“Soy el hombre que desencadenó la guerra”

Alfred Naujocks. Operación Himmler. Foto: Sueddeutsche Zeitun Photo Alfred Naujocks. Operación Himmler. Foto: Sueddeutsche Zeitun Photo

Con motivo de los 80 años de la invasión nazi a Polonia, Proceso presenta la historia de Alfred Naujocks, el exmayor de las SS que reveló al periodista austriaco Gunter Peis su participación en el “Incidente de Gliwice”, el montaje con el que Hitler “justificó” la incursión bélica que detonó el conflicto más mortífero de la historia, el que cobró entre 60 y 80 millones de vidas en seis años y causó el desplazamiento forzado de 30 millones de personas.

PARÍS (Proceso).- Alfred Naujocks lo disimulaba, pero la mañana del 5 de agosto de 1939 una sorda inquietud lo invadió cuando Reinhard Heydrich lo recibió con una sonrisa cordial en la amplia oficina de su cuartel general, en la calle Prinz Albert, en el corazón de Berlín. Era la primera vez en cinco años que veía sonreír a su superior.

Alto, rubio, altanero, elegante, extremadamente frío, Heydrich encabezaba el Servicio de Inteligencia (SD) de las implacables Escuadras de Protección (SS) y encarnaba hasta la caricatura el ideal ario. Adolfo Hitler se refería a él como el “hombre de corazón de hierro” y solía confiarle las misiones más siniestras. Junto con Heinrich Himmler, su jefe directo, fue el gran organizador del Holocausto.

Naujocks controló la respiración cuando Heydrich le anunció: “Alfred, tengo algo que parece haber sido concebido para usted”. Era la primera vez que su jefe lo llamaba por su nombre.

Naujocks siguió fingiendo impavidez mientras Heydrich sacaba una carpeta del cajón de su escritorio, al tiempo que le confiaba en tono misterioso: “Operación Himmler… No me pregunte por qué se llama así. La idea no es de él. La orden viene directamente de arriba”.

Arriba del reichsfuhrer-SS Himmler –quien a mediados de 1939 empezó a ejercer un control férreo sobre todo el sistema policiaco y de inteligencia nazi– sólo estaba Hitler.

Con un gesto de la cabeza Heydrich invitó a Naujocks a sentarse. Ya no sonreía. Su mirada se volvió dura, y el tono de su voz, tajante. Habló de una misión que rebasaba todas las que hasta la fecha le había tocado cumplir: “El riesgo de ser descubierto es demasiado grande y sería el peor crimen que podríamos cometer. Sea como sea, el fuhrer considera esa misión altamente prioritaria y no está dispuesto a soportar que se cuestione ni que se modifique su plan”.

Heydrich miró fijamente a Naujocks, quien guardó silencio. “Se trata de Polonia. Muy pronto estaremos en guerra contra Polonia”, anunció.

Naujocks calló. “Pero primero debemos tener un motivo, un pretexto para entrar en guerra. Y es precisamente para eso que lo necesito. Como bien sabe, en los últimos meses se dieron decenas de incidentes exasperantes en la frontera. Pero nada serio. En pocas palabras, nada que pueda prender el polvorín. Por lo tanto, nosotros mismos vamos a encender la mecha”.

Naujocks recobró el uso de la palabra: “¿Y a mí me toca prender el cerillo?”,
preguntó.

Heydrich se levantó, caminó hacia un amplio mapa pegado en la pared y señaló la pequeña ciudad alemana de Gliwice, a escasos kilómetros de la frontera con Polonia.

Esta escena se inspira en el libro Naujocks, el hombre que desencadenó la guerra, publicado en 1960 por Gunter Peis, periodista e historiador austriaco que logró convencer al exmayor de la SS de contar su vida.

Según explicó Peis –fallecido en 2012– en la conclusión de su libro, recoger el testimonio de ese personaje y luego cotejar sus afirmaciones en los distintos países de Europa donde cumplió misiones turbias fue una tarea ardua a la que dedicó tres años de su vida.

Naujocks revisó el manuscrito de Peis, lo aprobó y escribió un asombroso prefacio en el que se mostró más seguro de sí que 20 años atrás, en la oficina de Heydrich: “Soy el hombre que desencadenó la guerra. ¿Pretensión inverosímil? Pues no. Soy efectivamente aquel que en 1939 prendió el polvorín en Europa”, fanfarroneó.

“Hoy mucha gente afirma categóricamente que ningún Sarajevo precedió a la Segunda Guerra Mundial. Es una grave equivocación. Hubo un incidente preciso que provocó la reacción en cadena de violencias y masacres, y ese incidente fue obra de un hombre que tuvo que apretar el gatillo. Y ese hombre soy yo”, reiteró.

