Enrique Krauze y su filosofía silvestre

Enrique Krauze, escritor. Foto: Miguel Dimayuga Enrique Krauze, escritor. Foto: Miguel Dimayuga

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El artículo de Enrique Krauze publicado en el periódico Reforma, el 5 de mayo pasado, “Diez Premisas del Poder”, donde se habla, en el contexto del nuevo régimen, nada menos que de Tomás de Aquino y Francisco Suárez, obligó a Frido Aliotti Kyan a sostener un diálogo virtual, con la eminente figura inglesa, el sabio converso al catolicismo, John Henry Newman, quien pasó “de las sombras a la verdad”.

Aquí entre nos, da gusto que artículos con dosis silvestres de filosofía, provoquen este tipo de diálogos. El objeto de la refutación, de la crítica fraterna, no es la persona, a la que se respeta y considera con simpatía, sino las ideas expresadas.

Frido: admirado Newman, cómo le agradezco el haber aceptado venir para dialogar sobre algunos aspectos del poder político. Fíjese usted que un historiador afamado, Krauze, pretextando una crítica al nuevo régimen de México, se lanza en un artículo periodístico reciente, contra algunas tesis de dos titanes de la teología y filosofía política y del derecho, de pura raigambre católica, como es ya su costumbre, con el propósito de defender las tesis anglosajonas sobre el poder, como las de Hobbes y Locke, por ejemplo, en otros artículos sobre este mismo tema, del 2001 y 2018. En el fondo, se trata de un pugilato entre el pensamiento protestante y el suarismo católico.

Para empezar, afirma Krauze, que Santo Tomás distingue entre ley y justicia, para concluir que el nuevo régimen mexicano al distinguir ley y justicia, es tomista. Newman, le ruego opinar sobre ello.

Newman: esa conclusión del historiador parece no sostenerse a la luz del tomismo; mire Frido, el más formidable pensador católico de todos los tiempos, Tomás, -junto con Agustín de Hipona-, dice que la ley es cierta regla o medida obligatoria de lo justo y de lo injusto, de los actos humanos en vista del bien común; la ley es fundamento del derecho, el que a su vez, es el objeto de la justicia; y ésta, igualdad de proporción, relación con otro, justo medio. Hay una estrecha vinculación entre ley, derecho y justicia. Y para que obligue dicha ley, debe encarnar la justicia, aseguradora de la legalidad y la dignidad humana.

La ley es expresión del derecho, del orden justo, causa formal de la sociedad, cuyo fin es su perfección: el bien común. Filosofía perenne del derecho fundada en la naturaleza esencial de la persona humana, en su sociabilidad, razón y libertad, en contraste con las retóricas del poder del sofista de ayer y hoy. Se trata de la pugna secular entre Derecho y Poder.

Los sofistas, Trasímaco, Gorgias, Calicles y su larga descendencia, sostienen que la justicia es la voluntad, el interés del más fuerte, al servicio de una causa política; y que la ley: “una convención urdida por los débiles para protegerse contra los fuertes”.

Frido: ah, caray, ¡qué dramática diferencia entre Tomás y su defensa del bien común, de la solidaridad, y los sofistas, sirviendo al mejor postor, al más fuerte, al margen de la razón! Ahora comprendo.

Newman: en puridad, Frido, son los sofistas los ancestros lejanos de por ejemplo, Hobbes, entre otros. En Hobbes el príncipe es un monarca absoluto, separado del pueblo de manera esencial, quedando los individuos irremediablemente “anulados como seres independientes”. Ya en Locke, mucho más moderado, lo soberano radica en la “oligarquía dominante de los propietarios”, como bien lo indica el filósofo francés del derecho, Michel Villey.

Dicho historiador, mi querido Frido, no supo o quiso distinguir entre Santo Tomás y su potente aristotelismo, y Calicles y los suyos, con su retórica y desmesuras sofísticas, hechas polvo por Platón en el Gorgias. Es como no distinguir entre San Miguel Arcángel y Lucifer. Todo depende de qué se entienda por ley y justicia.

Frido: ¡qué claro me queda, Newman! Pero antes de volver al tomismo y a la neoescolástica de Suárez, dígame, ¿qué opina de Lutero?

Newman: bueno, le comento que Lutero y Maquiavelo, con sus filosofías políticas perturbadoras, son los dos adversarios a los que se enfrenta el cerebro portentoso de Suárez, uno de los jesuitas más brillantes de la historia, llamado por muchos, “príncipe de los juristas modernos”.

Mire Frido, mi colega G. K. Chesterton, inglés también, converso como yo, dijo que Lutero había llevado a cabo la destrucción de la razón a la que sustituyó por la sugestión. Ese monje genial -dice Gilbert Keith- quemó públicamente la Summa Theologica, y con ella en la hoguera “toda esa masa de humanismo… que se arrugaba y enroscaba en humo delante de los ojos de su enemigo, y aquel apasionado campesino se regocijaba sombríamente porque el día del entendimiento había pasado”.

