La guerra de las mascarillas

La guerra de las mascarillas. Foto: Romeo Ranoco/Reuters

La pandemia por covid-19 provocó una guerra mundial que hace crujir ya las reglas internacionales del comercio. El problema se centra en las mascarillas para los enfermos que Estados Unidos –epicentro de la emergencia sanitaria– compra directamente en China a precios exorbitantes, con lo que deja a los europeos sin material suficiente para sus contagiados por el coronavirus.

PARÍS (proceso).– Es una guerra despiadada.

En su afán por conseguir mascarillas de protección respiratoria los países ricos lo pisotean todo: las reglas internacionales del comercio y del derecho, los principios éticos elementales, la solidaridad humana, la decencia…

Hoy la demanda de mascarillas es 100 veces superior a la oferta, sea cual sea el tipo de producto, desde las de alta filtración hasta los simples tapabocas.

Por lo tanto, todo se vale para abastecerse.

El sábado 4 Andreas Geisel, ministro del interior de Berlín, acusó públicamente a los “estadunidenses” –no da más precisión– de haberse apropiado de un cargamento de 200 mil cubrebocas destinados a la capital alemana y que se encontraba en tránsito en el aeropuerto de Bangkok.

Foto: Salvatore Di Nolfi/Keystone vía AP

Indignado, Geisel calificó el acto de “piratería moderna”. El alcalde de Berlín, Michael Müller, no se queda atrás: “Las acciones del presidente estadunidense son todo menos solidarias y responsables. ¡Lo que está haciendo es inhumano e inaceptable!”, exclamó.

Varios altos responsables regionales galos denunciaron el mismo tipo de “atraco”. Valérie Pécresse, Renaud Muselier y Jean Rottner, quienes presiden las regiones de Île de France, Provence-Alpes-Côte d’Azur y Grand-Est, respectivamente, aseguran que “filibusteros” de Estados Unidos llegan al extremo de despojar a los europeos de sus lotes de mascarillas en las pistas de despegue de los aeropuertos chinos, en particular el de Shanghái.

Su método, dicen, es muy persuasivo: llegan con maletas llenas de dólares y compran los lotes del producto al triple de su precio. Hecha la transacción, el piloto cambia su plan de vuelo y la aeronave aterriza en Estados Unidos.

Piratería desbordada

El viernes 3 la prensa canadiense reveló que la Casa Blanca ordenó al poderoso grupo industrial 3M, con sede en Minnesota, suspender sus exportaciones de mascarillas N95 –fabricadas tanto en China como en Estados Unidos– a Canadá y América Latina. Las instrucciones son perentorias: prioridad absoluta a Estados Unidos.

El presidente Donald Trump esgrimió el Defence Production Act para justificar su decisión, suscitando un enorme escándalo en Canadá. El Primer Ministro, Justin Trudeau, se enfureció, al tiempo que los directivos de 3M se rebelaban.

El problema tomó tales proporciones que el lunes 6 Trump retrocedió y negoció con la trasnacional: 3M se comprometió a abastecer el mercado estadunidense con 201 millones de mascarillas N95 a cambio de la “autorización” de seguir atendiendo a sus clientes canadienses y latinoamericanos.

El acuerdo no significa, sin embargo, que la Casa Blanca haya renunciado a su política agresiva. Por el contrario, Trump reforzó la misión especial del contralmirante John Polowczyk, alto responsable del aprovisionamiento al país de material médico durante todo el periodo de la pandemia.

Matthias Bein/Photo AP

Según enfatizó el vespertino galo Le Monde, el militar, miembro del Estado Mayor estadunidense, explicó sin el menor escrúpulo que los integrantes de su task force (fuerza de tarea) recorren el mundo para “arrastrar todo”. Polowczyk asegura que dispone de una flotilla de una treintena de aeronaves de gran capacidad de carga y que se apresta a crear un “puente aéreo” para acelerar el transporte de su botín hacia “su patria”.

