Los veintes

Cartón de Rocha. Los veintes

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Quien nombró a los “estruendosos” años veinte del siglo pasado “la era del jazz” fue un escritor al que la prensa ubicó “en la generación perdida”, una frase de Gertrude Stein. A F. Scott Fitzgerald lo relacionamos con el desenfreno del fin de la Primera Guerra Mundial, sus retratos de los hombres mediocres de Hollywood, como Pat Hobby tanto como de sus héroes “hechos a sí mismos” como Gatsby, el primer retrato romantizado de un mafioso, o Amory Blaine, el niño consentido de Al este del paraíso. Por sus relatos pasan lo trágico de lo banal, la locura, las oportunidades perdidas, lo norteamericano como lo que resulta del choque del dinero con la moral, y del costo cultural que les ha significado la insensibilidad. Que hoy entremos a los años veinte del siglo XXI es sólo un pretexto para escribir sobre Fitzgerald sin caer en la epidemia que compara cosas incomparables, por ejemplo, una década de rebelión moral y justificación del placer tras la guerra con el inequiparable momento actual de los derechos a la autodeterminación y mensajes instantáneos.

Ya que hablamos de comparaciones, Fitzgerald dijo de sí mismo que “estaba inflado por el mercado editorial” y que era Ernest Hemingway “el auténtico genio de la década”. El escritor-macho cargaría con la responsabilidad de llevar a las letras norteamericanas a la gloria, mientras él podía escribir por dinero y dedicarse sin culpas a hacer guiones para las películas, que él veía como “una nueva forma de literatura”. Cuando murió a los 44 años, su colega en el exilio francés, John Dos Passos, se quejó de las críticas que demeritaban a Scott porque su literatura estaba ligada a su época:

“Los críticos no parecen considerar necesario el leer los libros; todo lo que necesitan para tirarlos al cesto de la basura es clasificarlos como algo escrito en tal o cual época ahora pasada. Eso nos lleva a la ineludible conclusión de que estos caballeros no siguen otros criterios más que los de las modas de los escaparates de la Quinta Avenida. Lo que significa que, cada vez que escriben de literatura, en lo único que piensan es en la cotización actual de un libro en la Bolsa, un asunto que poco tiene que ver con su eventual valor. La capacidad de, al mismo tiempo, distanciarse de una época y sintetizarla, es lo que hace una buena obra, pero ellos no lo saben porque no las han leído.”

Luego, Dos Passos deletrea lo que le parece mal del desenlace del exceso de alcohol adulterado que Scott tomó por galones durante la Prohibición: los críticos que no leen lo que reseñan; el analfabetismo de los lectores que ya no son capaces de entender una historia para mayores “de doce años” y que se pierden en los subtítulos del cine; la contradicción que se establece entre periodistas y escritores “serios”, entre quienes escriben para la gloria eterna y quienes lo hacen para comer, entre escritores con lectores y escritores sólo con críti-cos. En fin, lo que en estos nuevos años veinte nos parece ya tan reiterativo, que hemos aprendido a torcer la cultura entera para satisfacer a lo más bajo de la escalera del entretenimiento y, aún así, hacer el elogio con interpretaciones todavía más torcidas.

Pero veamos los veinte de la “generación perdida”, la de Hemingway, Dos Passos, Fitzgerald, E. E. Cummings, y Nathanael West, Thomas Wolfe, Hart Crane. ¿Cuál era la tierra que perdieron? De acuerdo a quien los nombró, ese baldío era el de los valores después de la Primera Guerra Mundial, los de la Prohibición, el jazz, los martinis fermentados en la tina de baño, las flappers vagamente feministas y la banalidad de un Estados Unidos cuya peor pesadilla era que cumpliera con “el sueño americano”. En su texto sobre los “Ecos de la era del jazz” (noviembre de 1931), Fitzgerald data al momento entre la protesta obrera del 1 de mayo de 1919 en Madison Square al crack de la Bolsa en 1929. A lo que se refiere como el inicio de la década de los veinte es la carga que más de mil marines hicieron contra una manifestación que pedía la liberación del líder sindical metalúrgico, Tom J. Mooney, falsamente acusado de ser el autor intelectual del bombazo del 22 de junio de 1916 en la Bahía de San Francisco. Este dirigente laboral llevaba purgando una condena perpetua, sustentada, entre otros testimonios, en el de una mujer, Sarah Brown, que declaró bajo juramento de decir verdad que “había visto a Mooney con una maleta con dinamita y un reloj”. Cuando el abogado socialista de Mooney le preguntó dónde exactamente estaba ella como testigo ocular, la señorita Brown aseguró:

–¿Yo? En mi casa, pero mi cuerpo astral fue el que miró todo.

