En Siria, Rusia reparte el juego

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- Las fase final del juego es la de mostrar las cartas. Más allá de las declaraciones para el público, los verdaderos objetivos de los jugadores se presentan ahora con claridad. Pero en esta mesa, los que han derramado la sangre y cuyo futuro está en el aire, no han sido invitados a sentarse.

Deciden las potencias, en particular Rusia, que ha ganado todas las últimas jugadas. Y escoge socios de ocasión: el arreglo más reciente lo hizo con Turquía, desdeñando a sus aliados iraníes y sirios, y operando abiertamente en contra de Estados Unidos.

Y mostrándole los dientes a Israel, con quien tuvo un aparatoso incidente que le ha dado el pretexto a Moscú para consolidar su control sobre los cielos de Siria: el miércoles 3 comenzó a desplegar sus plataformas de misiles antiaéreas S-300.

Todavía quedan partidas por delante, sin embargo, y no se ha dicho la última palabra. Tras siete años de guerra y medio millón de muertos sobre un país que tardará décadas en volver a ponerse de pie, se siguen haciendo apuestas y nadie está listo para canjear sus fichas.

Un oportuno accidente

Por segunda vez en este conflicto, un avión ruso fue derribado. Pero a diferencia de la primera ocasión, en diciembre de 2015, cuando Vladimir Putin ordenó severas represalias económicas contra la responsable, Turquía, ahora la prudencia parecía haberse impuesto.

El 17 de septiembre, un caza Il-20 de la Fuerza Aérea rusa fue impactado por el misil que lanzó una plataforma siria S-200. El objetivo del proyectil eran dos F-16 israelíes que, volando sobre el Mar Mediterráneo, habían atacado blancos militares en territorio sirio. Encontró, sin embargo, al aparato amigo en ruta de aterrizaje.

Ante la indignación rusa, los israelíes reaccionaron con velocidad para calmar los ánimos, asegurando que todo había sido un desafortunado incidente. Moscú respondió también con actitud de quitarle peso al asunto y aceptó la explicación.

Una semana después, había cambiado de postura: “De acuerdo con la información proporcionada por nuestros expertos militares, la razón (detrás del derribo) fueron acciones premeditadas por los pilotos israelíes”, declaró Dmitry Peskov, vocero del Kremlin, el 24 de septiembre.

En su versión de los hechos, realizaron el truco de engañar a los radares sirios ocultándose en la trayectoria del avión ruso, que era de mayor tamaño, y de esa forma provocaron que fuera alcanzado.

Moscú decidió imponer un castigo: el ministro ruso de Defensa, Sergei Shoigu, inició el despliegue en Siria de ocho unidades del sistema de defensa antiaérea S-300 para “mejorar la seguridad de nuestras tropas”.

Con base en un acuerdo de entendimiento mutuo, rusos e israelíes han seguido un protocolo para evitar que sus aeronaves tengan confrontaciones accidentales en sus operaciones en el espacio aéreo sirio.

Esto facilitó que la Fuerza Aérea israelí ejecutara más de 200 ataques en Siria en los últimos dos años contra fuerzas de Irán y de la milicia chiíta libanesa Hezbolá.

Para los israelíes, si Rusia cumplía un compromiso establecido con el gobierno sirio de Bashar al Assad en 2013, para desplegar sistemas S-300, muy superiores a los S-200 que se encuentran actualmente sobre el terreno, crecería el riesgo y quedaría limitado significativamente el margen de maniobra de sus cazas aviones.

Hace 5 años, el gobierno israelí consiguió que Putin congelara ese pacto y que los S-300 se quedaran en la fábrica. Ahora, el accidente le permitió a Rusia sentirse libre de colocarlos y reafirmar su control del cielo sirio.

El acuerdo Putin-Erdogan

Sobre la mesa, es también Moscú quien está dando juego, y sólo a los jugadores a quién él elige.

En el centro, sur y oriente del país, sólo quedan algunos pequeños puntos fuera del control de la alianza pro-gubernamental que lidera Rusia y que también integra a Irán, Hezbolá y milicias chiítas iraquíes.

