Dientes chimuelos desdentados (III)

"Tenía yo 9 años...". Francisco Toledo, 2019 "Tenía yo 9 años...". Francisco Toledo, 2019

El diente de Buda

En 1949 la editorial Jackson publicó tres tomos del libro El mundo de las costumbres exóticas. Las tradiciones, los ritos, la vida y las supersticiones de los pueblos aborígenes.

Recuerdo haber visto esos libros, en los cuales encontré esta imagen ya lejana acompañada por este texto, el cual ahora comparto con ustedes.

(Si quiere saber más al respecto vea el Dathavansa, La historia de la reliquia del diente de Gotama Buda).

La fiesta anual Perahara dura dos semanas, y todas las noches se llevan procesionalmente por las calles las armas y las insignias de las cuatro deidades indias. La última noche se pasea la reliquia del Diente de Buda sobre el elefante del templo. Delante y detrás de los elefantes marchan jefes kandianos a cuya cabeza van danzarines y tocadores de tamtam.

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Colombo Apothecaries Co. Imagen tomada del libro "El mundo de las costumbres exóticas"
Colombo Apothecaries Co. Imagen tomada del libro “El mundo de las costumbres exóticas”

Me horrorizaba aquel oro refulgente

A Grete Bloch

16, V, 14

Querida señorita Grete, sus dolores de muelas son una franca demostración de que ni siquiera esa malísima cosa que es un dolor dental, le ha sido ahorrada en Viena, pero significa también que todo ha de marchar mejor a partir del momento en que se vaya de allí. ¿Qué otro sentido podrían tener sino esos dolores de muelas? Además, ¿por qué iba a verse usted atormentada sin razón? En cuanto a lo que significa el insomnio y la “dilatación de la cabeza”, sé muy bien lo que son, en estos momentos, y no parece que quiera perder esta sabiduría, pero en lo que se refiere al peor tipo de dolor de muelas, puede que yo aún no lo haya sufrido, y leo lo que me dice sobre ese particular en su carta como un párvulo que no sabe en absoluto qué partido tomar. ¿Cuál es, propiamente hablando, el trato que da usted a sus dientes? ¿Se los limpia (por desgracia estoy dirigiéndome ahora a la dama a quien los dolores de muelas le impiden guardar las formas y atenerse a las reglas de la cortesía) después de cada comida? ¿Qué dicen esos malditos dentistas? Una vez que se ha entregado uno a ellos no hay otro remedio que apurar hasta las heces el cáliz de las amarguras. Creo que F., con su dentadura casi completamente de oro, se siente relativamente en paz. ¿No podría procurarse usted también dicha paz de ese modo? Si he de decir la verdad, en los primeros tiempos tenía que bajar los ojos ante los dientes de F., tanto era lo que me horrorizaba aquel oro refulgente (en ese inadecuado lugar, un fulgor realmente infernal) y aquella porcelana grisáceoamarillenta. Más adelante no dejaba pasar ocasión de mirar sus dientes, deliberadamente, para no olvidarme de ellos, para mortificarme y para creer, por último, que todo aquello era realmente verdad. En un momento de olvido incluso llegué a preguntar a F. si no estaba avergonzada. Naturalmente, y por fortuna, no se avergonzaba en absoluto. Pero actualmente, y no sólo por la fuerza de la costumbre (la costumbre visual aún no habría logrado adquirirla por completo) estoy casi totalmente reconciliado con su dentadura. Ya no sentiría deseos de ver esos dientes de oro fuera de su boca, aunque la expresión no es absolutamente exacta, propiamente hablando no es que haya deseado nunca verlos fuera de su boca. Sólo que hoy esos dientes me parecen casi adecuados, me parecen algo particularmente lleno de precisión y –lo que no es poco– me parecen un defecto humano ostensible, amable, siempre a la vista, innegable para los ojos, un defecto que quizás me aproxima más a F. de lo que pudiera hacerlo una dentadura sana, dentadura que sería también, en un cierto sentido, algo terrible. No es que esté hablando aquí un novio que sale en defensa de la dentadura de su novia, sino más bien alguien que no está en condiciones de exponer correctamente lo que quiere decir, pero que además quisiera darle a usted un poco de ánimo para que, si no puede arreglarse de otro modo, desde luego sólo en ese caso, haga usted algo radical contra sus dolores. Pero quizás lo mejor sea que para eso espere también a encontrarse en Berlín.

Mis más cordiales saludos.

Suyo Franz K.

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Del libro Cartas a Felice, de Franz Kafka

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Tres momentos de la literatura japonesa 

Por su misma naturaleza el momento de iluminación es indecible. Como el taoísmo, a quien sin duda debe mucho, zen es una “doctrina sin palabras!. Para provocar dentro del discípulo el estado propicio a la iluminación, los maestros acuden a las paradojas, al absurdo, al contrasentido y, en general, a todas aquellas formas que tienden a destruir nuestra lógica y la perspectiva normal y limitada de las cosas. Pero la destrucción de la lógica no tiene por objeto remitirnos al caos y al absurdo sino, a través de la experiencia de lo sin sentido, descubrir un nuevo sentido. Sólo que ese sentido es incomunicable por las palabras. Apenas el humor, la poesía o la imagen pueden hacernos vislumbrar en qué consiste la nueva visión. El carácter incomunicable de la experiencia zen se revela en esta anécdota: un maestro cae en un precipicio pero puede asir con los dientes la rama de un árbol; en ese instante llega uno de sus discípulos y le pregunta: ¿En qué consiste zen, maestro? Evidentemente, no hay respuesta posible: enunciar la doctrina implica abandonar el estado satori y volver a caer en el mundo de los contrarios relativos, en el “esto” y el “aquello”. Ahora bien, zen no es ni “esto” ni “aquello”, sino, más bien, “esto y aquello”. Así, para emplear la conocida frase de Chuang-tsé, “el verdadero sabio predica la doctrina sin palabras”.

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“Tres momentos de la literatura japonesa”, del libro Las peras del olmo (1954) de Octavio Paz. El FCE lo incluye en el vol. II de las Obras completas: Excursiones e incursiones. Dominio extranjero. Fundación y disidencia. Dominio hispánico.

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"Con los dientes en la rama". Francisco Toledo, 2019
“Con los dientes en la rama”. Francisco Toledo, 2019

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