La Basílica en tiempos de la pandemia

Una mujer creyente a las afueras de la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México Foto: Alejandro Caballero Una mujer creyente a las afueras de la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México Foto: Alejandro Caballero

La nave principal sin acceso, bendiciones colectivas, confesiones al vapor, mujeres embrujadas, el diablo, una explanada semidesierta, feligreses a cuentagotas, los negocios de la fe cerrados. La Villa tocada por la cuarentena.

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- – Vine a confesarme. -¿Carga con muchos pecados? -¿Es usted cura?

Una veintena de palomas son las dueñas de la amplia explanada de la Basílica de Guadalupe. El acceso es libre. Vigilancia discreta. Feligreses a cuentagotas.

Son cerca de las 12:00 horas del domingo 3 de mayo. El día y la hora en que La Villa habitualmente recibe el mayor número de personas, entre devotos y turistas.

Hay un inconveniente para los visitantes. La Basílica, el templo, tiene las puertas cerradas. No sólo eso. Una valla metálica colocada a su alrededor, evita la cercanía a los accesos.

La doña escucha las preguntas:

-¿Viene de lejos?

-De un pueblito de cerca de Tula

-Estamos en cuarentena. ¿Le urge la confesión?

-Qué le importa. Usted no es cura.

Para un no creyente cincuentón que no visitaba la Villa desde que era niño La Basílica actual y todo lo que está a su alrededor le podría parecer una combinación de espacios religiosos y de negocios a los que la contingencia sanitaria no ha perdonado.

Si se entra por la puerta principal, esa a la que se llega por el kilométrico camellón central que conecta con Paseo de la Reforma, se topa de frente con la ladeada y antigua Basílica de Guadalupe, hoy llamada Templo Expiatorio de Cristo Rey.

Del lado izquierdo, al fondo, se distingue a un padre con túnica blanca que blandiendo un palo redondo coronado por tiras de tela roja salpica con gotas de agua a las ocho personas que le escuchan. Es el púlpito de las bendiciones.

Hacia allá camina un viejito que da pasos con dificultad y que le advierte a su acompañante, una mujer de alrededor de 30 años, que no lo siga. “Estás embrujada, haste palla”.

La aludida se retrae y camina hacia un extremo, a unos 10 metros de donde el anciano ya se dispone a escuchar al cura.

La mujer con cubrebocas sólo deja ver unos ojos que parecen tristes, muy tristes.

-¿Por qué le dijo que está embrujada? -No sé. -¿Usted piensa que está embrujada? -Lo dice porque grito dormida, porque veo cosas, porque a veces me tiembla el cuerpo, porque no puedo tener novio… ¿Usted sabe de alguien que me ayude?

Desconcertado por la pregunta, el entrometido apenas responde. -No. Lo siento. Y se escabulle.

En el sitio de las bendiciones las ocho personas esperan con rosarios, imágenes religiosas, crucifijos en las manos. Los que mantienen los ojos abiertos ven arrobados al padre que sermonea sobre la fe. Otros, que los han cerrado, extienden sus brazos, apenas mueven sus labios. Sólo ellos saben qué dicen.

Se le pregunta a la doña:

-Y si no están confesando ¿cómo le va a hacer?

-Ya veré. Mi virgencita sabrá que vine…

-Creo que va a tener que regresar otro día cuando ya esté abierta La Basílica.

-Como si fuera tan fácil. ¿Sabe cuánto hago de mi casa para acá? Como tres horas.

-Entonces si le urge…

-Ay, ¡Otra vez con eso!. ¿Usted a qué vino? ¿Es policía?

La doña se aleja. Toma una más que sana distancia.

Cuando termina su arenga, le preguntan al sacerdote del bendicionario si hace confesiones. Dice que no pero que en la antigua Villa, a las 12, a la 1 y a las 4 de la tarde habrá confesiones colectivas. El “policía imaginario” busca con la mirada a la doña que lo mandó a volar. No la ve. Camina hacia el centro de la explanada. Nada. Rodea la Basílica. Nada. Desapareció.

El portón de la antigua Villa si está abierto. Un guardia, traje negro, camisa blanca y un aparato de comunicación vigila el ingreso. ¿Viene a confesión? El paso depende de la respuesta.

No tarda en aparecer el sacerdote. Es como una misa pero de 15 minutos incluido el rito de la confesión colectiva y la ingesta de hostias.

Sorprenden las prioridades del sacerdote. Pide en primer lugar orar por las personas que no tienen fe, en segundo por los albañiles (es su día) y en tercero porque llegue a su fin la pandemia. Se cuentan en el recinto 12 personas. 10 mujeres y dos hombres. 11 reciben la hostia.