La disputa está en el norte del país, a todo lo largo de la frontera con Turquía: del este, en los límites con Irak, al oeste: una larga franja en la ribera nororiental del río Éufrates, bajo posesión de las Fuerzas Democráticas Sirias, que los kurdos llaman Rojava y a cuya autonomía aspiran.

Después sigue el cantón de Afrin y áreas vecinas, dominadas por el ejército turco y las diversas organizaciones que tiene bajo su patronazgo, agrupadas en el Ejército Sirio Libre (ESL).

Finalmente, está Idlib, una provincia que desde el principio ha sido uno de los bastiones rebeldes y en la que actualmente hay milicias islamistas, grupos del ESL y el de Hay’et Tahrir al-Sham, que anteriormente fue conocido como Frente al Nusra y estaba afiliado a Al Qaeda.

El paso siguiente para el gobierno de Damasco es reconquistar Idlib. Pero no le han permitido opinar al respecto: sus fuerzas, agotadas tras siete años de guerra y dispersas en los territorios reconquistados, difícilmente podrán ganar la batalla por sí solas y dependen de sus aliados extranjeros, que parecen poco dispuestos a perder todavía más hombres.

Después de que turcos, iraníes y sirios acumularon tropas alrededor de la provincia, y mientras decenas de miles de combatientes opositores cavaban trincheras, apilaban sacos de arena y reforzaban cuevas para montar la resistencia –bajo los intensificados bombardeos de la aviación rusa–, Moscú invitó a Irán y a Turquía a ponerse de acuerdo sobre cómo abordar el problema.

En la reunión del 7 de septiembre, los iraníes no cedieron en su pretensión de iniciar ya la ofensiva sobre Idlib. La falta de acuerdo provocó que, ante el temor de ataques inminentes, varios miles de civiles empezaran a desplazarse hacia la frontera, algo que los turcos, que ya albergan a 3.5 millones de sirios, quieren evitar a toda costa porque provocará una nueva crisis de refugiados.

Ahora Putin convocó exclusivamente al presidente turco, Tayyip Erdogan. Se vieron en Sochi, el balneario ruso donde se celebraron las Olimpiadas de Invierno de 2014, y el 17 de septiembre anunciaron un entendimiento:

Se formará una franja colchón en Idlib de 15 a 20 kilómetros de ancho, para lo cual los rebeldes deberán retirarse hacia el interior de la provincia. Además, deberán entregar, ceder o sacar de la zona todo el armamento pesado y Hay’et Tahrir al-Sham desaparecerá. Si eso se cumple, los bombardeos enemigos cesarán este lunes 15 y se evitará la ofensiva, en espera de futuras conversaciones.

Opciones turcas

Washington, Londres y París, por un lado; Arabia Saudita y Qatar, por el otro, no desean aparecer como los grandes derrotados de esta guerra.

Con Barack Obama como líder, dejaron muy claro que no aceptarían un final de conflicto que permitiera que Bashar al Assad permaneciera en el poder.

Ahora que Donald Trump ha renunciado a este objetivo, esperan hallar alguna forma de no verse humillados, como lograr una negociación en la que pueda parecer que le arrancaron al régimen algún tipo de compromiso político.

Pero la balanza está inclinada a favor de los rusos. En la primera de las tres grandes fases de esta guerra, permanecieron relativamente a margen mientras las potencias regionales y las occidentales escogían a quién apoyar.

Dejaron que la situación se pudriera por cuatro años hasta que, en 2015, cuando el gobierno sirio y sus aliados iraníes iban perdiendo con claridad, Putin aceptó su llamado a ayudarlos y envió a su fuerza aérea, con tal contundencia que revirtió la situación y abrió la segunda etapa.

Un año después, a fuerza de bombardeos, logró la reconquista de Alepo, la segunda ciudad en importancia; y la emergencia planteada por la amenaza de la organización Estado Islámico, que se había apoderado de gran parte de Siria e Irak, forzó a sus enemigos a unir esfuerzos, tras lo cual el régimen retomó gran parte del territorio y el control de casi todas las ciudades medianas y grandes.

