El desprecio por el otro

López Obrador y sus polémicas mañaneras. Foto: Benjamín Flores

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- “Conozco –escribió Albert Camus– algo peor que el odio, el amor abstracto”. En nombre de él –llámese Dios, pueblo, raza, proletariado, democracia, dinero…– se han levantado a lo largo de la historia cadalsos, hogueras, campos de concentración y casas de seguridad; en nombre de él se humilla, se tortura, se desprecia, se insulta, se difama y se miente.

El amor abstracto vela el rostro del prójimo para sacrificarlo en aras de algo amorfo que se toma como absoluto. Cuando ese amor se vuelve el centro de la existencia, el que no pertenece a él pierde su condición de prójimo para volverse un enemigo, una cucaracha, una liendre o, en eufemismos, un fifí, un conservador, un chairo, en suma, un ser despreciable cuya existencia incomoda. Así procedió la propaganda nazi contra los judíos antes de exterminarlos: reducido el otro a una excrecencia mediante el lenguaje, su supresión se vuelve un acto de higiene. Quizá por ello, dice Alain Finkielkraut, en los Lager se desnudaba, se rapaba y se uniformaba a los presos.

Degradar con la palabra y, luego, desnudar, rapar, uniformar –gestos aparentemente funcionales–, retiran de la persona el privilegio misterioso de su projimidad. En nombre de lo abstracto, un ser humano, único, irrepetible e irremplazable, es degradado a rango de un ejemplar inferior. Es lo que reveló Franz Stangl, comandante del campo de Sobibor y de Treblinka a la periodista Gitta Sereny: “Sabe –respondió a la pregunta de cómo siendo un buen padre, un buen esposo, pudo participar en el asesinato de millones de personas–, pocas veces los percibí como individuos. Eran una enorme masa. A veces, de pie sobre el muro, los veía en el ‘corredor’. Pero, cómo explicarlo –estaban desnudos, un río enorme que fluía conducido por los golpes del látigo […]”.

Toda ideología, todo amor por una abstracción, hace lo mismo. Alan Finkielkraut recuerda una anécdota semejante en relación con el marxismo.

“A principios de 1983 la sección romana de las Brigadas Rojas secuestró a la celadora de la prisión de Rebibbia Germana Stefanini, de 70 años”. Se le sometió a un juicio sumario y se le condenó a muerte por haber cumplido una “función represiva”. No había elementos para ello. Los minutos que duró el proceso fueron registrados en un casete.

–¿Cómo entraste a Rebibbia de custodia?

–Porque no sabía de qué vivir. Mi padre acababa de morir.

–¿Pasaste un examen?

–No, entré como inválida.

–¿Qué hacías?

–Distribuía paquetes a los detenidos.

–¡Deja de lloriquear! De todas formas, a quién le importa. Vuelvo a repetírtelo, deja de llorar, tú no nos conmueves.

Cegados por la ideología, llenos del amor abstracto por el proletariado, los brigadistas no vieron en Stefanini a la proletaria víctima del sistema que combatían. Vieron simplemente el sitio que ella ocupaba en la sociedad capitalista. Vista desde su amor abstracto, Stefanini era simplemente un soldado del capital que había que suprimir en nombre del proletariado.

Al igual que para Stangl los judíos eran “un río de carne” que no lo conmovía, para la tradición marxista de las Brigadas Rojas la vieja e inofensiva Stefanini era una monstruosidad. Poco importaba lo que realmente era. Su presencia y sus palabras no decían nada a sus verdugos. En la ceguera ideológica de los brigadistas, Stefanini era el signo de su pertenencia a una clase despreciable que había que castigar.

La 4T camina peligrosamente por allí. Junto a los desaforados que invaden las redes y los templetes, uno de los rostros más visibles del amor abstracto a la 4T es el padre Solalinde.

Defensor de migrantes, Solalinde decidió ponerlos a un lado en nombre de una abstracción llamada México y guardar silencio ante las violaciones a los derechos humanos de los migrantes que la 4T realiza en el sur del país para agradar a Trump. Arrodillado ante quien detenta esa abstracción, decidió también usar los medios para distorsionar, ocultar la realidad y descalificar y llamar a la obediencia a quienes denuncian el horror que padecemos.

Ideológicamente cegado, Solalinde ha confundido a Dios con el César y, justificando sus extravíos, ha borrado la presencia del prójimo en su vida. Semejante a los brigadistas que enjuiciaron a Stefanini, Solalinde, que cree en AMLO sobre todas las cosas, está ahora demasiado cerca de las víctimas para reconocerlas como prójimos, las ama tanto en su abstracción que se ha vuelto insensible a sus sufrimientos y a su clamor de verdad, justicia y paz. Su amor por la 4T lo protege del amor. Su compromiso con lo abstracto lo preserva de la obligación con sus prójimos. De allí a la inquisición, a la persecución, a la uniformización de los nazis o a la atrocidad de los brigadistas, hay un paso que debe preocuparle y preocuparnos, sobre todo en un México ensangrentado por la violencia.

Contra el amor abstracto, el amor por el prójimo, por su sufrimiento, por su soledad e indefensión; contra el amor abstracto, el amor por la verdad y el llamado a unirnos para detener su furia. Debemos ser los guardianes de nuestros hermanos, no los celadores de las ideologías que –vengan de donde vengan– velan la realidad y terminan, llenas de amor y fervor, por servir a la violencia y escalarla a esferas que han costado mucho preservar de sus estragos.

Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

Este análisis se publicó el 15 de diciembre de 2019 en la edición 2250 de la revista Proceso

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