Twitter: un problema técnico… y político

La red social de los trinos sufrió el jueves una caída del sistema. La red social de los trinos sufrió el jueves una caída del sistema.

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Suena paradójico, pero lo cierto es que Twitter, que llegó a ser el paradigma de una nueva era disruptiva de comunicación horizontal, cada vez más se va pareciendo a uno de los “medios tradicionales” que sólo difunden mensajes con escasa posibilidad de réplica o retroalimentación social.

Un buen ejemplo de cómo va predominando esta percepción lo constituye una declaración del flamante nuevo secretario de Hacienda, Arturo Herrera. Con asuntos mucho más apremiantes que responder el pasado martes, durante su primera conferencia de prensa se dio tiempo para desmentir que hubiera creado una cuenta en Twitter, aunque luego dejó entrever que no sería mala idea abrir una.

“Es un canal nuevo a través del cual uno se puede comunicar y es un canal en el que, sobre todo, las generaciones que son mucho más jóvenes que la mía están acostumbradas a recibir la información. Lo vamos a valorar”, dijo.

Sin proponérselo, Herrera definió con precisión lo que ya predominantemente es Twitter: un medio de información. Como la radio, como la tele, como la prensa, como los canales habituales de comunicación masiva. Una plataforma para que un personaje público envíe el mensaje que le interesa transmitir. No necesariamente para interactuar o debatir, lo que cada vez se da menos.

No extraña que esa sea la percepción del funcionario respecto de Twitter. Después de todo, esa fue la plataforma usada por su antecesor, Carlos Urzúa, para dar a conocer su renuncia y el demoledor mensaje que la acompañaba. Sin oficinas de prensa de por medio, sin necesidad de dar conferencias o entrevistas. El efecto buscado se logró instantáneamente y el debate trascendió mucho más allá de los 280 caracteres.

De entre todo el universo de redes sociales existentes, Twitter es el que anticipa el futuro más incierto. Tuvo un arranque formidable en 2007 y en los años subsecuentes se expandió de forma avasalladora, gracias a virtudes que después replicaron otras comunidades virtuales: brevedad de los mensajes, rapidez de publicación, viralización de contenidos, generación de temas de conversación, vitrina de tendencias informativas y culturales y, sobre todo, contacto directo con los personajes públicos. Características todas que, en conjunto, le han provisto de una influencia decisiva de alcance global.

Sin embargo, desde hace años Twitter se estancó en número de usuarios, que rondan en alrededor de los 330 millones mensuales efectivos, muy lejos de los más de dos mil 270 millones de Facebook o los mil millones de Instagram, y rebasada ya por los 500 millones de TikTok.

Aunque sus más recientes reportes financieros reflejaron que su modelo de negocios aún es vigente, es difícil saber si resistirá a la presión de los mercados que trimestralmente claman por crecimientos exponenciales, sobre todo en un sector como el tecnológico en lo que prácticamente todo se vuelve obsoleto en pocos años y nunca se sabe cuándo surgirá el próximo fenómeno social en forma de red digital.

Prácticamente, el principal activo que le queda a Twitter es su influencia, y por ese motivo es sujeto de una mayor observancia por parte de los actores políticos, ya sea presionándola para que favorezca a una agenda o tratando de fortalecerla como herramienta democrática.

El principal de esos actores a escala global, Donald Trump, convirtió esta semana a Twitter en objeto de sus ataques, como lo han sido los demócratas, China o México. Esta vez organizó una “cumbre” de activistas conservadores para acusar a la empresa fundada por Jack Dorsey de la pérdida de seguidores –disminución que más bien se debe a una limpieza de bots– así como del sesgo en contra de sus posiciones ideológicas, que él quisiera se esparcieran sin contrapeso.

Días antes, una corte de apelaciones ratificó la sentencia de una juez en el sentido de que Trump no puede bloquear a sus seguidores en Twitter, por más personal que sea su cuenta. Contrario al argumento del presidente de Estados Unidos de que su cuenta es sólo para emitir opiniones y no tiene por qué tolerar ahí a sus críticos, el tribunal ratificó que se trata de un foro de discusión pública en el que no debe excluir a nadie, menos él como garante obligado de la libertad de expresión.

De esta forma, las instancias creadas por el Estado buscan poner un alto a la pretensión de convertir a Twitter en un mero megáfono para diseminar agendas interesadas. Pero no será suficiente. Además de lo que haga la propia empresa para ser rentable como negocio, tiene otra tarea pendiente, más compleja: erradicar el contenido ofensivo y el lenguaje de odio, una de las razones que terminó alejando a muchos de los tuiteros iniciales y desalentó a quienes nunca abrieron una cuenta.

No será fácil. Una encuesta que dio a conocer el jueves el Pew Research Center reveló que un 66% de estadunidenses piensa que las compañías de redes sociales son las responsables de eliminar el contenido ofensivo de sus plataformas, pero sólo el 31% confía en que éstas serán capaces de determinar con precisión cuál es el contenido que se debe suprimir.

El jueves, Twitter se cayó temporalmente por una falla técnica, relativamente fácil de resolver para los expertos en computación. Pero el problema estructural que experimenta en su faceta de actor político relevante requerirá otro tipo de ingeniería social.

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