En este ciclo, también creció el poderío de los kurdos, que recibieron apoyo militar estadounidense para combatir a Estado Islámico y consolidaron su dominio de Rojava, la franja fronteriza que corre desde el Éufrates hasta Irak. Entre ellos y el enclave kurdo de Afrin sólo había una lengua de territorio alrededor de la ciudad de Al Bab, y se movilizaron para conquistarla.

Eso provocó la reacción de Turquía, un país en el que viven 20 millones de kurdos, que enfrenta una guerra con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK, por sus siglas en turco) desde 1984 y que ve a una Rojava autónoma como un peligro existencial. Los tanques turcos cruzaron la frontera y se apoderaron de Al Bab para después arrasar el enclave de Afrin.

Para el gobierno sirio, entonces, la pregunta es cómo recuperar el control de la frontera con Turquía.

El primer paso sería tomar la provincia de Idlib, pero los rusos se lo impiden, por el momento. Después tendría que resolver los problemas de Afrin, convenciendo a los turcos de cederlo o asumiendo una guerra contra ellos, y de Rojava, en el que podría pactar con los kurdos y aceptar su autonomía, provocando la furia de los turcos; o aliarse con éstos y combatir a los kurdos. Aunque para hacerlo, antes debería conseguir que Estados Unidos retirara a sus tropas y abandonara a sus aliados más eficaces, asumiendo una humillación más.

Y el jueves 4, el presidente turco puso una condición para retirar sus tropas: que haya elecciones en Siria, sin aclarar qué tipo de comicios considerará satisfactorio: ¿Los que el gobierno sirio decida realizar? ¿O sólo unos que incluyan a sus rebeldes aliados de los turcos y excluyan a sus enemigos kurdos?

Irán llega a Israel

Irán y Hezbolá son los beneficiarios terrestres de la decisión rusa de desplegar los S-300. Una de las peores pesadillas de Israel es que sus enemigos jurados, los iraníes, se acerquen a sus fronteras, y ahora forman parte de la alianza que está ganando y que llegará, en la zona del Golán, justo a los límites de Israel.

Los continuos ataques aéreos israelíes les han infligido fuertes daños a sus enemigos, pero cuando los S-300 estén activos, el gobierno de Netanyahu tendrá que pensarlo dos veces antes de enviar sus aviones.

La preocupación primaria de Teherán, sin embargo, son los estadounidenses, que se han instalado junto a los kurdos en Rojava. Aunque Trump declaró en varias ocasiones que retiraría sus tropas, su odio contra Irán es mayor, y el 22 de agosto su asesor de seguridad nacional, John Bolton, en visita a Israel, exigió la retirada inmediata de las unidades iraníes de Siria: los soldados de Washington no saldrán antes que los de Teherán.

El paso que los iraníes quieren ver, por lo tanto, es que el asunto de Rojava se resuelva pronto, incluyendo la marcha de los estadounidenses. Pero para que eso ocurra, antes debe desatorarse la situación en Idlib.

La postergación de la ofensiva contra Idlib puede ser muy breve, sin embargo. Los rusos tienen gran influencia sobre el gobierno de Bashar al Assad pero éste y los iraníes todavía pueden ensayar provocaciones que lleven a la ruptura del acuerdo.

Además, el presidente turco Erdogan asumió compromisos que no es claro cómo podrá cumplir, especialmente conseguir que la milicia Hay’et Tahrir al-Sham acepte disolverse, para lo cual deberá persuadirla… o atacarla.

Los iraníes, no obstante, tienen la oportunidad de utilizar este escenario en su beneficio. A lo largo de la segunda fase de la guerra, para evitar matanzas, muchas situaciones en las que los insurgentes se vieron rodeados por el ejército, encerrados en bolsones, se resolvieron mediante acuerdos en los que se permitía la salida de los combatientes rebeldes y su traslado a zonas bajo control opositor, preferentemente la provincia de Idlib.

Si en esta tercera etapa se lograra un pacto similar para evacuar Idlib, los turcos podrían aceptar en Afrin a los grupos del ESL, pero no a los islamistas, de los que teme que traten de escapar a su territorio y actuar desde allí. La alternativa es expulsarlos hacia Rojava, donde quienes tendrían que lidiar con ellos serían los kurdos… y sus aliados estadounidenses.

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