Terror y abuso sexual detrás del cuento de hadas de Corea del Sur

La valentía de la patinadora de hielo Shim Suk-hee destapó el cáncer oculto bajo la gloria deportiva de Corea del Sur: la violencia física y sexual que sistemáticamente padecen atletas en formación, y consagrados inclusive, a manos de entrenadores y directivos. El escándalo ha sido de tal magnitud que el gobierno ordenó una investigación masiva. Sin embargo, a diferencia del caso Nassar en Estados Unidos, donde el acusado fue condenado a 300 años de cárcel, en la nación asiática las sentencias regularmente consisten en algunos meses de prisión o en simples multas económicas.

BEIJING (Proceso).- Un cisma de consecuencias aún desconocidas asola el deporte de Corea del Sur. Una cadena de denuncias destapó los rutinarios abusos físicos y sexuales en un sistema deportivo y en una sociedad que siempre los había escondido bajo la alfombra.

Esta nación asiática ahora enfrenta la pregunta: ¿compensa la gloria deportiva esa factura de violaciones, agresiones y miedo?

La reacción de las autoridades intenta responder a la magnitud de la crisis. El gobierno encargó a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos una investigación titánica: docenas de funcionarios entrevistarán a miles de adultos y niños de medio centenar de deportes.

La investigación abarcará de los alumnos de primaria a los campeones olímpicos. La misión se centrará aún más en el patinaje sobre hielo y judo, deportes que más escándalos han detonado. La campaña podría alargarse durante más de un año.

“Los procesos educativos serán importantes en la investigación porque existen situaciones en las que las atletas difícilmente revelan lo que han pasado o pueden interpretar un abuso sexual”, explicó Park Hong-geun, funcionaria de la comisión de los derechos humanos.

En la génesis de esta crisis está Shim Suk-hee, una patinadora de velocidad sobre hielo de 21 años que denunció en diciembre último que sufrió abusos sexuales desde que era menor de edad. Shim no es una atleta cualquiera. Es una celebridad nacional y doble campeona olímpica en uno de los deportes más seguidos en su país.

Ella enfrentó a su entrenador Cho Jae-beom y logró que fuera condenado a 10 meses de cárcel por abusar de ella y de otras cuatro deportistas.

Shim reveló que recibió tantos puñetazos y patadas que creyó que iba a morir mientras se preparaba para los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang, realizados el año pasado en Corea del Sur.

Cuando dejó la concentración durante dos días, desde las altas esferas deportivas le recomendaron a su familia que no hiciera un escándalo. Cho justificó los golpes como parte del entrenamiento.

El grupo que investiga lo ocurrido en ese deporte descubrió cinco casos más de abusos sexuales en apenas dos meses. El fundador de la pequeña comisión, un entrenador asqueado con su gremio, aclaró que lo hallado apenas “es la punta del iceberg”.

El informe oficial del Comité Olímpico de Corea del Sur (KOC, por sus siglas inglesas) contabilizó 124 casos de violencia física y sexual en los últimos cuatro años. Incluyó 16 violaciones, cinco de ellas en patinaje. Esas cifras descartan la teoría de las manzanas podridas que tranquilizaba a muchos y apunta al cesto.

El informe, aclararon los responsables, sólo era lo que emergía del iceberg. Una encuesta de 2014 ya alertaba que una de cada siete atletas había sufrido abusos sexuales el año anterior y que 70% guardó silencio.

Detrás de la falta de denuncia está el miedo a la reacción de una sociedad patriarcal de cimientos confucianos que sublima la jerarquía. “Cuando ocurre un comportamiento arbitrario, inapropiado o abusivo se mantiene en secreto para no dar mala prensa o atraer la atención sobre el grupo”, explica por correo electrónico Linda Hasunuma, profesora de Ciencia Política de la Universidad de Bridgeport, e investigadora de cuestiones de género en Corea del Sur.

Existe un desequilibrio de fuerzas porque muchos entrenadores son glorias nacionales a los que las niñas deben respeto y obediencia. Son plenipotenciarios, desde la selección de los atletas a la elección de las competencias en las que participarán. Enemistarse con ellos equivale a un suicidio deportivo tras una vida de sudores.

También se cuida el negocio. “Las reputaciones, las carreras y los sueldos de mucha gente dependen de los entrenadores y del sistema, así que existe una presión para evitar las denuncias e ignorar el problema”, agrega Hasunuma. En la corajuda y contracultural denuncia de Shim algunos ven un horizonte prometedor.

Las chicas del ajo

La ola de indignación sorprende cuando los indicios sugirieron que algo olía a podrido en Seúl. En 2014, un predecesor de Cho fue suspendido indefinidamente por abusos sexuales, pero tres años después volvió a entrenar.

Lo anterior supone una tendencia: los entrenadores envueltos en escándalos reciben castigos leves, son escondidos durante un tiempo o trasladados a otros centros porque se entienden demasiado valiosos para ser sacrificados. En 2015, otro acusado y campeón olímpico sólo recibió una multa económica por acosos sexuales a una niña de 11 años y por manosear a otras.

Cinco patinadoras abandonaron su preparación 12 años atrás por el cúmulo de agresiones. La tenista Kim Eun-hee relató a la prensa internacional las violaciones sufridas desde los 10 años. Y otras deportistas de judo, taekwondo, futbol o lucha libre siguieron el camino desbrozado por Shim.

