África: los otros incendios

Incendio en Angola del 22 de agosto de 2019, representado con luces infrarrojas en un gráfico de la NASA. Foto: earthobservatory.nasa.gov Incendio en Angola del 22 de agosto de 2019, representado con luces infrarrojas en un gráfico de la NASA. Foto: earthobservatory.nasa.gov

NAMPULA (apro).- Poco se puede ver en la carretera que a lo largo de más de 200 kilómetros une a esta ciudad con la costa del Océano Índico; en el invierno austral, el sol desaparece llegadas las cinco de la tarde y los caminos carentes de alumbrado público se convierten en grandes y oscuros túneles. Casi todo desaparece de la vista, los múltiples viandantes a cada lado de la autovía, las bicicletas, los poblados de arcilla y ladrillos salpicados por cabras, vacas, acacias y baobabs. Casi todo, con excepción de los omnipresentes incendios.

Fogo!”, fuego en portugués, alcanza a advertirme por enésima vez Abdul, un treintañero que se dedica al transporte y comercialización de especias, mientras pasamos al lado de una pequeña hoguera en formación al lado de la carretera. En la hora y media de camino que llevamos andado es por lo menos el sexto que contabilizo y, hasta el momento, el más pequeño.

“No entiendo por qué tanta conmoción, siempre quemamos los campos en época de sequía para hacer más productivas las cosechas cuando lleguen las lluvias”, confiesa el emprendedor mozambiqueño sobre la cobertura mediática internacional a raíz de los incendios amazónicos y la publicación de las fotografías de la agencia espacial estadunidense.

“En la televisión y en la radio no dejan de hablar del tema, como si fuera algo nuevo”, afirma incrédulo sobre las réplicas que la noticia de los fuegos en el África Subsahariana ha tenido en todos los medios del continente. “Es como si de repente el mundo se diera cuenta de que existimos”, culmina irónico Abdul para después soltarse a reír.

Entre el 22 y el 24 de agosto, según un análisis de imágenes de la NASA realizado por la agencia de investigación numérica de fenómenos climáticos con fines comerciales Weather Solutions, y hecho público por el conglomerado mediático Bloomberg, en Angola se registraron 6 mil 902 incendios y en la vecina República Democrática del Congo, 3 mil 395.

Durante ese mismo periodo, de acuerdo con dicho informe, los fuegos activos en Brasil eran “sólo” 2 mil 127; una quinta parte de los concentrados en tales países africanos, a los que deberían sumarse los demás incendios observados en las instantáneas satelitales referidas y que alcanzan también, aunque en menor medida, a Kenia, Tanzania, Ruanda, Burundi, Mozambique, Zambia, Zimbabwe, Malaui, la República del Congo, Gabón, Suazilandia, Lesotho, Namibia, Madagascar, Botswana y Sudáfrica.

Las brutales imágenes que dibujan a la mitad de África en rojo no tardaron en ser retomadas por los principales medios y por millones de usuarios en las redes sociales, algunos preguntándose por qué la consternación mundial se concentraba en la Amazonia brasileña y callaba cómplice ante lo que consideran una “tragedia” de iguales o mayores proporciones en el África Subsahariana.

“Celebridades y presidentes no hablan de ello, me pregunto ¿por qué? ¿dónde está la solidaridad de la gente? ¿y la conmoción global?” tuiteó el usuario Mark Nuno (@outsidethelamp), al comparar las imágenes de la NASA relativas a una y otra región del mundo.

A su reclamo se sumaron en el lapso de horas cientos de miles de voces que denunciaban “el doble estándar” utilizado por personalidades de la talla de Madonna, Leonardo di Caprio, la joven activista sueca Greta Thunberg o el presidente galo, Emmanuel Macron.

La cruzada emprendida por el jefe del Estado francés fue quizá la que más caló y mayores repercusiones tuvo, no sólo por los desencuentros al más alto nivel con el ejecutivo sudamericano, sino porque la enérgica respuesta de Macron ante la impasividad del mandatario brasileño, Jair Bolsonaro, elevó los repetidos llamados de grupos ambientalistas e indígenas contra las políticas vejatorias del medio ambiente y llevó el tema a la plataforma del Grupo de los 7, durante la reunión anual del mecanismo en Biarritz a finales del mes pasado. Ahí, las principales economías del mundo, con la notable ausencia de Estados Unidos, se comprometieron a crean un fondo conjunto de 22 millones de dólares para ayudar a combatir la tragedia que amaga al “pulmón del mundo”.

De ahí, sobre todo, que la aparente “inacción” de dichos liderazgos políticos y de opinión frente a los fuegos en África incendiara las redes. A tal punto que el mismo Macron, el 26 de agosto, declarara en Twitter que analizaría la posibilidad de lanzar una iniciativa similar a la anunciada para la Amazonia pues, escribió, “los bosques también arden en el África Subsahariana”.

Aun así, a la fecha nada se ha anunciado al respecto por parte del Eliseo. La pregunta de fondo es la siguiente: ¿es realmente equiparable la situación en América del Sur con el escenario en África Central? De acuerdo con expertos en materia forestal y climática no se trata en absoluto de lo mismo, aunque ello no quiera decir que el contexto africano no merezca la atención del mundo, sobre todo por sus implicaciones para el cambio climático.

