por mi bisabuelo y estaba dividida en dos. En este lado vivíamos nosotros, en la parte de atrás, mi tío y su familia”, explica el anciano.

A Taher Al Nammari le sobran dedos de la mano al contar las veces que ha venido a la casa desde su expulsión y en esta mañana de mayo de 2018, 70 años después, le cuesta reconocer las calles y encontrar finalmente el lugar que busca. Mira la casa desde la calle, en silencio. Pareciera que para la ocasión se ha acicalado con esmero y se ha vestido como un día festivo, con corbata, camisa impecable, traje oscuro y zapatos lustrosos.

“Una vez vinimos con mi padre y un vecino. Eran los años 60. Quisimos sólo asomarnos, pero por la puerta salió un judío yemení y nos gritó: ‘Váyanse. Esta era su casa, pero ya no lo es’”, rememora.

Taher Al Nammari tenía 14 años en mayo de 1948, pero tiene claras en su memoria las imágenes de la salida precipitada, los días que pasaron en un hotel cercano con la esperanza de poder volver a la casa, los riesgos que corrieron para recuperar documentos que habían quedado en su hogar, los arrestos, la violencia, la dispersión de la familia y finalmente su instalación en la Ciudad Vieja de Jerusalén, donde su padre tenía una propiedad.

Desgrana esos recuerdos con parsimonia y serenidad, sin dolor ni muestras de odio. Las imágenes del pasado le hacen sonreír.

“Cuando veo la casa me acuerdo sobre todo de mis cuatro hermanos, sentados junto a mí en el alféizar de estas grandes ventanas, escuchando las historias de mi abuela. Es un recuerdo lleno de paz. ¡Quién pudiera volver a ser niño, volver a esos momentos!”, suspira.

“Pero realmente mi sueño no es recuperar esta casa, sino seguir trabajando dentro de mis posibilidades para construir una Palestina más fuerte y auténtica. Porque Israel no nos va a devolver nada nunca. Israel lo quiere todo: desde el Nilo hasta el Éufrates, si fuera posible”, estima.

La Nakba

En noviembre de 1947, la ONU aprobó la resolución 181 mediante la cual la Palestina histórica se repartía en dos entidades, una judía y otra árabe, y se establecía un régimen especial, un corpus separatum para Jerusalén, que quedaba bajo control de la comunidad internacional.

La resolución daba un año para la creación de estos dos Estados, pero la realidad fue bien diferente. En la Palestina de aquella época había dos tercios de palestinos y un tercio de judíos. Los palestinos poseían 93% de las tierras, pero la resolución 181 les otorgó solamente 55% del suelo.

En mayo de 1948 fue proclamado el Estado de Israel y estalló la primera guerra árabe-israelí. Las fronteras del Plan de partición aprobado en 1947 dejaron de respetarse y al final del enfrentamiento bélico, Israel había tomado el control de 78% de Palestina.

Para los palestinos, el 15 de mayo de 1948, un día después de la proclamación del Estado de Israel, se recuerda la Nakba, el desastre o catástrofe, en árabe. Más de 750 mil palestinos, sobre un total de los 1.4 millones de vivían en aquel momento en esta tierra, fueron obligados a dejar sus casas y alrededor de 430 pueblos palestinos fueron arrasados. Solamente en el oeste de Jerusalén unas 80 mil personas tuvieron que dejar sus casas.

Según los informes sobre la Nakba de la Oficina de estadísticas palestina, “Israel tomó el control de 774 ciudades y pueblos palestinos y cometió 70 matanzas que provocaron 15 mil muertos”.

“Israel ha seguido desde entonces violando sus obligaciones, pasando por alto numerosas resoluciones de la ONU y disfrutando de una gran impunidad internacional. La Nakba continua. No solo se niega a los palestinos su derecho al retorno a sus casas, sino que se les sigue expulsando de su tierra, fundamentalmente en Jerusalén, que Israel quiere convertir en su capital eterna e indivisible”, acusa Nabil Shaath, consejero del presidente palestino Mahmud Abbas.

Este año el aniversario de la Nakba tendrá un significado aún más especial. Este lunes 14, Estados Unidos abrió las puertas de su embajada en Jerusalén, una decisión que para los palestinos supone negar la historia, incumplir la ley internacional y enterrar la solución de dos Estados, uno israelí y otro palestino, defendida por la comunidad internacional desde hace 50 años.