Shin Yu-yong, de 23 años, describió las violaciones sistemáticas que sufrió durante un lustro por un maestro de artes marciales que le ofreció medio millón de wons (unos 450 dólares) por su silencio. De lo contrario, le advirtió que “estaría acabada en el mundo del judo”.

La Asociación Coreana de Judo dice haber sancionado a perpetuidad al entrenador, pero la reserva de su identidad obliga a un ejercicio de fe.

En esa misma semana 15 deportistas formaron algo parecido a una organización de víctimas que denunció a un alto funcionario de la Asociación Coreana de Taekwondo. El acto reafirmó el habitual clima de semiclandestinidad: sólo una de ellas se atrevió a revelar su nombre y no ha trascendido el del presunto agresor.

El escándalo también devastó la más emocionante epopeya de los Juegos Olímpicos de Pyeongchang. La protagonizaron las “cinco chicas del ajo” que formaron el equipo de curling, llamadas así por la abundancia de esa planta en su localidad natal de Uiseong. Llegaron como comparsas y sólo el infortunio les privó del oro.

Un país que nunca había prestado atención al curling se enganchó a sus partidos. Les sobraba simpatía en un mundo hiperprofesionalizado. Todas se llamaban Kim así que adoptaron apodos de los alimentos como pancake o filete, y las gruesas gafas de pasta de una de ellas se convirtieron en icónicas del equipo.

Era un relato invencible: un grupo de amigas que empieza a jugar desde adolescentes en su pueblo, sin medios, pero con mucho esfuerzo, conquistan el estrellato olímpico.

Las cinco revelaron en un escrito enviado al KOC el oscuro trasfondo del cuento de hadas que protagonizaron. Sus entrenadores las insultaban sin pausa, prohibieron que hablaran con el resto de los atletas, censuraron sus redes sociales y las comunicaciones con sus seguidores.

Todas dijeron sentirse “miserables” por una situación “desesperada” e “insoportable” y denunciaron la violación de sus derechos humanos. Ya apartadas de la competición, retrocedieron del séptimo puesto al 111 en la clasificación mundial.

Desigualdad e impunidad

Una de las sociedades más modernas y capitalistas del mundo forma a sus deportistas en un sistema de raíz comunista más propio de China o Rusia.

Contempla el abandono de los estudios y la reclusión integral en centros con entrenadores que ordenan su vida diaria a detalle. El cuadro facilita los abusos, especialmente en las menores de edad, y tampoco ayuda la aplastante mayoría de los entrenadores masculinos. Eran mujeres sólo 18% de los técnicos registrados el año pasado.

El desequilibrio es desolador en el patinaje. Las 223 mujeres que compiten en la modalidad de pista corta son entrenadas exclusivamente por hombres.

Son necesarios muchos culpables para formar ese clima hediondo e impune. Los entrenadores son los más evidentes. Después está el KOC por su omisión. Choi Young-ae, directora de la comisión de investigación explica: “La violencia física y sexual en el deporte surcoreano no ocurre de manera casual, sino que es consistentemente generada bajo una estructura”.

A los publicitados propósitos de enmienda les ha faltado ímpetu. El KOC creó en 2009 un centro para recibir las denuncias sexuales tras un escándalo relacionado con un entrenador de baloncesto. En una década sólo ha investigado cuatro de los 113 casos recibidos.

Después está la sociedad por desatender todas las señales de alarma. También lo ha definido Choi: “Una cultura que coloca las medallas y las victorias por encima de todo lo demás ha estado exonerando los comportamientos violentos”.

El caso surcoreano ocupa tantas portadas como dos años atrás se dedicaron a Larry Nassar, probablemente el mayor depredador sexual del deporte. El médico del equipo nacional de gimnasia de Estados Unidos abusó de cientos de niños durante décadas.

Pero Nassar fue condenado a más de 300 años de cárcel y sus tropelías forzaron la dimisión de todos los altos cargos de la gimnasia y del presidente de la universidad donde trabajaba. Nada de eso ha pasado en Corea del Sur.

Vientos de cambio

El presidente surcoreano, Moon Jae-in, ha pedido un esfuerzo común para terminar con ese “retrato vergonzoso” que había sido tapado “bajo la gloriosa apariencia de Corea del Sur como una potencia deportiva”.

El presidente del KOC, Lee Kee-heung, se ha disculpado con las víctimas y reconoció que su organización desalentó las investigaciones.

Pero persiste el problema de cambiar un sistema que funciona. Los entrenadores traen gloria individual y nacional y romper el silencio atenta contra la fórmula.

Corea del Sur, con apenas 50 millones de habitantes, es un gigante deportivo. Es el único país asiático junto a Japón que ha organizado juegos de verano e invierno, frecuenta el top 10 en los medalleros olímpicos y domina en arco, taekwondo o patinaje.

El grueso de las victorias llega por las mujeres, pero éstas han dicho basta tras contagiarse del movimiento feminista global.

La cultura coreana no respeta los derechos de las mujeres en sus relaciones con los hombres, opina Hasunuma. “El abuso y acoso sexual se ve aún como un asunto personal y privado en lugar de un crimen que debe ser castigado, pero eso está cambiando lentamente gracias al movimiento #MeToo”, añade.

Corea del Sur presenta la misma trayectoria preocupante de Japón: su desarrollo económico y tecnológico no ha sido acompañado de avances sociales. Corea del Sur ocupa el puesto 115 de 149 países en la clasificación de igualdad de géneros que elaboró el Foro Económico Global el pasado año.

Este reportaje se publicó el 24 de febrero de 2019 en la edición 2208 de la revista Proceso

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