Desde la pequeña avioneta Embraer en la que sobrevolamos las sabanas que inmensas se extienden desde el monte Kilimanjaro, en la frontera entre Kenia y Tanzania, y las orillas del lago Malaui, entre la nación homónima y Mozambique, los escuetos grupos de búfalos, jirafas y elefantes que las habitan, dentro y fuera de parques nacionales y naturales, son apenas distinguibles. Las humaredas que levantan los numerosos fuegos que vemos arder les esconden mejor que cualquier vegetación. “Realmente se trata de algo recurrente, no tendría en principio que alarmarnos, al menos no por las razones que se han comentado, hasta cierto punto de forma desinformada, en las redes sociales”, afirma Ben Yasin, director de biodiversidad en el Departamento de Asuntos Medioambientales del gobierno de Malaui, sobre los incendios recientes registrados en su continente, mientras señala por la ventanilla de la aeronave el contorno septentrional del otrora lago Nyasa, el tercero de mayores dimensiones del continente pero el primero en términos de su biodiversidad e importancia natural, columna vertebral y orgullo de su país. “Hemos llegado”, declara el doctor Yasin con una contundente sonrisa.

A lo que Yasin se refiere y que de alguna manera hace eco de lo dicho por Abdul durante nuestro recorrido nocturno por carretera en Mozambique, es que esa gran cantidad de fuegos, algunos más pequeños que otros, es “normal”. Se trata de incendios provocados de forma estacional por los campesinos durante la época seca y que pretenden preparar la tierra cultivable para optimizar las siembras y las cosechas durante la época de aguas o, en algunos casos, aclimatar tierra nunca antes trabajada para la siembra y el cultivo. Esta técnica ancestral de agricultura itinerante, también conocida como agricultura de quema o roza, es comúnmente practicada en regiones de vegetación densa, como selva, bosques tropicales, o en el caso de este rincón de África, sabanas.

De acuerdo con el doctor Colin Beale, catedrático del Departamento de Biología de la Universidad de York, “el verdadero foco de nuestra atención” tendría que ser el Amazonas. En declaraciones al semanario electrónico The Conversation el joven académico británico, quien lleva más de una década dedicado al estudio de los ciclos de fuegos e incendios en el África Central y del Este, afirma que “lo que puede observarse esta temporada en África y publicitado en las imágenes de la NASA parece tener lugar en praderas y pastizales en donde este tipo de fenómenos son usuales durante esta época del año”.

Beale explica que la composición de flora y fauna de las sabanas africanas lleva miles de años dependiendo de los ciclos anuales de fuegos provocados. Los que no sólo permiten a los pastizales “renacer”, convirtiéndolos en alimento para ganado, sino que también fomentan mejores cultivos, se deshacen de perjudiciales plagas de garrapatas y favorecen el crecimiento de los arbustos espinosos, fundamentales en la dieta de muchas especies entre las que se cuentan las jirafas y las distintas especies de gacelas.

Lo que es más, los incendios estacionales en el África Subsahariana son incluso fundamentales para preservar la Amazonia. Así lo determinó una investigación encabezada por la doctora Cassandra Gastón de la Universidad de Miami hecha pública apenas en julio de este año por la revista estadunidense NewScientist: “El humo de la biomasa quemada en África (como consecuencia de los fuegos estacionales) es una fuente fundamental de fósforo para los procesos biológicos que llevan al crecimiento de la selva del Amazonas y a su correcto almacenamiento de bióxido de carbono con sus consabidos beneficios para el planeta”.

De acuerdo con los descubrimientos encabezados por Gastón, a partir de años de investigación en el sur de la Guayana Francesa, las partículas que el viento carga al otro lado del Atlántico desde los incendios africanos resultan vitales para la “buena salud” del pulmón sudamericano. Esto constituye una prueba casi irrefutable de que entre los dos continentes y su riqueza natural hay correlaciones positivas, aunque también las hay negativas y no necesariamente por los incendios.

“Aquí el verdadero peligro es la deforestación”, reconoce un cabizbajo Yasin, sobre el principal reto de Malaui y de sus países circunvecinos. De acuerdo con su visión, en las últimas décadas el desmedido crecimiento poblacional ha llevado a un ritmo casi imparable de deforestación, “a más gente, más bocas que alimentar y más tierras que cultivar”, lo cual pone en grave riesgo el cuidado sustentable del medioambiente, mucho más allá del famoso lago homónimo.

Beale coincide: “El problema lo veremos cuando en África se inicien incendios de las selvas tropicales de la cuenca del Congo”, algo hasta el momento aislado pero que no puede descartarse en el futuro de mediano plazo dada la aparente y desmedida deforestación. Este otro tipo de incendios, “similares a los que acechan hoy al Amazonas” sería “mortal” para el otro gran pulmón del mundo que yace en África, considera.

El reto a futuro –y sin duda en el presente en el África Subsahariana– es impedir que la deforestación se extienda y provoque, como podría hacerlo, fuegos que pinten aún más de rojo su mapa y que amenacen a su selva tropical.

Pero ello no es nada sencillo, Abdul lo sabe bien, “hay muchos más incentivos para cortar árboles que para dejarlos plantados” concede resignado el joven de raíces suahilis. La continua demanda en mercados como el chino por productos como el marfil o las maderas preciosas hacen de los cazadores y leñadores furtivos un peligro contra el que ningún país tiene defensas suficientes. Eso, aunado a la alta tasa de natalidad y a los reducidos recursos económicos referidos por Yasin, hace que la situación en el África Subsahariana esté en punto de ebullición.

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