Estados Unidos, sin embargo, dista de tener el monopolio de la “piratería”. Varios países europeos, que tanto se quejan de ella, no se quedan atrás. Sólo cambia la escala de los asaltos.

El pasado 3 de marzo el gobierno francés decretó requisas temporales de material médico indispensable en la lucha contra el covid-19 y el mismo día confiscó 4 millones de mascarillas almacenadas en una plataforma logística, en Francia, de la empresa sueca Molnycke. Sólo 1 millón de ellas estaban destinadas a Francia, las demás tenían que ser entregadas a Italia y España.

El gobierno sueco presionó en vano al francés, encabezado por Emmanuel Macron, durante un mes para recuperar su cargamento. El viernes 3 los dos países estaban al borde de un incidente diplomático. Exhibida en Bruselas ante las más altas autoridades de la Unión Europea, Francia “liberó” 2 millones de máscaras y se quedó con el doble de las que le correspondían.

El 17 de marzo, so pretexto de desmantelar un tráfico de mascarillas entre China y Checoslovaquia, el gobierno de este último país se apoderó de un lote de 110 mil tapabocas destinados a Italia que transitaban por un aeropuerto de la pequeña nación centroeuropea.

La reacción de la opinión pública y de la clase política italianas fue tan virulenta que el 23 de marzo las autoridades checas ofrecieron disculpas alegando un malentendido, e hicieron llegar 120 mil mascarillas a Roma (10 mil más, para compensar el trauma nacional).

Una lucha despiadada

Esa lista de fechorías dista de ser exhaustiva.

“Lo que está pasando es terrible”, denunció Gino Luigi Albano, exdirigente de la plataforma de compras públicas nacional de Italia, en entrevista con la cadena radial France Info.

“Alemania y Francia, los países con más poder económico de la Unión Europea, crearon sus propios corredores aéreos con China, sin preocuparse en absoluto de los problemas de abastecimiento de sus vecinos. Alemania cerró sus fronteras impidiendo el paso de cargamentos de mascarillas hacia Italia. ¡Se está echando a la basura el mercado común europeo!”, deploró Albano antes de preguntar, angustiado: “Después de esa crisis, ¿qué quedará de las reglas del derecho y del comercio internacional que elaboramos a duras penas a lo largo de los últimos 50 años?”

La lucha despiadada por las mascarillas se desata también en el seno mismo de los Estados, entre dirigentes nacionales, regionales y municipales, entre entidades públicas y privadas… De hecho, con el paso de los días se multiplican las fricciones en Italia, España, Francia, Bélgica, Holanda.

Según enfatiza Laurence Folliot-Lalliot, catedrática de derecho público de la Universidad de París-Nanterre, la escasez mundial de mascarillas y de respiradores artificiales cambió por completo y en un tiempo récord las reglas del mercado internacional de productos médicos.

“Ya se acabó el tiempo de las licitaciones transparentes –recalca–. Hoy prevalecen las negociaciones directas, aceleradas e inseguras con sus inevitables consecuencias de corrupción, malversaciones y sobrefacturaciones.”

“Ese mercado se está convirtiendo en una jungla en la que prevalece la ley del más fuerte, del más rico, del más astuto e inclusive del más criminal”, confió a France Info un alto responsable europeo.

Cuenta Andrii Motovylovets, diputado ucraniano que viajó a China a mediados de marzo: “Lo que vi es de miedo. Los empleados consulares de mi país van directamente a las fábricas de productos médicos y allí se topan con sus pares de Rusia, Estados Unidos y Francia, ansiosos de recuperar los pedidos que ya pagamos vía transferencia bancaria y por los cuales tenemos contratos firmados. Es una lucha feroz porque nuestros competidores tienen más dinero y pagan en efectivo”.

Los diplomáticos internacionales no son los únicos en darse de codazos en las fábricas, las plataformas logísticas y los aeropuertos chinos. También se mueven en estos “lugares enjambre” de intermediarios y estafadores de todo calibre.

