México, un actor cada vez más marginal en la crisis venezolana

Reunión del Grupo de Lima. México ante Venezuela. Foto: AP / Martín Mejía Reunión del Grupo de Lima. México ante Venezuela. Foto: AP / Martín Mejía

CARACAS.- Autoexcluido del Grupo Internacional de Contacto que creó la Unión Europea para buscar una salida política a la crisis en Venezuela, y abandonado por Uruguay en una iniciativa “neutral” que tiene el mismo fin, México se ha convertido en un convidado de piedra en la agenda diplomática que rodea al conflicto venezolano.

Mientras que la mayoría de países latinoamericanos juegan un papel activo frente a esas crisis, México, la segunda economía de la región y cuya diplomacia fue determinante en la solución de las guerras centroamericanas en los 80 y 90, no se ve por ningún lado.

Luce, más bien, como un actor pasivo y distante.

Uruguay, aliado de México en una iniciativa para un diálogo con agenda abierta en Venezuela que nunca prosperó, acabó en las filas del Grupo Internacional de Contacto (GIC), que bajo el liderazgo de la Unión Europea alienta una negociación política en ese país cuyo fin sea la realización de nuevas elecciones presidenciales.

El pasado 28 de marzo, en una reunión realizada en Quito y a la que asistió la canciller europea Federica Mogherini, el GIC insistió en que la crisis venezolana sólo puede tener una solución que pase por la celebración de elecciones presidenciales “libres, transparentes y creíbles, tan pronto como sea posible”.

México declinó el mes pasado ser parte del GIC porque está en desacuerdo con condicionar una eventual negociación en Venezuela a la realización de nuevas elecciones presidenciales.

El 6 de febrero pasado, México y Uruguay –que se definieron como países “neutrales” frente a la crisis venezolana– lanzaron el Mecanismo de Montevideo para buscar un diálogo sin condiciones previas entre el gobierno y la oposición de Venezuela y, ya en la mesa, las partes buscarían puntos en común y la identificación de “acuerdos potenciales”.

Un día después, sin embargo, Uruguay figuró entre los fundadores del GIC, y el pasado jueves 28, en la reunión de ese bloque en Quito, el canciller del país sudamericano, Rodolfo Nin Novoa, firmó una declaración que pide nuevas elecciones en Venezuela.

Además, llamó al régimen de Nicolás Maduro a liberar a todos los presos políticos; pidió “reinstitucionalizar” el Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia, que están dominados por el gobernante, y condenó la inhabilitación de 15 años para ocupar cargos públicos que impuso la Controlaría al autoproclamado presidente encargado de Venezuela, Juan Guaidó.

La declaración, suscrita por la Unión Europea (UE), Costa Rica, Ecuador y Uruguay, señaló que la inhabilitación de Guaidó fue una “decisión política” que “no considera el debido proceso” y demuestra “la naturaleza arbitraria de los procesos judiciales” en Venezuela, donde es “urgente” restaurar la democracia, el Estado de derecho y la separación de poderes.

De acuerdo con el analista venezolano de temas de política exterior, Leopoldo Ortega Arango, la adhesión de Uruguay a esa declaración “anula su proclamada neutralidad” y deja en la “inoperancia” el Mecanismo de Montevideo, con lo cual la propuesta diplomática de México queda “sin ningún respaldo” en la región.

Frente a la crisis venezolana, asegura, Latinoamérica quedó dividida en tres bloques: el del Grupo de Lima, que con los gobiernos ultraderechistas de Brasil y Colombia a la cabeza sigue “la pauta que fija Washington”; el de la izquierda alineada con Maduro (Cuba, Bolivia y Nicaragua), y el de los “moderados” que cerraron filas con la Unión Europea en el GIC (Ecuador, Costa Rica y Uruguay).

“México quedó aislado en esto”, afirma el politólogo y especialista en análisis de problemas económicos internacionales.

México debe revisar su propuesta

Dirigentes de la oposición venezolana consultados por Proceso consideran que la propuesta de México de impulsar un diálogo desde una postura “de aparente neutralidad” solo “entusiasma” al gobierno del presidente Nicolás Maduro, “porque sirve a su estrategia de utilizar el diálogo para ganar tiempo”.

El diputado opositor Enrique Márquez señala que la iniciativa mexicana de negociar sin que el gobierno acepte de antemano convocar a elecciones presidenciales anticipadas “es inaceptable” en estos momentos, cuando medio centenar de países desconocen a Maduro como presidente legítimo de Venezuela y han respaldado a Guaidó.

Nosotros no estamos dispuestos a sentarnos a conversar con Maduro para que él siga en el poder. Él tiene que abrirse a una negociación diferente que conduzca a unas elecciones libres y sin ventajismos para acabar con la crisis política”, segura el legislador.

–¿Esto hace inviable la propuesta de México? –se le pregunta.

–No necesariamente, pero yo creo que México tiene que revisar su propuesta. El presidente (Andrés Manuel) López Obrador tiene el interés en que esto se arregle por las buenas, y lo agradecemos, pero la propuesta tiene que ser reformulada y debe tomar en cuenta la realidad política interna, porque es inviable la permanencia de Maduro en el poder.

La situación del país, asegura Márquez, es “insostenible” en lo político, en lo económico y en lo social, y la única manera de resolver esto es “con una nueva elección en la que el propio PSUV (el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela) pueda presentar sus candidaturas”.

En ese sentido, al legislador opositor le parece “mucho más realista” la propuesta del Grupo Internacional de Contacto que lidera la Unión Europea, que la de México.

El director del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas, Benigno Alarcón, considera que aun en el escenario de polarización que vive Venezuela la opción de la negociación “está abierta”.

El problema, dice, es que la oposición, “y me atrevería a decir que la gran mayoría del país”, verían “con mucha desconfianza” una mediación de México.

Esto, explica, porque López Obrador es percibido por amplios sectores en Venezuela “como alguien que apoya a Maduro”.

De acuerdo con Alarcón, en un país tan polarizado la confrontación se traslada al plano externo, y la mayoría de venezolanos dividen entre “buenos y malos” a las naciones que respaldan a uno u otro bando.

Y aunque López Obrador defendió una posición de neutralidad, “el venezolano no lo vio alineado con la causa del sector democrático, y eso marca mucho cualquier papel que quiera desempeñar México en la solución de la crisis”, señala el abogado y maestro en gerencia pública y en seguridad y defensa.

En cambio, asegura, los venezolanos están más dispuestos a aceptar como mediadores a la Unión Europea, Noruega, Holanda o Canadá.

“Es una situación muy delicada –señala el académico— porque la polarización venezolana causa este tipo de recelos y desconfianzas. Hasta el Vaticano (que hizo una mediación entre la oposición y el gobierno de Venezuela en 2017 Y 2018) fue criticado por algunos sectores que decían que el papa Francisco era de izquierda”.

En un país donde según todos los sondeos Maduro es rechazado por entre el 80 por ciento y el 90 por ciento de los ciudadanos, la percepción de apoyo externo a su gestión puede ser muy impopular.

Para el internacionalista Leopoldo Ortega Arango, es “lamentable” que la expectativa de que México, con López Obrador, jugara un papel “más propositivo y de liderazgo” en el contexto latinoamericano, “no se hayan cumplido hasta ahora”.

Esto, dice, está dejando “el camino libre a la ultraderecha latinoamericana, a Colombia, a Brasil”, que en sintonía con Estados Unidos y su presidente, Donald Trump, “pueden conducir a una guerra civil en Venezuela que tendría un costo muy alto para toda la región”.

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