Cómo (no) crecer al 4% anual

El presidente Andrés Manuel López Obrador. Foto: Eduardo Miranda El presidente Andrés Manuel López Obrador. Foto: Eduardo Miranda

BOGOTÁ (apro).- Lo primero que habría que decir sobre las políticas económicas que desarrollaron los gobiernos mexicanos que, entre 1982 y 2018, se alinearon con el Consenso de Washington –un eufemismo que hace referencia al modelo de mercado y apertura comercial indiscriminada— es que, por más que se esmeraron en aplicar el recetario neoliberal, no produjeron crecimiento.

Los 36 años que abarcaron los sexenios de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña, la economía mexicana creció a una tasa promedio anual de 2.4% y el ingreso per cápita apenas lo hizo a un ritmo de 0.8% cada año, cifras raquíticas para el tamaño de los desafíos sociales del país.

Tanto los mandatarios priistas como los panistas aplicaron el modelo abalado por el Consenso de Washington al pie de la letra. Unos y otros se esmeraron en crear “confianza, certidumbre y reglas claras” para los inversionistas; privatizaron todo lo que pudieron y desmontaron gran parte del sistema de subsidios de los gobiernos que los antecedieron.

También apostaron por una apertura comercial a fondo que quebró a varios miles de productores agrícolas y a pequeñas y medianas empresas.

Y no sólo el saldo económico fue decepcionante. El saldo social fue vergonzoso: en 1981, año en el que de la Madrid asumió como presidente, el 48.5% de la población vivía en la pobreza. Dos décadas después, en 2001, el primer año del gobierno de Fox, el porcentaje de mexicanos pobres era similar (48.8%). Fueron dos décadas perdidas en materia social.

El sexenio de Calderón, que fue el de peor desempeño económico en la historia moderna de México después del de De la Madrid, con un crecimiento anual promedio de 2.16%, comenzó con un índice de pobreza de 37.3% y acabó con un 44.4%.

Además, durante el gobierno de Calderón los homicidios aumentaron en 102% con relación al de su predecesor, Vicente Fox. Su fallida guerra contra el narcotráfico dejó 121 mil 613 asesinatos y 24 mil 956 desaparecidos, según datos del Inegi y del Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas (RNPED).

Peña logró lo que parecía imposible: superar el saldo en víctimas de su antecesor panista. También dejó tres millones de pobres más y un crecimiento económico de apenas 2.4% anual en promedio.

Es evidente que durante los 36 años de los gobiernos que se plegaron al Consenso de Washington México captó inversiones, se convirtió en una potencia exportadora, hizo lo posible por satisfacer las expectativas de los empresarios –hasta reformas estructurales que se presentaron como un salto al futuro–, y que nada de eso produjo crecimiento económico y desarrollo social.

Fox prometió que su sexenio crecería 7% al año y se quedó en la tercera parte de esa cifra (2.3%). Peña prometió una expansión entre 5% y 6 % anual y no llegó ni a la mitad.

Parece claro que si alguna enseñanza dejó el modelo de desarrollo económico que priistas y panistas aplicaron durante más de tres décadas es que no funciona para crecer a las tasas que requiere México para abatir los altos niveles de inequidad social que arrastra el país como un lastre.

Es apenas natural que el presidente Andrés Manuel López Obrador se haya propuesto cambiar ese modelo ineficiente, al que responsabiliza, además, de alentar la corrupción público-privada y la violencia.

Junto con su propuesta de cambio, el presidente prometió que la economía mexicana crecería 4% cada año, en promedio, durante su sexenio.

En este primer año no lo va a lograr. Todas las proyecciones de organismos multilaterales y de especialistas coinciden en que el Producto Interno Bruto (PIB) de México registrará un crecimiento de apenas 1% este año, menos de la mitad del promedio de los gobiernos del Consenso de Washington y tres puntos por abajo de la promesa del presidente.

Hay factores internos –como la cancelación de las obras del aeropuerto de Texcoco, el plan de austeridad y el subejercicio presupuestal– y externos –como la incertidumbre que genera la guerra comercial entre Estados Unidos y China y las represalias comerciales que Donald Trump amaga imponer a México si no coopera como él quiere en el tema migratorio– que inciden en la desaceleración de la economía mexicana.

La secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la mexicana Alicia Bárcena, una funcionaria que goza de credibilidad y respeto en la región, considera que la agenda de transformaciones de López Obrador requiere tiempo para comenzar a producir resultados y hace notar que el presidente apenas lleva ocho meses de gobierno (Proceso 2231).

También cree que las inversiones en la refinería de Dos Bocas, en el Tren Maya y en el aeropuerto de Santa Lucía comenzarán a tener un efecto positivo sobre la economía el año próximo, al igual que el paquete de estímulos por 25 mil millones de dólares que anunció la Secretaría de Hacienda el miércoles 31 de julio.

López Obrador tiene perfectamente definido, a la luz de las evidencias, que el modelo de desarrollo de sus predecesores no es el camino a seguir para el país que aspire a crecer a altas tasas y a combatir a fondo las inequidades sociales.

Lo que le falta es comenzar a demostrar, con datos duros que no admitan discrepancias, que su modelo sí sirve para cumplir esas metas.

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