Una misión que petrifica

Oriundo de Kiel, a orillas del Báltico, Naujocks nació en 1911 en una familia modesta. Tenía apenas 20 años cuando se afilió al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, 22 cuando fue reclutado por las SS y 23 cuando Heydrich lo integró al equipo de espías del SD.

Poco instruido –dejó los estudios a los 15 años–, estaba dotado de una gran inteligencia práctica y de una falta de escrúpulos que le permitieron estar a la altura de todos los retos que le lanzaba Heydrich: eliminar a disidentes nazis fuera de Alemania, fabricar falsos pasaportes que se veían más auténticos que los verdaderos, simular un complot soviético contra Stalin que provocó una purga importante en el Ejército Rojo…

Sin embargo, la misión de Gliwice que Naujocks iba intuyendo mientras escucha a Heydrich, le heló la sangre.

En ese verano de 1939 las tensiones entre ambos países estaban llegando a su clímax. Hitler llevaba meses exigiéndole a Varsovia que le devolviera a Alemania el “Corredor Polaco”, una amplia franja del territorio alemán que el Tratado de Versalles –firmado en 1919, luego de la Primera Guerra Mundial– le otorgó a Polonia para asegurarle una salida al Báltico.

El Corredor Polaco aislaba por completo Prusia Oriental del resto del territorio alemán y Hitler estaba firmemente decidido a reconquistarlo. Los planes de invasión a Polonia estaban listos. Las Wehrmacht­ (Fuerzas Armadas Unificadas) estaban en pie de guerra… pero los gobiernos de Francia e Inglaterra habían dejado claro que toda agresión del Tercer Reich contra Polonia se consideraría un casus belli.

“En las afueras de Gliwice hay una pequeña estación de radiotransmisión”, le explicó Heydrich a Naujocks. “Está un poco apartada de la ciudad y muy cerca de la frontera con Polonia. Vamos a suponer que tropas polacas la tomen durante algunos minutos, justo el tiempo necesario para difundir en polaco y en alemán un mensaje sumamente agresivo contra Hitler. ¿Acaso no sería esa una provocación sumamente grave? ¿No quedaría claramente establecido que los polacos quieren el enfrentamiento? ¿No le parece que todo eso sería aún más convincente si los asaltantes dejan uno o dos cadáveres en el lugar y si la red radiofónica alemana retransmite el mensaje subversivo polaco en todo el país…?”

Naujocks, mudo, miró el mapa. “¿Usted cree que podrá ‘organizar ese incidente’?”, le preguntó Heydrich.

Según contó Naujocks a Peis, esa pregunta –que en realidad fue una orden– lo dejó petrificado. La sintió como una condena a muerte. Si el falso asalto polaco que le tocaba montar fracasaba, quedaría exhibido el amateurismo de los servicios secretos nazis y la duplicidad del fuhrer, quien ordenaría de inmediato su ejecución. Si tuviera éxito, también corría el riesgo de ser eliminado, pues en ese tipo de complots se suele hacer desaparecer a los cabos sueltos y testigos incómodos.

Lo que no le explicó Heydrich a Naujocks –o quizás éste no se lo contó a Peis– es que el plan de Hitler era más amplio. En realidad, comprendía tres operativos que debían llevarse a cabo simultáneamente la noche del 31 de agosto.

Las SS disponían de un centro secreto en el municipio de Bernau, al norte de Berlín, donde 300 voluntarios se entrenaban para realizar operativos de sabotaje en la frontera con Polonia, e incluso dentro de ese país. Todos eran oriundos de Alta Silesia, región a la que pertenece Gliwice y que se disputaban Berlín y Varsovia.

En el momento en que el supuesto comando polaco se apoderara de Radio Gliwice,­ otros dos comandos integrados por “silesianos de Bernau”, también disfrazados de soldados polacos, atacarían el puesto aduanero de Hochlinden y la estación forestal de Pitschen. Sería un ataque relámpago. Antes de esfumarse, “los silesianos” dejarían en los dos lugares 12 cadáveres de falsos soldados polacos, que en realidad eran presos de un campo de concentración, sacrificados para esa macabra puesta en escena.

El ataque de Gliwice sería el más importante, pero Hitler necesitaba crear la ficción de agresiones estratégicamente coordinadas por Polonia e inaceptables para el Tercer Reich.

Heydrich se enderezó en su sillón y dijo en tono perentorio: “Es imposible rechazar esta misión. Usted tiene que llevarla hasta sus últimas consecuencias; ahora veamos los detalles finales”.

