Trump en el 2020

El presidente estadunidense Donald Trump. Foto: AP / Alex Brandon El presidente estadunidense Donald Trump. Foto: AP / Alex Brandon

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El juicio político al presidente Donald Trump contribuye a la incertidumbre y el escepticismo con que termina el último año de la segunda década del siglo XXI. La decisión en la Cámara de Representantes de pedir el juicio político del presidente acusándolo de abuso de poder y obstrucción al Congreso representa una situación excepcional en la vida política de Estados Unidos; las consecuencias se resentirán en todo el mundo.

Es de esperar que el Senado considere infundadas las acusaciones contra Trump. El comportamiento en la Cámara de Representantes, donde los republicanos votaron unánimemente en contra, indicó que, a pesar de numerosas razones para que miembros del Partido Republicano vieran sus intereses afectados por apoyar a Trump, hay una gran lealtad política hacia él. Por ello, la líder del Partido Demócrata, Nancy Pelosi, ha decidido que no enviará al Senado los cargos mientras no se hayan sentado las bases para un proceso “justo”. No obstante, es difícil determinar lo que se entiende por “justo” dados los escasos precedentes que tiene el caso. El impeachment (juicio político al presidente) sólo se ha utilizado tres veces en la historia de Estados Unidos. En los casos anteriores, la decisión de destituir al presidente no ha ocurrido. Esta vez sucederá lo mismo. Sin embargo, hay circunstancias que configuran una situación más compleja y con mayores implicaciones.

Es la primera vez que el juicio político coincide con la campaña para la reelección del presidente. De allí que la preocupación central sea el grado en que dicho juicio va a influir sobre las elecciones. A primera vista, parece que poco ha cambiado. La sociedad estadunidense está profundamente polarizada. De acuerdo con las encuestas, las múltiples comparecencias de funcionarios públicos, juristas y diplomáticos que evidenciaron el uso del poder para fines personales por parte de Trump –como fue retener la ayuda militar a Ucrania, presionándolo así para llevar a cabo una investigación que perjudicaría a su contrincante político más importante–, no ha causado mayor impresión entre sus partidarios. Por el contrario, acentúa en ellos la ira contra los demócratas que, desde su punto de vista, no han aceptado nunca el triunfo de Trump en 2016.

La polarización se mantiene casi exactamente 50%-50% entre la sociedad estadunidense. Romper ese impasse exige una planeación muy cuidadosa de los demócratas para ampliar las pruebas en contra de Trump y para que, en caso de reelegirse, encuentre un panorama menos favorable al obtenido en 2016, cuando conquistó también la mayoría en las dos cámaras, de Representantes y de Senadores.

Retrasar el voto en el Senado se hace con el objetivo de obtener mayor número de comparecencias e información que le pueden ser dañinas a Trump. Difícil saber si tales intentos tendrán éxito. No se puede olvidar que 53 escaños, de los 100 del Senado, están ocupados por republicanos. La única manera de cambiar su complacencia frente a Trump sería estar convencidos que su propia carrera política, como es el caso de quienes buscan la reelección, estaría en peligro; esto no parece estar ocurriendo.

Lo verdaderamente importante es, entonces, confiar que el voto popular, el cual favoreció claramente a los demócratas en las elecciones de 2016, tenga aún mayor fuerza en las elecciones de 2020. Llevar a las urnas a todos los electores de grupos minoritarios, como los afroamericanos, los hispanos, los musulmanes, es enormemente importante para frenar la reelección de Trump. Si eso no se logra, impedir que obtenga mayoría en las cámaras. Ahora bien, lo anterior depende de quién es finalmente el candidato o candidata demócrata y hasta dónde puede superar las deficiencias que se advirtieron en la campaña de su partido hace cuatro años.

El tema conduce a una reflexión sobre los peligros que representa para Estados Unidos y, en general, para el mundo, la permanencia de Trump en el poder; en particular si lo logra sin tener una contraparte en el Congreso que controle o revierta sus tendencias. Los motivos para ver al presidente Trump como una amenaza si permanece más allá del 2020 son conocidos. Para empezar, él es el resultado, no la causa, del nativismo, la posición antiinmigrante, el proteccionismo y el supremacismo blanco que se encuentran en la raíz de amplios sectores de la sociedad estadunidense; Trump ha contribuido notablemente a darles mayor voz. Por lo que toca a su estilo personal, no se encuentra en la historia política de ese país alguien tan divisivo, que haya roto tantos protocolos, que haya convertido el insulto y las provocaciones en algo tan cotidiano como él.

Hacia el exterior, Trump ha sido una pieza clave para desmantelar alianzas y marcos normativos que contribuían, aunque de manera frágil, al mantenimiento de un cierto orden internacional. Baste citar los efectos negativos sobre la OTAN, su alejamiento de organismos multilaterales, en particular del sistema de la ONU, su abandono del Pacto de París, su desconocimiento de los principios básicos que se habían establecido para la solución del problema de Palestina, el desorden introducido en los esfuerzos para la no proliferación de armas nucleares al desconocer el acuerdo para el control sobre el programa nuclear de Irán y al personalizar, sin por ello tener resultados, la respuesta a la política nuclear de Corea del Norte, así como abandonar el acuerdo con Rusia sobre misiles intermedios.

Finalmente, para México, Trump ha sido un elemento negativo desde el momento mismo que inició su campaña con el slogan “Construir un muro en la frontera sur y que lo paguen los mexicanos”. Desde entonces, el gobierno mexicano ha tratado de esquivar sus golpes en las tres líneas más significativas de la relación México-Estados Unidos: la migración, la cooperación para asuntos de seguridad y las relaciones comerciales. Los resultados obtenidos son frágiles y fácilmente reversibles. Se ha evitado la aplicación de aranceles aceptando, a cambio, un programa insostenible de contención de migrantes centroamericanos; se ha logrado que no se declaren terroristas a los cárteles de la droga mexicanos pero dejando de lado la supervisión y control del tráfico de drogas al interior de Estados Unidos; se celebra la ratificación del T-MEC, pero sin valorar debidamente los avances y retrocesos que el nuevo acuerdo supone para la actividad exportadora de México.

Trump en 2020 es un peligro para México y el mundo. Ojalá se logre, al menos, acotar el daño que representa su posible reelección.

Este análisis se publicó el 29 de diciembre de 2019 en la edición 2252 de la revista Proceso

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