ADELANTO DE LIBROS:"Las estrellas mueren de noche", de Lester Augusto Alfonso Díaz

miércoles, 21 de mayo de 2003
México, D F (apro)- El grupo editorial Vid ha erigido un concurso de primera novela llamado “Yolanda Vargas Dulché”, que ha sido ganado por el escritor cubano de 36 años Léster Augusto Alfonso Díaz Maestro en ciencias físico--matemáticas y de la atmósfera, ha obtenido varias menciones en su país como cuentista Está antologado en Argentina, Cuba, España y México Dora Waybel, quien realiza la contraportada para la editorial, comenta: “Alucinado y subyugado por los mitos y las fantasías de las que no logra escapar, el narrador de este relato fascinante nos arrastra en forma vertiginosa a una realidad inconcebible, en la que conviven seres que, aburridos de ser quienes son, prefieren asumir una multiplicidad de personalidades, entrecruzadas con la vida y muerte de estrellas como Marilyn Monroe, James Dean y John Lennon Repentinamente, uno de los personajes decide cambiar el guión, lo que desencadenará un final desconcertante” “Las estrellas mueren de noche” es la primera novela galardonada con el premio “Yolanda Vargas Dulché” A continuación, se reproduce un fragmento del primer capítulo: Ayer fue la última actuación de María Carolina, la conclusión del guión de su existencia que durante años había sido perfectamente ensayado una y otra vez, en ocasiones mentalmente; la conclusión a la lenta aproximación del final glorioso que durante toda su vida había soñado; la película perfecta, porque era su vida misma la que se estaba viviendo en esta situación casi infinita de escenas y tomas que prácticamente pasaron inadvertidas La escena del crimen a altas horas de la noche estaba tenuemente iluminada por los faros de las patrullas, los pasajeros que salía del Metro cercano se acercaban y trataban de ver, con curiosidad morbosa, la cabeza medio destrozada de María Carolina, su cabello rubio todo manchado de sangre; sus zapatos de tacón sobresaliendo llamativamente en el asfalto húmedo, el charco de sangre brillando intensamente bajo los faros giratorios; el sonido de la ambulancia acercándose con dificultad entre el tránsito, sobrepasando agónicamente a la multitud de coches relucientes de este barrio exclusivo, mientras me levanto el cuello del saco y trato de analizar la escena final, casi la puedo reconstruir toma por toma La última no fue el disparo a la frente de la víctima ni el impacto en su pecho tan hermoso, que la lanzó contra la pared y la hizo mirar a su asesino con duda y asombro, con admiración y terror al mismo tiempo La última pertenece al asesino, el asesino con su barba de tres días contemplando extasiado la muerte que había provocado; el cañón humeante, recortándose contra la negra oscuridad de la noche y llevándose el protagonismo en este final que María Carolina posiblemente no soñó Visto toma por toma, corte por corte, debió ser más o menos así: la víctima saliendo de su lujoso apartamento, como casi todos los días, jugando a ser Greta Garbo o cualquier otra estrella desaparecida del firmamento muchos años atrás, moviéndose lentamente por la acera para el paseo nocturno de siempre, con su french poodle y sus zapatos de tacón, su vestido a la “Marilyn enseñando el trasero parada sobre la rejilla del Metro”, el pañuelo envolviendo su cabeza, la pose típica de una superestrella de los años 30, 40 o 50, y el asesino Lo imagino doblando la esquina lentamente, acariciando con suavidad el revólver escondido en el bolsillo de su chaqueta, con su barba de tres días, sus jeans sucios y descoloridos y una montaña de odio acumulado tras la mirada en el momento de seguirla y disparar, de mandarla al cielo, a la gloria eterna que siempre anheló No sé si fue éste el final soñado, pero es el final Desde mi posición oigo el sonido de las ambulancias como algo lejano; los policías observan con calma imperturbable el cadáver de María Carolina, que yace sobre el asfalto con la pose un tanto antinatural de los muertos, ahora completamente tapada por una lona amarilla que alguien ha traído para cubrirla Después del primer balazo, se tambaleó y se recostó contra la pared, la bala le dio justo en medio del pecho; luego, rengueante, cayó en el asfalto y ahí recibió el postrer disparo Fue ultimada salvajemente, pero siempre soñó con las muertes salvajes y alucinantes de las grandes estrellas; ella quería su muerte, no sé si ésta exactamente, pero algo que superara a Marilyn, Jame Dean, Jayne Mnsfield o Carlos Gardel Morir devorada por la explosión de un avión en pleno despegue y calcinarse lentamente mientras todos ven desde la pista cómo te retuerces de dolor y te carbonizas en la cabina, o decapitada por un Freightleiner en una autopista a altas horas de la noche Ya la muerte de Marilyn no la satisfacía, morir abarrotada de somníferos en tu habitación, ser descubierta por los periodistas y la policía en la madrugada, con el rostro hinchado por las drogas y la mala noche que tuviste antes de morir, mientras tu cuerpo reposa deshecho como un arlequín y los periodistas le toman fotos entre las sábanas arrugadas Prefería la muerte violenta, el choque vertiginoso en medio de una autopista y morir abrasada entre jirones de metal o los plásticos derretidos y el hierro incandescente de un accidente de avión Sé cuáles eran las muertes con las que soñaba María Carolina, pero no creo que esta escena entrara en el guión de su existencia Las protagonistas mueren asesinadas con más glamour, sus sesos no saltan hechos pedazos por el pavimento mientras un condenado loco escapa y la policía se pregunta quién pudo ser Las muertes son más suaves, más light Bonny and Clyde murieron acribillados a balazos, pero los rostros estaban casi intactos, uno ve los sesos regados por el pavimento en las tomas finales (la toma final casi nunca es la de un asesino barbado y mugriento que huye en la oscuridad sin ser atrapado; éste no es el final que teníamos pensado en un principio María Carolina y yo, pero es el que al fin y al cabo ocurrió) La ambulancia recoge el cuerpo de María Carolina, mientras alguien hace un comentario banal que se escurre hacia la oscuridad, hacia el cielo sin estrellas de la gran ciudad; yo me dispongo a marcharme y a rumiar en mi soledad las historias entrecruzadas de María Carolina y de su enigmático asesino

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