El sol agrede en la explanada. No hay sombra que resguarde y de la doña ni su alma.

Música de órgano y murmullos traspasan los portones y la estructura de La Basílica. “La televisión está pasando en vivo la misa”, aclara uno de los guardias. “Cuando termine, pasada la una, abrimos las puertas y podrán pasar a ver a la Virgen”.

Una mujer, toda de blanco, se arrodilla frente a la puerta principal de la Basílica, conocida como la Puerta Mariana, completa la explanada para ella. Está a unos 20 metros de distancia del portón cerrado. Un improvisado fotógrafo se pone a sus espaldas. Ante la gigante mole verduzca y el cielo azul sin mácula se aprecia diminuta.

A lo lejos se ven desiertas las escaleras que llevan al Cerro del Tepeyac. En uno de los descansos, junto a una pileta, una pareja se da afecto. Unos pasos adelante, otro par se atraganta con una orden de tlayudas.

Las puertas del panteón están cerradas. Hay que subir otros 20 escalones para quedar a unos pasos del templo. Hay dos puestos de imágenes religiosas y comida abiertos. Los locatarios ven con ojos de ilusión a cualquier posible cliente.

La iglesia del Tepeyac también está cerrada. Se lee en la placa. “En las inmediaciones de este lugar, al amanecer del sábado 9 de diciembre de 1531, la madre de Dios habló por primera vez con Juan Diego. Por la tarde, ese mismo día, y al atardecer del domingo 10 de diciembre, nuevamente habló con él. El día 12 de diciembre por la mañana, Juan Diego recogió de este sitio las rosas del milagro”.

Al otro lado de la capilla del Tepeyac, hay dispuesto un pequeño espacio para ofrendas. Son mayoría los restos de veladoras. Tres permanecen encendidas. Dos trenzas y un pequeño crucifijo de madera atrapan la mirada.

El sol lastima. Las sombras, como los feligreses, escasean. ¿Y la doña de Tula? ¿Se habrá ido?

Mientras llega la hora de abrir la Basílica es fácil contabilizar a los visitantes: tres jóvenes, por separado, se asoman a la explanada. Dos de ellos con playeras del América. Otro, con una del Cruz Azul. Uno más con una camiseta despintado el logo del Partido Verde. Una pareja entra caminando acompañada de sus bicicletas. Una viejita se aparece en silla de ruedas empujada por alguien que por la edad se puede apostar a que es el nieto desempleado.

La cuenta no llega ni a 20 personas, incluidas las tres que rezan colgados sus brazos de las vallas que evitan la cercanía con las puertas de la Basílica.

Es la una. Los guardias cumplen. Abren los accesos del recinto. Aclaran que no habrá paso a la nave principal pero que se puede rodear la iglesia para admirar de cerca a la Virgen de Guadalupe.

La gente apura el paso. Se va incorporando a la banda móvil que deja visible a un par de metros la imagen de la guadalupana. A pesar de que son muy pocos, los guardias presionan para que se desocupe el santuario. No pueden permanecer aquí más de cinco minutos, instruyen. Empleados armados con atomizadores “sanitizan” el espacio.

De regreso a la Puerta Mariana, la doña sigue sin aparecer. ¿El calor la evaporó? Pasa el tiempo. Se lee en los cartelones pegados en las puertas:

Condiciones para ganar la INDULGENCIA PLENARIA.

1.- Rechazo firme del pecado y deseo expreso de ganar la indulgencia.

2.- Confesión sacramental.

3.- Participar en alguna misa de la Basílica de Guadalupe.

4.- Orar por las intervenciones del Papa.

Son las dos de la tarde. Las puertas de salida están cerca. A lo lejos, a la izquierda, se ven, en fila, los locales cerrados de la Plaza Mariana, ese mall-religioso edificado por el magnate Carlos Slim que se inauguró hace casi 10 años. Los negocios de la fe, víctimas de la cuarentena.

La doña regresa del más allá, se dice para sí el “policía imaginario”. Ella lo mira de reojo. El busca ser amable. Darle la noticia.

-Doña, sí hay confesiones. Ahí, en la antigua Villa.

-De allá vengo. ¿No se me nota? Quedé limpia.

-¿No le importa que sean confesiones al vapor?

-No le digo. ¿Usted qué? ¿Cree o no cree? Usted ha de ser el diablo.

El quiere mirar sus ojos. Ella, que no lleva tapabocas, le esconde el rostro. El ve su cabello encanecido, el de ella, que le cuelga hasta los hombros. Y ve, cómo, muy lenta, muy lentamente, se esfuma.

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