Oposición sin rumbo

Luego de ir en coalición con el PAN en el 2018, el PRD busca consolidar un nuevo proyecto político Foto: Rubén Espinosa Luego de ir en coalición con el PAN en el 2018, el PRD busca consolidar un nuevo proyecto político Foto: Rubén Espinosa

CIUDAD DE MÉXICO (apro). – A punto de llegar a su primer informe de gobierno, la fuerza política individual de Andrés Manuel López Obrador supera al sistema de partidos. El mandatario tiene una alta popularidad y, no obstante, la inmovilidad y las malas cuentas que entrega en diferentes rubros de la administración, sus opositores son prácticamente invisibles.

Hay crisis en las principales fuerzas políticas del país y el fenómeno se relaciona necesariamente con la presencia política de López Obrador, que supera a la institucionalidad partidaria inclusive en Morena, la formación que fundó como trampolín electoral.

En las semanas recientes, los partidos con mayor presencia electoral, o bien, aquellos que hasta hace poco la tuvieron, padecen complicaciones internas, extravíos de la ruta a seguir tras sus respectivas (y estrepitosas) derrotas de 2018.

La única excepción es Movimiento Ciudadano, partido que agrupa a miembros de otras formaciones, principalmente expriistas, donde hasta ahora se le ha respetado el cacicazgo a Dante Delgado.

El caso más reciente es del PRD, con su anuncio de cesión de registro y posterior retractación: el pasado fin de semana anunció que se extinguía como tal para dar paso a una corriente aglutinadora de participaciones ciudadanas que pretenden llamar Futuro 21.

La oferta es risible: dominados por Jesús Ortega y Jesús Zambrano, “Los Chuchos”, conocidos por su colaboracionismo y entrega al peñanietismo, dicho partido convoca a personalidades de pésima fama como el patiño de 2012, Gabriel Quadri, a encabezar un movimiento en el que nunca se han planteado la autocrítica, la corrupción como conducta persistente en su cúpula y los liderazgos proclives a la negociación oscura, como origen de su debilitamiento.

Tercera fuerza electoral, el PRI eligió dirigente en la intrascendencia y con las renuncias de dos miembros destacados, José Narro Robles e Ivonne Ortega Pacheco, quienes cada uno por su lado denunciaron fraude y manipulación en la elección del pasado 18 de agosto, fecha desde la cual Alejandro Moreno Cárdenas, el nuevo dirigente, selló su irrelevancia en el desatino de los espectaculares “Regresaremos”, que motivaron la burla generalizada.

La segunda fuerza, el PAN, es desplazada por el activismo empresarial, señaladamente de la Coparmex, que lo vuelve una nada en el debate público. Como en los otros dos casos, con su desprestigio a cuestas, el PAN sigue acumulando inconformidades en sus filas por la conducta de una cúpula inescrupulosa.

Lo más sorprendente es el cauce que toma la debilidad de Morena que se expresa en las pugnas facciosas y estridentes, estalladas en la ruta en torno a la renovación de dirigencia y que hizo crisis durante el cambio de la mesa directiva en el Senado, dejando muchas heridas abiertas.

Asistimos, pues, a un problema grave en la situación de los partidos que, en el caso de los que son oposición, han patentado su incapacidad para reformular sus ofertas, nombres, y objetivos, así como de aprovechar el desastre partidista del morenismo que, siendo fuerza en el poder, tiene disputas en las que los dichos y tonos hacen inviables las reconciliaciones para su consolidación como opción electoral más allá de López Obrador.

La gravedad de la situación radica en que, en un modelo democrático, las diferentes opciones, supuestamente, construyen los cambios.

Y por lo pronto, sus crisis dejan libre el camino a una visión única que domina el debate público a golpe de mañaneras y tuitazos. Es la voz presidencial tan poderosa que, al llegar su primer informe, carece de contrapesos y hasta se da la oportunidad de burlarse de sus opositores y –sardónica– recomendarles estrategias para su reagrupamiento.

En tanto, a muy pocos parece importarles hoy el pluralismo democrático.

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