Insiste Laurence Folliot-Lalliot: “El desequilibrio entre oferta y demanda favorece la multiplicación de negociadores surgidos de la nada que especulan sobre la escasez. Estos intermediarios sin escrúpulos salen corriendo a China para aprovechar la reapertura de miles de fábricas e intentar acaparar parte de su producción, que luego revenden a precios prohibitivos”.

Según advierte la experta, estos operadores turbios no se fijan si los lotes corresponden a las necesidades de sus clientes o si los productos son de buena calidad. Hay además sospechas de complicidad entre intermediarios y fabricantes, lo que empeora el carácter de ese mercado salvaje.

La razón cínica

Periodistas franceses buscaron identificar algunos de los brokers que asedian los hospitales franceses, presentándose como altamente profesionales.

Descubrieron, entre otros, a dos franceses –uno radicado en Francia y otro en China– que antes de la crisis por el coronavirus operaban en el mercado de piedras preciosas, a dos holandeses administradores de fondos especulativos y a un empresario alemán de productos electrónicos… Todos aseguran que tienen una red de contactos seguros en China y que su meta es meramente altruista. Las tarifas indecentes de sus cubrebocas evidencian su cinismo.

En ese caos comercial, los proveedores chinos se vuelven cada vez más exigentes, como constataron expertos en licitación pública reunidos en el coloquio virtual Public contracts and the covid-19, que se llevó a cabo el pasado 23 de marzo.

Antes de la crisis, explicaron, se solía pagar 30% del costo del pedido en el momento de hacerlo y 70% después de la recepción de la mercancía. Ahora los compradores tienen que pagar 100% del costo en el momento de realizar el pedido y aun así no tienen garantía alguna de una entrega rápida de los lotes adquiridos en esta desaforada guerra de pagos de sumas exorbitantes en efectivo.

En este contexto, la llegada a buen puerto de cargamentos de mascarillas se convierte en proeza, pero no significa el fin de la hazaña, por lo menos en Francia.

El robo de decenas de miles de mascarillas en hospitales, los asaltos a farmacias, a depósitos y plataformas logísticas de productos médicos, así como los ataques a camiones de transporte de cargamentos de tapabocas se multiplicaron de tal forma en todo el país que la llegada de aeronaves de carga procedentes de China implica un despliegue de seguridad fuera de lo común.

Basta ver lo que pasó el pasado 30 de marzo en el aeropuerto de flete aéreo de Paris-Vatry –seleccionado para acoger un avión que transportaba 8 millones de mascarillas– para medir el surrealismo de la situación.

Horas antes del aterrizaje, un centenar de gendarmes de toda la región se desplegaron alrededor del aeropuerto para evitar cualquier intrusión, mientras unidades de control aéreo se posicionaron dentro del aeropuerto.

Después del aterrizaje se planteó el problema crucial del traslado de las mascarillas hacia tres depósitos estratégicos distintos. Se formaron convoyes de camiones, que fueron escoltados por una nube de motociclistas, también de la gendarmería. Ese protocolo de seguridad es idéntico al que se aplica para el transporte de barras de oro.

Son los militares de la Operación Centinela –fuerza de vigilancia antiterrorista– los que montan la guardia dentro y alrededor de los depósitos.

Mientras tanto en toda Francia la policía ha desmantelado un número creciente de redes de tráfico de cubrebocas. En los últimos días cayeron dos que se aprestaban a vender a precio de oro respectivamente 15 mil y 28 mil tapabocas…

Ilumina, sin embargo, ese sombrío panorama la amplia movilización de los empleados de la industria textil y del sector de la confección –desde las más modestas costureras de barrio hasta las de los talleres de Christian Dior o Louis Vuitton–, quienes se lanzaron a la fabricación intensiva de tapabocas alternativos para el gran público, y de batas, gorras y botas de protección para el personal médico. Todos esos productos empiezan a distribuirse de manera gratuita.

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