Las contradicciones de una Constitución Moral

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Los antiguos griegos, mucho más sabios que nosotros, hablaban del justo medio como aquello que nos permite una vida buena. El Oráculo de Delfos lo sintetiza: “Nada con exceso”. Por ello las virtudes –los valores, una palabra contaminada por el mercado y asociada con el precio–, que son la base de la moral o de la ética, se encuentran en el justo medio entre dos abismos. Son, dice Comte-Sponville, “una cumbre entre dos vicios”. Por ejemplo, la valentía se encuentra a mitad de la cobardía y la temeridad. Ser valiente implica tener un poco de una y un poco de la otra, encontrarse a mitad de lo que puede convertirnos en pusilánimes o en salvajes. La dignidad se encuentra a mitad de la complacencia y el egoísmo; la dulzura, entre la cólera y la apatía.

Las virtudes, vistas así, no son una materia teórica –la teoría puede servir para comprenderlas, pero no para vivirlas–; las virtudes se enseñan con el ejemplo y se expresan en una praxis que se sostiene mediante un trabajo interior que nos obliga a mantenernos en ese justo medio. Las virtudes, en este sentido, no se mandatan, se viven, son una manera de ser, dice Aristóteles. Es lo que somos en potencia como humanos y lo que hemos llegado a ser mediante el esfuerzo. Es la manera de ser y de actuar humanamente, de actuar bien.

Por ello cuando López Obrador quiere hacer una Constitución Moral, no sólo cae en un contrasentido sino que genera preocupación. Las virtudes son tan viejas como la larga tradición del mundo griego y del judaísmo –las dos raíces de Occidente–, cuyo tronco, el cristianismo, las ha preservado en un conjunto de principios éticos conocidos como El Decálogo: un faro que a lo largo de siglos ilumina nuestras oscuridades. Esos principios, cuya base está en las virtudes, imitan al amor, que contiene a todas las virtudes y que nace de la libertad. De allí la frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, porque quien ama es generoso, es paciente, es valeroso… y en consecuencia no roba, no mata, no traiciona…

Por lo mismo, una Constitución Moral, además de despreciar el corazón de la larga tradición de Occidente y la disposición propia de lo humano –dice Aristóteles al referirse a las virtudes– de hacer el bien, la reduce y la encierra en una cuestión de orden jurídico peligrosa que, lo sabemos por la misma historia, puede ­conducir a las inquisiciones, las hogueras, los campos de reeducación y la doble moral, como sucedió recientemente con la nada virtuosa alianza de los diputados de Morena con el Partido Verde para obtener la mayoría en el Congreso.

Cuando una institución de poder se vuelve garante de la moral –la historia de la institución clerical lo muestra con creces–, la moral se corrompe, se hace farisaica en el sentido del Evangelio: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan todo lo que les digan, pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas” (Mateo 23, 2-4).

Las atrocidades de Pol Pot –formado en el budismo y el personalismo cristiano– nacieron de una institucionalización de la moral que manda y obliga no desde el interior de la persona, sino desde el aparato del poder.

Si hemos de creer a los griegos, las virtudes están dadas como luz y potencia de lo humano. Son, desde Aristóteles, la disposición adquirida que hay en los seres humanos de hacer el bien. No se mandan ni se norman. Se enseñan con el ejemplo y se cultivan mediante el esfuerzo. No existe, como lo supondría una Constitución Moral o una institucionalización de la ética, un Bien en sí que bastaría conocer, mandar y aplicar –si así fuera, desde que se formuló El Decálogo y se instituyó la Iglesia imperial y luego el Estado, su garante en Occidente, el mundo y México no tendrían los índices de inmoralidad y crimen en el que están hundidos. El Bien se hace con las virtudes que son un esfuerzo para comportarnos bien y hacer nuestra vida y la vida social buenas, y se define por el mismo esfuerzo. Hay, por lo mismo, que encarnarlas, y para ello necesitan no sólo del ejemplo y del esfuerzo personal, sino, como lo dije en otra columna (Violencia, moral y suelo, Proceso 2174), de un suelo con límites.

Una sociedad, como la nuestra, basada en la explotación del deseo mediante el consumo de mercancías cada vez más diversas, absurdas y costosas, no genera un suelo donde las virtudes, que resume el “Nada con exceso” de Delfos, pueden encarnar. Un suelo así de fangoso y pervertido por la desmesura no se sana con constituciones morales que, como sucede cuando se quiere normar e imponer la moral, agravan el problema. Se resuelve poniendo límites a la explotación del deseo de la economía de mercado. Esa es hoy la tarea fundamental de la vida política de un gobierno: devolverle a la sociedad el sentido de lo político –entendido como bien común– y construir así las condiciones donde las virtudes, basadas en la contención misma del deseo, puedan encarnar y florecer. Su tarea, por lo tanto, no es normar las conductas mediante constituciones morales, sino crear las condiciones, el suelo, para que las virtudes, esa manera de ser de lo humano, sean ponerle un límite a la expansiva lógica de la economía y sus horrendas desmesuras.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

Este análisis se publicó el 26 de septiembre de 2018 en la edición 2186 de la revista Proceso.

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