El guion del asalto

Naujocks, quien tenía exactamente 26 días para planear el asalto, pasó tiempo con un ingeniero de Radio Berlín para familiarizarse con una tecnología que le era totalmente ajena. Estudió con lupa los mapas de la zona de Gliwice y las fotos aéreas de la pequeña estación de radiotransmisión, seleccionó a cuatro agentes suyos de absoluta confianza y acogió a dos más, enviados por Heydrich y que pertenecían a las SS: uno era ingeniero en radiocomunicación; y el otro, un locutor que hablaba un perfecto polaco. Todos juraron solemnemente –en nombre del partido y del fuhrer– que guardarían silencio absoluto sobre su misión.

El 10 de agosto, Naujocks y sus hombres, a bordo de dos coches, viajaron a Gliwice, a unos 500 kilómetros de Berlín. Se hospedaron en el Oberschlesischer Hof, un hotel discreto donde se registraron como ingenieros de minas y pasaron dos días afanados en juntar piedras y muestras de suelo en los alrededores de la estación de radio. Una vez mapeado y fotografiado el lugar, regresaron a Berlín para dar el último toque a su plan.

Naujocks decidió que lanzarían su ataque a las 20:00 horas, por ser el momento de más audiencia y también para aprovechar la oscuridad.

El 28 de agosto el pequeño comando salió de nuevo rumbo a Gliwice. Naujocks dejó a sus hombres en el hotel y volvió a Berlín para atender dos citas.

La primera fue con Heydrich, quien le entregó el mensaje del supuesto Comité Polaco de Liberación, que debería leer el locutor y que sería transmitido a toda Alemania. Naujocks le aseguró a Peis que el texto fue redactado por el propio Hitler.

La segunda fue con Heinrich Muller, cabeza de la Gestapo –la policía secreta del fuhrer– y quien participó a su manera en la Operación Himmler.

“Permítame explicarle lo que voy a hacer para usted”, le dijo Muller. “Dos minutos después del inicio de su operativo llegaré a la estación de Radio Gliwice en un Opel negro –más le vale avisar a sus hombres de mi llegada–, botaré el cadáver de un hombre recién ejecutado a la entrada de la estación y arrancaré enseguida”.

Naujocks volvió a Gliwice el 30 de agosto. El día siguiente, a las 19:00 horas, el comando estaba en el bosque de Ratibor, a pocos kilómetros de la estación de radio.

Naujocks sacó de un baúl que tenía guardado en la cajuela de su coche uniformes polacos, siete pistolas Luger y un radioemisor. Los hombres cambiaron su ropa civil por la militar.

Naujocks repartió cajetillas de cigarros y cerillos polacos a cada uno, así como una que otra carta escrita en polaco, que los agentes secretos pusieron en sus bolsillos. La puesta en escena tenía que ser perfecta.

El técnico en radiocomunicación tenía puestos unos auriculares. A las 19:27 horas captó la señal esperada: “Grossmutter gestorben” (Murió la abuela).

El comando se subió a los coches y llegó a la entrada de la estación de radio; cuatro hombres se quedaron montando guardia mientras los demás irrumpieron en las instalaciones, neutralizaron, sin matarlos, a los cinco empleados. El técnico y el locutor se precipitaron al estudio de grabación. Naujocks, arma en mano, esperó el inicio de la transmisión para disparar, ya que el guion del asalto preveía enfrentamientos entre polacos y alemanes.

Pero nada ocurrió como se tenía previsto. El locutor se encerró en la pequeña sala de grabación, con el micrófono en la mano derecha y el texto de Hitler en la izquierda; pero en la salita contigua el técnico movía desesperado todas las palancas que estaban a su alcance, sin lograr conectarse con la repetidora radial de Breslau, que debía asegurar una transmisión nacional del belicoso “mensaje polaco”.

Se perdieron minutos preciosos. Molesto, Naujocks le ordenó al técnico intentar establecer una conexión local. El locutor gritó en el micrófono: “¡Atención a todos! Aquí Gliwice. La estación de radiotransmisión está en manos polacas”.

Naujocks disparó tres tiros y el locutor se aterró y se equivocó al leer el texto.

Naujocks le ordenó seguir leyendo. Consciente de que la transmisión es inaudible, inclusive en Gliwice, el técnico hacía señas desesperadas.

Luego, los tres hombres salieron corriendo del estudio de grabación, se reunieron con el resto del comando, alcanzaron –siempre corriendo– la entrada de la estación, donde yacía el cadáver de un “soldado polaco”, se subieron a los coches y huyeron a toda velocidad. Eran apenas las 20:15 horas.