La bomba había estallado en medio de una manifestación convocada por la Cámara de Comercio local para exigir la participación de Estados Unidos en la guerra. La izquierda norteamericana, en ese entonces socialista y anarcosindicalista, se opuso porque veía el conflicto como uno que sólo beneficiaría, como fue, a los banqueros como J. P. Morgan y a los fabricantes de rifles y balas. Nunca se supo con certeza quién puso esa bomba que mató a 10 personas e hirió a 40, entre ellas a una niña que perdió una pierna, pero se sabía que la condena contra Tom Mooney había sido una farsa contenida por la muy norteamericana ideología de que cualquier diferendo durante una guerra es “ser antinorteamericano”. Así que cuando los marines atacan con bayonetas una manifestación pacífica por la liberación del preso político en San Quintín, Fitzgerald ve en ello un recordatorio de que la Declaración de Derechos de Estados Unidos estaba vigente, justo en el año 1919, en que se encarceló sin órdenes judiciales a 6 mil anarquistas y las fábricas estallaron 3 mil huelgas reclamando condiciones más humanas para 4 millones de trabajadores. Hubo entonces una ola de cartas explosivas, incluyendo la que estalló en las manos de un criado del senador Thomas W. Hardwick en Georgia. Este senador había redactado un acta antiinmigración que asociaba el anarquismo con los emigrados de Europa y buscaba deportarlos a todos. Fitzgerald recuerda al orador de la manifestación reprimida, Henry Louis Mencken, un periodista satírico que se opuso a la entrada de Estados Unidos a la guerra, pero que también era un consagrado racista. Lo que Fitzgerald destaca de esa represión, que inaugura la década de los veinte, es que su generación se volvió “cínica”:

–Sé que las tenía –se dice a sí mismo buscando en un baúl arrumbado “el gorro frigio y la blusa de mujik”.

“Éramos la nación más poderosa. ¿Quién podría seguir dictándonos lo que era la moda y lo que era divertirse?” Aquí Fitzgerald augura un tema muy norteamericano: se trata de volver a ser “poderosos”. Tal como lo vio Mao Tse Tung cuando miró por primera vez un partido de futbol americano:

–Estos norteamericanos están obsesionados, no con la estrategia, que es poca, sino con la pura fuerza.

Tal y como lo ve el electorado de Donald Trump.

La generación que pasó por la adolescencia durante la Primera Guerra Mundial se abrió camino entre los acodados de la barra alcohólica, el jazz trepidante y los placeres del faje –petting– que separaron para siempre el prestigio moral del buen gusto del disfrute corporal. Las flappers van a cortarse el pelo como muchachos en los cuentos de Fitzgerald, mientras hojean revistas de actrices y cantantes. “El jazz primero fue sexo, luego baile y al final música”, sentencia Fitzgerald, “el amor significaba pasarlo bien”. Las mujeres liberadas de los veinte eran como Ruth Snyder, dice Scott, es decir, la adúltera ama de casa de Long Island que convence al amante para asesinar al marido pero acaba haciéndolo ella misma porque su querido es demasiado débil para romper un cráneo. Fitzgerald trae a colación la violencia no política de la era de los veinte. Menciona el caso de los dos universitarios que secuestraron y mataron a un chico de 14 años, Nathan Leopold y Richard Loeb, cuyo abogado argumentó que el crimen había ocurrido debido a que les habían dejado leer en la Universidad de Chicago un libro de Nietzsche.

Fue otro tipo de violencia, la del dinero, la que terminó con los veinte de la “generación perdida”. “Alguien cometió un disparate y la orgía más cara de la historia, terminó”, escribe Fitzgerald. Se refiere, por supuesto, a los 3 millones de ahorradores que habían comprado acciones en la Bolsa esperando duplicar su inversión en 18 meses. Las habían adquirido con préstamos de los corredores por todo Estados Unidos. Cuando el gobierno de Herbert Hoover tenía que intervenir en el mercado financiero, no lo hizo por razones “ideológicas”: el tan conocido “libre mercado” que se arregla solo. Como siempre, la realidad triunfó sobre la teoría aferrada y sobrevino la Gran Depresión: 4 millones sin empleo, la industria reducida a la cuarta parte de lo que había sido en 1920.

Fitzgerald cierra sus veinte con una lápida: “Era un tiempo prestado; toda una minoría selecta de la nación viviendo con la despreocupación de una corista”.

No será necesario hacer aquí la comparación.

Esta columna se publicó el 12 de enero de 2020 en la edición 2254 de la revista Proceso

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