Ernest Cassirer, en el Mito del Estado, menciona que Tomás afirma que el hombre, a pesar de la Caída, “no ha perdido -como sostienen los protestantes luteranos- sus facultades de obrar justamente” y asimilar las leyes para conducir nuestras vidas. De esa supuesta pérdida, derivan los luteranos, que el dominio político se funda en la gracia y no en la naturaleza, y así, el poder político, “presupone un don sobrenatural del príncipe que lo posee”, socavándose entonces, la idea de fundar la política en el derecho natural.

De no haber habido un Lutero, no habría habido un Luis XIV, el Sol absolutista, dijo Figgis. Frente a dicho absolutismo se levantó como un muro de contención formidable, la filosofía política de los tomistas de la Contrarreforma, fundadores del constitucionalismo moderno, originadores de un humanismo jurídico que hizo posible el mestizaje en nuestro país, las leyes de Indias. Entre esos tomistas, está Francisco Suárez.

Frido: dice Krauze, volviendo a su artículo y a los previos suyos sobre el tema, que la neoescolástica de los siglos XVI y XVII, -Suárez en particular-, argumenta la superioridad de la ley natural sobre la ley escrita. ¿Qué opina al respecto, usted Newman, graduado en Oxford, y ahora en proceso de canonización?

Newman: gracias Frido por el halago inmerecido. De nuevo, la buena filosofía exige el distinguir y el ahondar, es decir, no quedarse en la epidermis de las cosas, en lo anecdótico, en la mirada corta. La filosofía lanza su mirada totalizadora a todo y a fondo. La miopía filosófica es padecida con frecuencia, por los historiadores aficionados prácticos de la filosofía.

Vayamos a esa cuestión que plantea el historiador. Para Suárez y Domingo de Soto, por citar a uno de sus colegas, hay una compenetración necesaria entre ley natural y ley humana. Incluso en una sociedad de puros santos, habría necesidad de la ley humana por su carácter directivo, e incluso en Soto, por el coactivo, para luchar contra las pasiones.

La ley natural para el tomismo, exige su determinación a través de la ley humana. No basta la primera como “principio correctivo de la conducta”, aunque dé sentido y obligatoriedad a la humana. Ésta es una exigencia para la consecución del orden social, para el bien de la república, pues fundamentalmente, se dirige la ley humana a la muchedumbre imperfecta, ajustándose a los cambios propios de la historia. Un hombre sin ley, es, o un dios o una bestia: Aristóteles comentado por Tomás.

Frido: entonces si entiendo bien, la vida humana es gobernada por la trascendencia a través de causas segundas -orden jurídico humano-, causas que le dan su lugar a la libertad del hombre, a su derecho a gobernarse a sí mismo, y que completan el ámbito de la ley natural. Ley natural y ley humana forman un todo para el buen gobierno de la multitud reunida.

Newman: así es Frido; la ley humana reproduce el orden de la justicia, dice Suárez, en buena filosofía del derecho. En contraste, la perturbadora concepción del positivismo formalista liberal a lo Kelsen, que sostiene que la ley emitida por el legislador legítimo, puede tener cualquier contenido: Calígula por ejemplo, nombrando cónsul a su caballo para corresponder a la abyección de los timoratos, o la ley del führer, calcinando millones.

Frido: para rematar, el historiador utiliza a Paul Janet para denostar a Suárez -el mismísimo jesuita considerado como el “primer demócrata moderno”-, diciendo que las suyas, las de Suárez, son “doctrinas incoherentes”. ¿Qué le parece?

Newman: si hay coherencia en filosofía política y del derecho, es esa, la de Suárez, mostrada en sus obras monumentales, verdaderas cumbres del pensamiento jurídico. En su “Histoire de Politique dans ses Rapports avec la Morale”, Paul Janet encomia a Suárez, afirmando que sus principios son elevados y profundos, y que es digno discípulo de Tomás de Aquino. Por ende, la incoherencia está, o en las ideas de Krauze o de Morse -en quien inocentemente se basa el primero- o de Janet.

¿Ya olvidó el historiador la historia de Jacobo I de Inglaterra, continuador del absolutismo inglés de los monarcas Tudor, converso a la iglesia anglicana, traidor a su propia madre, sacrificada impunemente por Isabel, la hija de Enrique VIII, el de las múltiples e infortunadas esposas, y defensor del derecho divino de los reyes, refutado éste por el genio de Suárez y su dialéctica imponente, en base a que toda autoridad política exige el consentimiento del pueblo?

Suárez, Frido, enderezó sus baterías intelectuales contra las tesis luteranas descalificadoras de la razón y del derecho natural, y contra Maquiavelo.