La declaración de guerra

El viaje de regreso a Berlín fue lúgubre. El comando de las SS estaba convencido de que sus días estaban contados. No se atrevían a imaginar la furia de Hitler, que estuvo esperando en vano la transmisión del mensaje, rodeado por su Estado Mayor.

Según cuenta Peis, el 1 de septiembre, a las 07:00 horas, fue un Naujocks desencajado quien tocó a la puerta de la oficina de Heydrich con el informe de su fracasada misión bajo el brazo.

No dio crédito cuando, por segunda vez en menos de un mes, su jefe lo recibió con una amplia sonrisa. Y, más asombroso aún, lo felicitó. Naujocks entregó su informe y empezó a describir el problema técnico con el que se había tropezado.

“No se preocupe”, le cortó Heydrich. “Yo lo tenía todo perfectamente planeado y por supuesto había previsto la eventualidad de una falla técnica. Mire el Volkischer Beobachter (periódico oficial del partido nazi). Creo que hay un artículo en primera plana que le puede interesar. El fuhrer está plenamente satisfecho. Me llamó a las cinco de la mañana para felicitarme”.

Lo que no precisó Heydrich es que 15 minutos antes de esa llamada Hitler había ordenado la invasión a Polonia, sin previa declaración de guerra.

La nota del Volkischer Beobachter era larga: “Ayer, poco antes de las ocho de la noche, un grupo de soldados polacos tomó el control del edificio de Radio Gliwice”, anunciaba.

Y luego describía el ataque tal y como lo había planeado Hitler, mencionaba insultos lanzados contra el fuhrer y concluía: “Después de unos segundos de asombro, los radioescuchas alertaron a la policía, que llegó al lugar de los hechos en pocos minutos. Los agresores dispararon contra las fuerzas del orden, pero muy pronto se logró detenerlos a todos. Uno de ellos murió en la batalla…”.

En el momento en que Naujocks leía la nota, todas las radioemisoras de Alemania la retomaban. Y lo mismo hacían los corresponsales extranjeros. En su libro Auge y caída del Tercer Reich, William L. Shirer, quien estaba en Berlín en agosto de 1939, recuerda que varios diarios estadunidenses, entre ellos The New York Times, señalaron el “incidente de Gliwice” como uno de los detonantes de la guerra.

El mismo 1 de septiembre, a las 10:00 horas, Hitler denunciaba ante el Parlamento “la brutal agresión de Polonia”. Enardecido, proclamó: “Esta noche por primera vez soldados del ejército regular de Polonia dispararon en nuestro territorio. Desde las 5:45 nosotros también disparamos. Y de ahora en adelante responderemos a la fuerza con la fuerza”.

El 3 de septiembre el Reino Unido, Francia, Australia y Nueva Zelanda le declararon la guerra a Alemania.

Y empezó el conflicto más mortífero de la historia, que cobró entre 60 y 80 millones de vidas en seis años y provocó el desplazamiento forzado de 30 millones de personas, esencialmente en Europa Central y Oriental.

Fue sólo durante los Juicios de Núrem­berg –a los que fueron sometidos 24 de los más altos responsables nazis entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946– y a raíz del interrogatorio a Naujocks por los servicios de inteligencia británicos y estadunidenses, que se descubrió que el “incidente de Gliwice” fue en realidad tramado por Hitler.

Pero en medio de todas las atrocidades nazis que surgen a la luz, la Operación Himmler pasó relativamente inadvertida y cayó en el olvido durante una década.

A finales de los cincuenta, dos especialistas en la Segunda Guerra Mundial –el británico Comer Clarke y el austriaco Peis– se lanzaron, cada quien por su lado, en busca de Alfred Naujocks.

Los rumores lo daban por muerto, pero Clarke y Peis lo descubrieron en Hamburgo, donde llevaba una vida discreta. Ambos lograron entrevistarlo. El británico publicó en 1958 un reportaje titulado “El hombre que inició la última guerra”, donde sólo describió el Incidente de Gliwice.

Peis se entrevistó con Naujocks durante dos años y optó por escribir su biografía, en la que la Operación Himmler ocupó un lugar central.

Es en gran parte gracias a las investigaciones pioneras de estos dos especialistas, completadas más tarde por otros trabajos históricos, que el Incidente de Gliwice aparece como lo que fue: un pretexto inventado por Hitler para dar un barniz de legalidad a la invasión de Polonia.

Este reportaje se publicó el 1 de septiembre de 2019 en la edición 2235 de la revista Proceso

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