La derrota de Cuauhtémoc*

El suplicio de Cuauhtémoc El suplicio de Cuauhtémoc

(Proceso).- Llegó, por fin, el último día, el ce coatl de la veintena Tlaxochimaco del año yei Calli­ de los mexica, y martes 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito de los españoles. Se completaban en él setenta y cinco días de sitio, aunque los manuscritos mexica cuentan ochenta, sin duda por comprender también los que mediaron entre la llegada al cerco de Alvarado y Olid y la de Cortés.

Al amanecer marchó Sandoval con los bergantines a ocupar la laguneta; Alvarado debía avanzar del mercado y Cortés salió de su real con los tres cañones de hierro, seguro de que sus tiros obligarían a rendirse a los sitiados y les harían menos mal que la furia de los aliados. En su marcha encontró muchos hombres moribundos, mujeres macilentas y niños enflaquecidos que se dirigían al campo español: algunas de estas míseras gentes, por salir de su campo, se habían arrojado al agua de los canales o en ellos habían caído empujadas por otras, y no pocas se ahogaron. Cortés mandó que no les hiciesen mal; pero los aliados las robaron y dieron muerte a más de quince mil personas. Los sacerdotes y los fuertes guerreros estaban impasibles, flacos del hambre y el trabajo, armados de todas sus armas e insignias, esperando el combate en lo alto de los templos, sobre las azoteas o de pie en sus canoas. Cortés a su vez se subió en una azotea inmediata a la lagunilla para presenciar las operaciones. Allí volvió a ofrecer la paz a los de las canoas y a insistir en que pasara a hablar con él Cuauhtémoc. Prestáronse a ir dos principales, y al cabo de mucho tiempo volvió con ellos el Cihuacoatl a decirle que su rey no quería hablar de paz. Habían pasado en esto unas cinco horas, y Cortés mandó romper el fuego de los cañones. Serían las tres de la tarde cuando se oyó por última vez el caracol de Cuauhtémoc: los mexica se precipitaron por el oriente y por el sur sobre sus contrarios y las canoas se lanzaron sobre los bergantines.

Era que Cuauhtémoc, no pudiendo ya humanamente resistir, emprendía la fuga antes que rendirse, y para conseguirlo distraía la atención de sus contrarios. Mientras éstos atendían al combate y destrozando a los mexica penetraban en su último refugio por el sur y el oriente y Sandoval se empleaba en destruir la flota de canoas, Cuauhtémoc con Tecuichpoch y los principales dignatarios salía en canoas del Tlacochcalco y por una zanja que creemos existe aún detrás de Santa Ana, e iba al canal de Occidente, por donde a todo remo ganó el lago dirigiéndose a la orilla opuesta para de ahí buscar refugio en el Cuauhtlálpan.

Mas observó García Holguín las canoas de los fugitivos, y tendiendo las velas de su bergantín púsose en su alcance: ya los tenía a tiro, y ballesteros y arcabuceros iban a disparar por la proa, cuando Cuauhtémoc se puso en pie y les dijo: –No tiréis, soy el rey de México; tomadme y llevadme a Malintzin, pero que nadie toque a la reina–. Con Cuauhtémoc iban Tetlepanquetzáltzin, rey de Tlacópan, el Cihuacoatl Atlacót­zin, el Tlillancalqui Petláuhtzin, el Huitznáhuatl Motelchiútzin, el Mexicatecuihtli, el Tecuhtlamacazqui, Huanítzin, Acamapich, Oquiztzin, Cohuátzin, Tlatlati y Tlazolyaotl, únicos dignatarios, grandes sacerdotes y principales que habían sobrevivido. Todos fueron transbordados al bergantín, que viró de bordo para la isla. En el camino se encontró con el montado por Sandoval, y éste, como jefe de la armada, exigía que se le entregase el real prisionero, y como se resistiera Holguín, emprendióse larga y enojosa disputa entre ambos. Sabedor de todo Cortés por otro bergantín que se adelantó a pedir albricias, despachó a los capitanes Luis Marín y Francisco de Lugo para que sin más demoras le trajesen a Cuauhtémoc, ofreciendo dirimir después en justicia la contienda.

Cortés, como hemos dicho, estaba en la azotea de una casa en el barrio de Amaxác, casa que era de un principal llamado Aztacoát­zin. Hízola aderezar con mantas y esteras de hermosos colores para recibir al imperial cautivo. A su lado estaban Marina y Aguilar, Pedro de Alvarado y Cristóbal Olid. Llegaron los prisioneros conducidos por Sandoval y Holguín. Levantóse Cortés, y con noble respeto del vencedor al héroe desgraciado, abrazó con ternura a Cuauhtémoc. Llenándosele a éste de lágrimas los ojos, y poniendo la mano en el mango del puñal del Conquistador, le dijo las siguientes palabras, con las cuales sucumbía un rey con su raza, con su patria y con sus dioses: 

–“Malintzin, pues he hecho cuanto cumplía en defensa de mi ciudad y de mi pueblo, y vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma luego este puñal y mátame con él.”

Moría ya la tarde, prometiendo tormenta, y entre nubes rojas como sangre se hundió para siempre detrás de las montañas el quinto sol de los mexica. l

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Tomado de la enciclopedia México a través de los siglos, 1939, Publicaciones Herrerías.

Este texto se publicó el 31 de marzo de 2019 en la edición 2213 de la revista Proceso.

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