¿Cultura o revolver?

martes, 30 de julio de 2002
México, D F (apro)- Estimados lectores: tembloroso, con la frente perlada de sudor frío, les escribo la presente ¡No es para menos! Resulta que un servidor es espiritista y en días pasados acudieron a él trabajadores de la cultura, a los que se conoce como artistas o creadores, para que les evocara a algunos de sus maestros del pasado Se dispuso la sesión La oscuridad se apretujaba en los rincones de la amplia sala huyendo de la penumbra generada por la vela solitaria que ardía en medio de la mesita circular, alrededor de la cual, tomados de la mano, formando cadena, se habían sentado los trabajadores de la cultura Hice mi conjuro Y nada Lo repetí hasta tres veces y ya desesperábamos, cuando en el rincón más alejado y oscuro, comenzó a corporizarse, fosforescente, una inquietante figura que avanzó cojeando hacia nosotros, con tanta evidencia que hizo sonar en nuestros oídos la marcha irregular de sus fantasmales pasos Un helado espanto nos inmovilizó a todos Creímos que era el diablo en persona Cuando lo tuvimos más cerca, con alivio vimos que se trataba de un hombrecillo cubierto con un largo impermeable y sombrero blando de fieltro en la cabeza A penas repuestos de nuestro miedo, volvimos a caer en el, pues la aparición, saltándose ala torera todas las regla del espiritismo, con escalofriante voz, más que decirnos, nos ladró el siguiente discurso con desmedidos gestos y manoteos: "Empozoñadores de la vida pública, tienen suerte de que se les aparezca en mi condición actual, la de fantasma, pues yo soy aquel que en vida, dijo y llevó a la práctica lo siguiente: CUANDO OIGO LA PALABRA CULTURA, SACO EL REVOLVER Si pudiera, ¿se imaginan lo que haría con ustedes? Sobre todo con los escritores, que en tanto tienen y presumen de su trabajo ¿por qué creen que es tan importante? ¿Por qué consideran que ustedes y lo que producen no deben ser tocados ni con el pétalo de una rosa? Si piensan que el libro es arte y cultura, ¡están equivocados! El único arte y cultura es la publicidad, la propaganda, y de eso ya tienen lo que necesitan las masas en esa su sociedad posmoderna En la misma, el único, verdadero y necesario artista es el llamado diseñador de imagen, sobre todo cuando sirve al poderoso, al fuerte, al que manda ¡El libro! ¡Bah! Bueno, no digo que sean tan malos, pues los peores se pueden quemar, hacer luz con ellos, como lo hicimos nosotros, que alimentamos múltiples hogueras en toda Alemania con millares de ellos ¡ah, que hermosa y brillante noche la del 10 de mayo de 1939! ¡Ji, ji, ji!" Por esas palabras, aterrados, comprendimos que teníamos delante al siniestros espectro de Joseph Coebbels, ministro de Educación y Propaganda de Hitler, que cuando superó el ahogo que le produjo la risa, reanudó su discurso con gestos y manoteos aún más descompuestos "¡Ah, el libro! ¡Funesto elemento! No olviden que uno de ellos ha dado lugar a hechos aciagos para el hombre: las llamadas religiones del libro ¡Ah, el libro¡ No olviden que desde los Evangelios al Manifiesto Comunista, pasando por El Contrato Social, son los libros los que han llevado a las revoluciones que más profundamente han trastocado al mundo (Las siguientes palabras las pronunció con espumarajos) ¿a qué debe el pueblo más desastroso, el falsificador de la historia por excelencia, el judío, su mala fama y preponderancia? ¡a su apego a los libros! No lo digo yo Karl Wolfskehl, traductor e incansable editor, judío él, escribió en cierta ocasión: "Un judío sin libros es inconcebible La lectura es para los judíos lo que la alimentación para el cuerpo incluso los más pobres aspiran a poseer libros Nadie colecciona con tanta fruición libros como los judíos" Aquí tomó aire y más tranquilo, pero no mucho más continuó diciendo: "Tengan en cuenta las desgracias que son capaces de producir los libros Ellos han corrompido hasta la raíz a un pueblo entero ¿Con qué cara los que los escriben, pretenden que no se les toque a ellos ni a los que producen, los libros, ni con el pétalo de una tosa? Pues yo les digo: ¡Que vivan todas las medidas y disposiciones que acaben con los libros!" A medida que iba diciendo sus últimas palabras, su imagen comenzaba a desvanecerse y a su voz a debilitarse, pero antes de que eso ocurriera por completo, vimos como si sacara del bolsillo del impermeable un revólver y apuntaba a los que estábamos sentados alrededor de la mesa Una corriente de aire helado apagó la vela y su humo nos olió a azufre En la oscuridad que nos envolvió creímos escuchar ahogados "paf", "paf", "paf", como disparos hechos con silenciador Encendí la luz Pasado el estupor, la reunión se deshizo tras un vivo y apasionado intercambio de comentarios Consciente de que este insólito hecho tiene diversas y significativas lecturas contradictorias, lo expongo a su consideración, queridos lectores Espero que mi apellido se tome en su recto sentido y no sirva a los inclinados al retruecano, al albur picante para chistes Sin más y con afecto JUAN TEURGO

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