Un mundo en llamas

Imagen satelital de los incendios en la cuenca alta del río Amazonas, en Brasil. Foto: Maxar Technologies/AP Imagen satelital de los incendios en la cuenca alta del río Amazonas, en Brasil. Foto: Maxar Technologies/AP

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Justo en proporción inversa, las acciones y omisiones del gobierno de Jair Bolsonaro en detrimento de la Amazonia brasileña le brindaron a ésta un escaparate excepcional: desde hace al menos 10 días el mundo observa con azoro e indignación cómo decenas de miles de focos de fuego consumen grandes áreas del mayor bosque tropical de la Tierra.

Y no es que Bolsonaro haya inaugurado los incendios y la deforestación. Más allá de una cuota promedio provocada por fenómenos naturales y la actividad humana en todas las zonas boscosas del planeta, desde la época de las dictaduras militares –que tanto admira el ultraderechista mandatario actual– se inició un embate contra la enorme cuenca amazónica para explotar sus riquezas, sin conciencia ni remordimientos sobre su deterioro, y menos aún sobre sus consecuencias ambientales en la región y en todo el mundo.

De hecho, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos afirma que durante los últimos 60 años el área del Amazonas ha sufrido ya 20% de deforestación en su superficie debido a la tala, los cultivos agroindustriales, la cría intensiva de ganado y la industria minera extractiva. Y estas actividades siempre se han abierto paso con fuego.

En su conjunto, esto ha significado también el aumento de un grado centígrado en la temperatura de la región, la reducción de las precipitaciones pluviales y el riesgo de lo que el climatólogo brasileño Carlos Nobre denomina “la sabanización de la Amazonia”. Según explicó a El País, para que tal fenómeno no se vuelva irreversible hay que evitar que la deforestación de la cuenca llegue a 40% y, con ello, el ascenso de la temperatura a los 3º C.

Pese a este escenario apocalíptico, no fue sino hasta principios de este milenio que los gobiernos brasileños empezaron a tomar cartas en el asunto, con resultados bastante modestos, pero a la baja. Este año, sin embargo, los indicadores van al alza, lo que ha disparado no sólo las alarmas nacionales sino también internacionales.

Según el Instituto Nacional de Investigación Espacial de Brasil (INPE), el país vive una oleada mayor de incendios. Entre enero y agosto se han registrado 76 mil 720 focos de ignición, 85% más que en el mismo periodo de 2018 (41 mil 400); y 80% del territorio consumido por las llamas se ubica dentro de la Amazonia. Los satélites de la institución también han captado un aumento exponencial en la deforestación de mayo a agosto de este año (de 34% a 212%).

Algunas voces del mismo INPE piensan que es muy pronto para sacar conclusiones catastrofistas, ya que en 2016 se contabilizaron 70 mil 620 focos, una cifra no tan alejada de la actual. Investigadores del Reino Unido recordaron que los incendios en Sudamérica se incrementan cuando se presenta el fenómeno de El Niño, que trae más calor y sequías (este año hubo uno) e inclusive la NASA consideró que hay que esperar a que termine la temporada seca para sacar un promedio.

Pero más allá de las cifras, lo que sin duda ha calentado el ambiente son las declaraciones y las medidas políticas que ha tomado el derechista gobierno brasileño no sólo en relación con la situación específica de la Amazonia, sino del medio ambiente en general.

Negacionista del cambio climático, Bolsonaro, como Donald Trump, estuvo a punto de abandonar el Acuerdo de París; no lo hizo por temor a perder los certificados internacionales de calidad para sus productos de exportación. Pero dentro de Brasil, el mandatario parece creer que la soberanía lo autoriza a decidir cualquier cosa, y así lo ha subrayado cada vez que tiene oportunidad.

Ante los datos del INPE sobre los incendios amazónicos, por ejemplo, simplemente los desestimó como “falsos”, y despidió a su director, Ricardo Galvão. Puso a otro negacionista como él, Ricardo Salles, al mando del Ministerio del Medio Ambiente, emprendió una serie de cambios para restar competencias a las principales instituciones del sector, flexibilizó las normas ambientales, redujo los presupuestos para la protección ambiental (incendios incluidos) y estudia abrir las reservas naturales protegidas y los territorios indígenes a la explotación comercial.

Qué tanto todas estas medidas influyeron para que madereros, agricultores, ganaderos y mineros se lanzaran con fuego a avanzar sobre el espacio selvático, sin temor a consecuencias legales, está todavía por verse. Pero sin duda constituyeron un aliciente para que se desatara una tormenta política internacional de proporciones hasta ahora no vistas.

En tiempos en que la protección al medio ambiente forma parte ineludible de la agenda política mundial y domina el debate de la opinión pública, el hecho de que se esté quemando la mayor reserva verde que provee 20% de oxígeno del planeta, y que en lugar de absorber las emisiones de CO₂ las esté generando, se convirtió en un tema de enfrentamiento global, que conllevó ásperas recriminaciones y hasta insultos personales.

Encabezados por el presidente francés Emmanuel Macron, que se ha autoerigido en adalid de la defensa del medio ambiente, los mandatarios reunidos en Biarritz con motivo de la 45 cumbre del G7 (las siete potencias industrializadas) hicieron suyo el tema y aprobaron un fondo de 20 millones de dólares y recursos técnicos y humanos para ayudar a sofocar los incendios en el Amazonas. Y hasta el Papa Francisco hizo un llamado “a todos” para salvar la selva.