“Es indecente que la embajada estadunidense abra y que abra además coincidiendo con la fecha de la Nakba. Esperamos que el resto de países, el cuerpo diplomático y organizaciones internacionales ignoren este hecho”, pidió Shaath.

Educación y libertad

La segunda “catástrofe” en la vida de Taher Al Nammari se produjo en 1967, cuando ya convertido en profesor de secundaria y a punto de hacer un master en Londres estalló la guerra de los Seis días e Israel ocupó la parte oriental de Jerusalén, Cisjordania y Gaza.

Junto a otros maestros se negó a abrir la escuela de Jerusalén oriental en la que trabajaba como profesor de Geografía e Historia y a adoptar el temario israelí para enseñar.

“Era mi forma de defender la patria y su cultura. ¿Cómo podían pensar que íbamos a adoptar el programa educativo israelí? Me detuvieron cuatro días por no querer abrir la escuela y me interrogaron. Les dije: ‘Se van por la misma puerta por la que entraron. Yo soy un profesor que recibe un sueldo del gobierno jordano. ¿Cómo voy a aceptar ahora someterme a los dictados de Israel, un país enemigo? ¿Ustedes lo harían?’. No sabían responderme”, recuerda.

El año 1967 representó para Al Nammari el inicio de otro exilio: vivir en una ciudad ocupada, perder independencia y derechos ciudadanos, depender de Israel para cualquier tarea administrativa, etcétera. Al Nammari creó una especie de sindicato de profesores palestinos y pudo enseñar con libertad hasta su jubilación. La política le tentó en algún momento, pero el talante de los partidos palestinos y sus líderes, en los que muestra claramente su desconfianza, le hicieron desistir.

“He formado parte de grupos de intelectuales y pensadores que trataban de construir un país con bases sanas y fuertes. Soy nacionalista, creo en la causa palestina y en su liberación, pero creo que no hay mejor arma que las palabras. No creo en revueltas o atentados”, explica.

Como ocurre con los palestinos de Jerusalén, que representan 37% de la población de la ciudad actualmente, Taher Al Nammari tiene un documento que lo define como residente en Jerusalén, pese a pertenecer a la ciudad desde hace varias generaciones y no haber vivido nunca en otro lugar. Ese preciado documento le da derechos, aunque no tantos como los que posee un israelí que viva en la Jerusalén, al que se le considera plenamente ciudadano.

“Soy un ciudadano de segunda clase en mi propia ciudad, pero puedo por ejemplo ir a Tel Aviv y tomar un avión que me lleve a Detroit (Estados Unidos) donde viven mis dos hijos”, comenta.

“Venir hoy aquí no me ha puesto triste”, piensa en voz alta antes de dejar la casa de su infancia y volver al Este de Jerusalén, donde vive con su esposa. “Al contrario, me ha hecho más fuerte, me da energía en nuestra lucha por la vuelta. Porque los palestinos retornaremos, está claro. No puede ser de otra manera. A Israel no le queda mucho tiempo, lo dice el Corán y su política actual lo lleva al desastre”, estima.

Samira, nacer y morir refugiados

Según cifras de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), en el mundo hay casi siete millones de refugiados palestinos, la mayoría de los cuales viven muy cerca de su tierra ancestral. La agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA) estima el número global en seis millones.

Para la UNRWA, un refugiado palestino es una persona (y también sus descendientes) que residía en Palestina entre 1946 y 1948 y perdió su casa y los medios para llevar una vida digna en el conflicto de 1948.

La mayor concentración de refugiados se encuentra en Gaza, donde llegan a 1.3 millones sobre dos millones de habitantes, y en Jordania, donde residen dos millones de refugiados. En Cisjordania y Jerusalén-Este viven 770 mil refugiados, algunos de ellos aún en campos. El derecho al retorno es una de las premisas que las autoridades palestinas ponen encima de la mesa en cualquier negociación de paz con Israel.

Samira es refugiada desde que nació pese a haber llegado al mundo en la ciudad vieja de Jerusalén, ocho años después de que su familia fuera expulsada de Yafa, el corazón árabe de Tel Aviv.

El relato de su vida es un ejemplo perfecto de la incertidumbre que preside la existencia de los refugiados y una muestra clara de esa Nakba perenne a la que se refieren los dirigentes palestinos.

Para hablar, Samira pide que su identidad no sea revelada. No quiere que su voz quede grabada, prohíbe las fotos y oculta algunos datos personales.

“Quiero contar mi historia sin temor a ser identificada”, dice, a modo de presentación.