Supo conciliar el suarismo, la idea del deber de obediencia a la autoridad legítima que se ajusta al bien común, y la tesis de que es la comunidad la titular del derecho a gobernarse a sí misma, poseedora siempre “in habitu” del mismo, como una derivación del concepto de “vicaría” de Tomás, magistralmente desarrollado por el neotomista,
J.Maritain. El pueblo así, conserva su derecho a la resistencia en caso de que el gobernante violente el bien común. Mediante esta conciliación, se evitan anarquías, abusos de la demagogia y los radicalismos individualistas de los conciliaristas, ajenos a la solidaridad comunitaria.

Frido: a partir de Maquiavelo, se cortaron las amarras que ataban las naves del poder a la “totalidad orgánica de la existencia humana”, con la ética y la cultura, como destaca Cassirer. Pero siempre, la filosofía aristotélico-tomista le ha hecho frente al Florentino hasta hoy. Newman, ¿estoy en lo correcto?

Newman: sí, de hecho la nave del poder mueve sus remos en soledad, salvo en los casos luminosos de la historia.

Mira Frido, aquí te menciono las obras imperecederas del Eximio doctor Francisco Suárez, S.J. Tres volúmenes de tratados exhaustivos de filosofía del derecho, política y derecho internacional: Tractatus de Legibus ac Deo Legislatore, volumen de 10 tomos, 1612; Defensio Fidei Catholicae adversus Anglicanae sectae Errores, 1613; Opus de Triplici Virtute Theologica, -sobre derecho de la guerra-, 1617, volúmenes todos elogiados por el destacado defensor de la Escuela Española del derecho internacional, el jurista estadunidense, James Brown Scott.

Frido: increíble la variedad y dimensión de la obra de Suárez, es como una cordillera mental, una lumbrera. Finalmente Newman, Krauze deduce de dichas tesis tomistas y neoescolásticas, diez “premisas” que aplica al nuevo régimen y al cubano.

Newman: primero, no son premisas, son conclusiones que parten arbitrariamente de algunas premisas, según él, del tomismo y suarismo. Como vimos, de Tomás y Suárez lo único que se puede deducir es un humanismo político y jurídico, defensor de lo mejor de la persona humana y su dignidad, del derecho de todo pueblo a gobernarse a sí mismo, como antes le señalé, Frido.

Sostener que el tomismo inspira al régimen cubano, es algo alucinante, alterador de la inteligencia, por decir lo menos; es como decir que el dulce Francisco de Asís es el motivador del régimen militarista brutal -eso sí muy liberal y “democrático”- que destruyó Irak, Siria, Afganistán…

Esas conclusiones, muchas muy ciertas, y que aplica Krauze al gobierno actual y al de Cuba, se derivan, no de la filosofía perenne aristotélico-tomista, sino de la retórica vacua de Calicles, Maquiavelo, Hobbes, Gramsci, Marx, Lenin, los positivismos liberales dinamiteros del derecho natural, único freno real a la voluntad insaciable de poder, la hibris griega que perdura en el trumpismo y sus súbditos de un Occidente caduco, egoísta, con propios y refugiados.

Frido: bien dicho, Newman admirable, ojalá que pronto esté usted en los altares para rezarle a diario, por los historiadores y por mí, y pedirle que los ilumine para que se animen a tomar cursos de buena filosofía, por ejemplo, en Harvard, donde hay aristotelistas y tomistas que dominan el griego antiguo y la sensatez filosófica, y donde tengo buenos amigos, quienes a mí me ilustran para atenuar mi ignorancia. Gracias y suerte en ese proceso de canonización.
——————
Fin del diálogo. Nos veremos en el siguiente, no sin antes decir que las marchas opositoras en cualquier país, como actos simbólicos de resistencia, siempre son dignas de elogio por muy imperfectas, reducidas que sean. Dice Karl Jaspers, filósofo alemán, sobreviviente de épocas negras, que en cualquier nación del mundo, incluso de origen democrático, desde los primeros síntomas de conductas gubernamentales con rasgos autoritarios o que toquen bordes de lo totalitario-militarista, la ciudadanía debe quedar advertida de inmediato, y tomar medidas de resistencia civil, con armas espirituales como las de Gandhi, en defensa de su libertad, sin esperar a que sea tarde.
Los miopes, los que quieren servir a dos señores, siempre se esperan, minimizando los síntomas (militarización reinventada y ya fallida, memorándum desconocedor de la constitución, ataques a la prensa, legislativo obediente, ambiente catalizador de encono y división que se compensa con la fuerza de la guardia nacional, desdén hacia refugiados, silencio ante trumpismo, despidos, Huexca, tren maya, Dos Bocas, neoliberalismo encubierto con limosnas…). Resulta clave distinguir entre legitimidad de origen que puede ser abrumadora en votos, y la del ejercicio cotidiano del poder, que puede ser contrario a la democracia desde el principio, al margen de la masificación digital, de las encuestas, siempre maniobrables. Una de las peores cosas en política, es la abyección. Dedico este artículo, a mi profesor de filosofía del derecho, Roberto Mangabeira Unger, maestro de Harvard.

Comentarios

Load More