El peligro de la ideología

El activista y comunicador Samir Flores. Foto: Tomada de Twitter @FundDonSergio El activista y comunicador Samir Flores. Foto: Tomada de Twitter @FundDonSergio

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Si algo sabemos es que no estamos solos, que la vida social es relación con otros. Pero esa relación no es, en su origen –como lo suponen las teorías del conflicto, que derivaron en la justificación del Estado–, la violencia. No es tampoco –como lo suponen las pastoriles– un estado idílico que la civilización o el pecado corrompieron. Es más bien, dicen Levinas y Finkielkraut, “el milagro de salir de sí”. Antes de ser guerra o abrazo, el otro es, en nuestra experiencia inmediata, alguien que “rompe el encadenamiento del yo a sí mismo, que lo vacía, lo desune, lo desocupa de sí y lo libera del peso de la propia existencia”. El otro es algo sagrado que inhibe nuestro egoísmo, una sacralidad que se expresa en la desnudez de su rostro y que nos llama, si no a amarlo, a respetarlo; una frontera que a la vez que nos resiste nos requiere.

Por ello es tan difícil violentarse contra el otro. Para hacerlo se necesita un velo, un obstáculo que lo oculte. La rabia, el odio, los celos… son de esa especie. Cuando aparecen, el otro se distorsiona, se vuelve insoportable, un impedimento, un infierno, dice Sartre. Sólo podemos violentarnos, humillar y destruir a otro cuando su otredad se oculta a nuestra mirada. Quizá por ello se vendaban los ojos de los condenados al paredón: había que evitar que su mirada –la expresión más inquietante del rostro– intimidara a sus verdugos. Quizá por ello también en las cárceles se uniforma a los presos y se les corta el cabello de la misma forma. Uniformar y agrupar –un gesto en apariencia funcional– retira de las personas el privilegio sagrado que les confiere el rostro, degradándolas, dice Finkielkraut, al rango de ejemplar, de especie. Aquello que tiene el poder de inhibir se transforma así en una cosa cualquiera a la que podemos violentar sin remordimiento alguno.

Cuando las ideologías se vuelven absolutas cumplen esa misma función. El otro, el que no pertenece a la idea que una comunidad se ha hecho de la vida social, es inmediatamente uniformado y agrupado en epítetos degradantes: “piojos”, “liendres”, “traidores”, “monstruos”, “corruptos”.

Reducido a eso, el rostro se vuelve un trazo, una forma borrosa que puede desaparecerse como desaparecemos una frase con la tecla delete de nuestra computadora, metáfora de un gatillo. Se trata, mediante la veladura del rostro, de hacer de la persona una abstracción despreciable.

En el caso del nacismo y del crimen organizado, los otros son quienes obstaculizan el despliegue de su potencia afirmativa –el de la raza o el del puro dominio–. Son “piojos” –dice el nazi–, “putos” –el criminal de hoy– que al perder la especificidad que los distingue y la semejanza que los aproxima, permiten ejercer sobre ellos toda la brutalidad de la fuerza. Destruida en el lenguaje la sacralidad del otro, ya no queda obstáculo para su destrucción real.

Hay otro tipo de ideología que no destruye al otro por un principio de fuerza, sino por principios morales. Destruyen no en rebelión abierta contra la responsabilidad que implica el reconocimiento del otro, sino por obligación moral hacia él. Es el amor por los oprimidos, el que justifica la uniformidad de los otros. Su voluntad no es la del poder, sino la de la justicia. Así, por ejemplo, a principios de la década de los ochenta, las Brigadas Rojas secuestraron a Germana Stefanini –una vieja enferma cuya tarea era repartir paquetes a los prisioneros de la cárcel de Rebbibia, donde estaban sus camaradas. Después de un juicio sumario, donde ella confiesa su condición de proletaria (“Tomé ese trabajo porque después de la muerte de papá no sabía de qué vivir; entré como inválida; distribuyo paquetes a los detenidos”), los brigadistas la ejecutaron porque en su ideología ella era una soldadera del capital. No se trataba de la justicia, sino de la idea que borró el rostro y la identidad de Germana: “¡Deja de parlotear! ¡Cállate! Tú no nos conmueves”.

La 4T camina por ese filo, lo que en medio de la ideología del crimen organizado, que azota a México, lo hace más preocupante. Es en nombre del Pueblo pobre que la 4T ha borrado todo tipo de identidades uniformándolas bajo los epítetos de “fifí”, de “conservadores radicales de izquierda”, de “mafia del poder”, etc. Así ha podido justificar los despidos masivos, la baja de los salarios, la condena a los pueblos indios que se niegan a los megaproyectos y olvidar a quienes a causa de ello han sido asesinados, como Samir Flores. La 4T no dice, como lo dice el nacismo y el crimen organizado: “Ustedes no nos conmueven porque son una mierda frente a nuestro poder”. Pero está a punto de decir como las Brigadas Rojas y los bolcheviques que asesinaron tanto a la familia del zar como al poeta Mandelstam: “Ustedes no nos conmueven. Estamos demasiado cerca de los oprimidos como para reconocerlos como prójimos. Nuestro amor por ellos nos absuelve del crimen”.

La 4T debe cuidarse de sí misma. Debe entender que para preservarse de la tentación totalitaria no basta con tomar partido por los pobres. Hay que hacerlo sin perder al prójimo. “El campo de Abel –dice Finkielkraut– puede ser tan criminal como la violencia de Caín”. Ambas velan el rostro del prójimo y normalizan la violencia. “Sólo en un mundo sin rostro el nihilismo absoluto puede establecer su ley”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, y rescatar los cuerpos de las fosas de Jojutla.

Este análisis se publicó el 28 de julio de 2019 en la edición 2230 de la revista Proceso.

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