Desde pequeña oyó hablar a su familia de su huida de Yafa en camiones que los llevaron a Jerusalén, escuchó mencionar los nombres de parientes que se instalaron en Gaza y en Siria y vio llorar a su abuela por no poder visitar la tumba de su marido, en Tel Aviv.

A los 17 años su padre la obligó a casarse con un pariente lejano que vivía en Gaza y allí comenzó su infierno. Tuvo 10 hijos y fue maltratada por su esposo desde el primer día de vida en común hasta que en 1992 casi la mata de una paliza y acto seguido la repudió y pidió el divorcio.

En Gaza, esa palabra pronunciada por un varón tiene el mismo valor que un documento firme. De la noche a la mañana, Samira se vio obligada a abandonar la casa familiar, Gaza y a nueve de sus 10 hijos. Hace 26 años no los ha vuelto a ver y un tribunal le hizo perder todos los derechos sobre ellos. No hubo opción a derecho de visita o custodia compartida.

Rompe en lágrimas al recordarlos. Sus ausencias la han convertido en una mujer triste y doliente.

De vuelta a Jerusalén, también perdió el preciado permiso de residencia que Israel otorga a los palestinos de la ciudad. Las autoridades estimaron que Samira vivía en Gaza y confiscaron sus documentos de identidad. Desde hace más de 20 años no tiene ninguna identificación y es prácticamente como si no existiera.

Tiene miedo de ir a rezar a la mezquita Al Aqsa de Jerusalén, de cruzar un retén militar o de ir a poner flores en la tumba de su madre en el monte de los Olivos. No ha podido jamás trabajar legalmente, depende de la UNRWA para su asistencia sanitaria y tiene miedo de ser deportada a Gaza en cualquier momento.

“Estoy cansada psicológicamente de sentirme siempre amenazada, desde que nací”, explica esta mujer de ojos profundos y perdidos.

Una asociación que presta asistencia legal a los palestinos la ayuda desde hace años para que a sus 62 años pueda tener de nuevo un documento que legalice su presencia en Jerusalén.

“Si me deportan a Gaza mi exmarido me matará. Me lo dijo cuando me fui y sé que lo hará”, repite.

Volver a casa

Tras la guerra de 1948 unos 154 mil palestinos se quedaron en sus tierras. A sus descendientes se les llama árabes-israelíes, tienen pasaporte israelí y hoy representan más de un millón y medio de personas, es decir, un 20% de la población de Israel. Una parte de ellos, como Adma Khoury, aún sueña con retornar a los pueblos de los que fueron expulsados en 1948.

Esta anciana de 82 años tenía 12 cuando el ejército del recién creado Estado de Israel llegó a su pueblo, Iqrit, situado a unos tres kilómetros de la frontera libanesa, a finales de 1948. Recuerda perfectamente como los vecinos, entre ellos sus padres, izaron rápidamente una bandera blanca en el campanario de la iglesia para evitar violencia. Los soldados les pidieron que salieran provisionalmente de sus casas hasta que la zona fuera segura y los trasladaron a una localidad cercana, pero nunca pudieron regresar.

“Nunca sacamos nada de nuestra casa porque estábamos convencidos de volver”, recuerda esta mujer, que vive centro histórico de la ciudad israelí de Haifa, al norte del país.

En 1951 el tribunal supremo de Israel emitió una sentencia a favor del retorno de los habitantes de Iqrit, pero semanas después, la familia de Adma se enteró por la radio de que el pueblo había sido totalmente bombardeado por Israel el día de Navidad en cumplimiento de una orden militar.

“Desde entonces no podemos vivir en Iqrit, sólo morir. Probablemente sea ése también mi destino”, sentencia entre lágrimas esta anciana en referencia a los permisos que los habitantes de Iqrit y sus descendientes reciben desde los años 70 para ser enterrados en el cementerio del pueblo, lo único que quedó en pie tras el bombardeo, junto con una parte de la iglesia.

En 1995, una comisión gubernamental volvió a recomendar el retorno de los habitantes de Iqrit, además de una compensación económica.

Pero nada fue hecho. Sus habitantes se dicen discriminados por ser palestinos y por ser cristianos. Concretamente, Adma Khoury afirma que nunca se ha sentido identificada con Israel ni por idioma, cultura o religión y siempre se ha sentido una “ciudadana de segunda”.

“Yo soy palestina, cristiana y de Iqrit. No me defino como israelí. Israel nos ocupó, pero yo sigo siendo palestina”, concluye.

 

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