En un principio Bolsonaro rechazó la ayuda, aduciendo otra vez motivos de soberanía. Luego cedió un poco, pero se inclinó más bien por un apoyo intrasudamericano, sugerido por el presidente chileno, Sebastián Piñera, invitado al cónclave. En diciembre, Chile será el anfitrión de la COP25, la Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas para luchar contra el cambio climático. Pero también se trabaja en un plan a largo plazo para apoyar a la selva amazónica y sus comunidades nativas, que se presentará el próximo mes en la Asamblea General de la ONU.

Con ello se mantendrá vigente el tema de la salud del “pulmón del mundo”, y es positivo que así sea. Pero sería importante también que se le despolitizara y ubicara en un contexto mundial en el que, sin un Bolsonaro de por medio, los incendios forestales se han multiplicado debido al calentamiento global y a la voraz actividad humana.

Sin ir más lejos, no toda la selva amazónica que se está quemando es brasileña. En la zona oriente de Bolivia se han quemado 774 mil hectáreas y otras 37 mil en el vecino Paraguay. Ahí, la práctica ancestral del “chaqueo”, es decir la quema de terrenos para renovar los cultivos, parece ser la principal causa. Evo Morales mismo la ha defendido como “necesaria”. Y Mario Abdo, el presidente paraguayo, la reconoce como parte de esa tradición. Sin embargo, la expansión de las poblaciones locales, la incursión de intereses comerciales foráneos y el cambio en las condiciones climáticas, empiezan a desbordar la situación. De colores ideológicos opuestos, los dos mandatarios no han rechazado la ayuda del G7, pero parecen haber privilegiado el combate a los incendios con sus propios medios, estableciendo inclusive una cooperación transfronteriza.

Algo similar se observa al otro lado del Atlántico. En estos días la NASA también ha mostrado imágenes satelitales de incendios en el África Subsahariana, que parecen superar por mucho los de la Amazonia. Y así es. La agencia informa que 70% de los 10 mil incendios activos cada día en el mundo se ubica precisamente en esa zona; tres veces más de los que se detectan cada jornada en las selvas amazónicas.

Concentrados en Angola, República Democrática del Congo, Zambia, Mozambique y Madagascar, explica sin embargo que no son de tanta procupación, ya que los fuegos se desarrollan sobre todo en las grandes sabanas y los campos agrícolas y de pastoreo, y habitualmente se detienen a las orillas de los bosques, por lo que no deforestan y las tierras se regeneran en el trancurso de un año.

En todo caso, ahí el reto es evitar la erosión, la tala inmoderada de los flancos selváticos y la incursión de intereses productivos mecanizados y a gran escala, que a la postre sí podrían empezar a dibujar un escenario como el de las selvas sudamericanas. Macron esbozó también su interés por ayudar a combatir estos incendios subsaharianos, aunque la idea no llegó a desarrollarse.

Pero independientemente de su tipo y gravedad, no hay duda de que se observa un aumento de los incendios en las campiñas y bosques del mundo, y también una ampliación en su ubicación geográfica.

Así, por ejemplo, apenas unas semanas antes de que estallara el escándalo mediático de la Amazonia, las noticias dieron a conocer que entre tres y cuatro millones de hectáreas ardían en Siberia. Según las autoridades rusas, 246 focos activos de incendio consumían la taiga sin que se pudiera hacer mucho debido a la lejanía y dificultades del terreno, pese a que casi tres mil personas y 400 equipos especializados participaban en su combate. Vladímir Putin inclusive no reaccionó sino hasta que personalidades locales e internacionales lo presionaran a enviar al ejército a reforzar los trabajos. Luego hasta Trump le ofreció ayuda. A futuro este escenario será recurrente, debido a los aumentos en la temperatura en esta fría región, que han desplazando las lluvias hacia zonas periféricas.

Y no se trata de una situación de excepción. Hace pocos años también ardieron 2.8 millones de hectáreas en la tundra canadiense, y la NASA documenta incendios cada vez más frecuentes y severos, y con áreas quemadas más extensas, en la región del Ártico. Ahí la causa más habitual suelen ser los rayos, pero el derretimiento creciente proporciona cada vez más materia orgánica para la ignición, con grandes emisiones de CO₂ a la atmósfera.

Boreales, australes o ecuatoriales los reportes de incendios desbocados se multiplican. Así, lo mismo Suecia ve consumirse sus bosques, que España, Portugal y Grecia ven cada año quemarse de nuevo sus áreas verdes, con riesgos cada vez más ingentes para sus zonas pobladas. California se convirtió el año pasado en un infierno con daños incalculables y víctimas mortales. Y los pandas en China, los orangutanes en Borneo y los canguros en Australia huyen despavoridos de las llamas que devoran crecientemente su hábitat.

Este año también en México se vivió una ola inusual de incendios. Una imagen de satélite de la NASA mostró al país en llamas, con 130 focos de fuego en 20 estados. La Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales, por su parte, reportó 4 mil 425 incendios en 30 entidades federativas, que afectaron 152 mil 952 hectáreas. Hasta la Ciudad de México reportó incendios en sus zonas boscosas, que llevaron a una “contingencia ambiental extraordinaria” por la alta concentración de partículas suspendidas en la atmósfera.

Hasta ahora, en promedio, cada año arde entre 3% y 4% de la superficie del planeta. No deberíamos esperar a que ese porcentaje crezca…

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