Tlahuelilpan: la vida debe seguir

La "zona cero" en Tlahuelilpan. Foto: Miguel Dimayuga La "zona cero" en Tlahuelilpan. Foto: Miguel Dimayuga

TLAHUELILPAN, Hgo (apro).- Desde las 6:00 de la mañana, el centro del municipio se llena de puestos de comida, frutas y verduras. Cada martes de todos los años, desde un día perdido en el siglo pasado, se instala la plaza que ocupa las principales calles del pueblo que lentamente se despereza. Cuatro días después de la explosión que mató a 95 personas, la vida debe seguir.

A las 6:50 corren apresurados los primeros obreros que van a la refinería y a la termoeléctrica; cientos de estudiantes, procedentes de los municipios cercanos, inician clases a las 7:00, y a las 7:30 albañiles, empleados de las tiendas del lugar y comerciantes empiezan a moverse. El curso de la vida sigue.

El hermano y el primo de Martín Alfredo, desaparecido en la explosión de la toma clandestina –el pasado viernes 18–, dejan por un momento el retrato del joven ejemplar, quien acudió a ese lugar movido por la curiosidad. Desde San Primitivo, donde viven, ambos caminan varios minutos hasta la parada del camión que los lleva a Tula.

“Tenemos que seguir. Aunque mi Mamá viene hoy al Centro Cultural, la mandaron llamar”, comenta uno de ellos. A tan temprana hora son pocos los que esperan ser atendidos por los funcionarios de dicho centro, donde se
concentran las actividades de los tres órdenes de gobierno para apoyar a la población afectada por la explosión. Los funcionarios caminan y se despejan antes de atender a los familiares de las víctimas que demandan comida, transporte, apoyo psicológico, despensas, asesoría legal.

“Anoche me dijo una mujer: ‘¿Vamos a culpar al gobierno de lo que pasó? No, nosotros somos responsables porque no supimos educar a nuestros hijos’”, dice Guadalupe, esposa del presidente municipal, Juan Pedro Cruz Frías. Se ve cansada, con los ojos enrojecidos. Desde el primer día de la tragedia ella apoya en el centro de acopio, donde llega ayuda de distintas partes del país y del estado.

La plaza del lugar se arma en minutos. Cada semana reúne a mil 500 comerciantes provenientes de Pachuca y Tezontepec. Los menos son de Tlahuelilpan. A este lugar llegan para abastecerse habitantes de todos los municipios cercanos, incluso del Estado de México.

Cada comerciante se acomoda desde la entrada oeste de Tlahuelilpan, frente al Auditorio Municipal. El mercado ocupa toda la avenida principal y rodea el jardín. Cada martes, gritos y música, saludos y bromas entre los vecinos que se ven cada semana. Algunas mujeres de la población venden comida a los comerciantes. Es como una fiesta semanal que deja una derrama económica al municipio de entre 10 mil y 13 mil pesos mensuales. Ya es una tradición, dice el ingeniero Oliver Ángeles, director de Ecología de la localidad.

La comida de la plaza es famosa en la región: las gorditas rellenas de pollo, queso y muchas hierbas originarias del lugar, así como la barbacoa y las carnitas. Desde temprano y hasta la tarde, desde distintos puntos llegan muchas personas a comer y también a comprar. Pero hoy “la tristeza se podía tocar”, dice José Manuel, un vendedor ambulante de fundas de lavadoras que todas las semanas viene del Estado de México. Hoy la venta estuvo escasa.

“Sólo queda hacerles un rosario y pedir por los que se fueron”, dice el joven vendedor, “y que Dios bendiga a Tlahuelilpan”. Se marcha temprano. Hay poca venta.

Los comerciantes conversan. Lamentan los muertos. Gritan. Se exaltan. Hoy no hay congestionamiento humano entre los puestos.

Este martes, algunos curiosos llegaron al municipio por la carretera que viene de Tlaxcoapan. Se confunden con los periodistas y familiares que siguen buscando a sus seres queridos en el lugar de la explosión, a un costado de la colonia San Primitivo.

La parcela con alfalfa a punto del corte tenía dos caminos en medio del cultivo, desde los cuales los ladrones de combustible caminaban para llevar y traer lo que robaban. Hoy son los caminos de la tragedia. Aún huele a gasolina. Todavía es un sitio de riesgo, como advierten los dos militares que resguardan el lugar marcado con cintas amarillas y rojas.

Yuleidi y Luis Antonio, originarios de Munitepec, pueblo de Tlahuelilpan, alejada de la zona apenas dos kilómetros al noreste, ofrecen atole y tortas de tamal a quienes siguen con la búsqueda de sus familiares.

Ponciano dejó de buscar en los hospitales y en el lugar de la tragedia. Él es de San Primitivo y hoy, a la 1 de la tarde, ya estaba en el panteón. Sepultó a su hermano Adán y a uno de sus sobrinos.

En el camino de acceso al panteón, que se encuentra a unos metros del lugar de la explosión, hay una gran actividad: motocicletas con jóvenes y mujeres a bordo entran y salen del lugar a través de una avenida de pinos.

Al fondo, sentados entre el mármol de algunas tumbas, un grupo de amigos bromea, platica y espera. Cada quien su tristeza. Hoy fueron sepultadas ocho personas más, además del hermano de Ponciano.

Por la tarde, casi de noche, los maestros que trabajan doble turno, las madres –empleadas y amas de casa– y los obreros y albañiles que regresan de laborar, llegan presurosos para comprar algo de fruta y verdura. Vienen cansados, pero saben que la vida debe seguir.

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