El mercado secundario del arte mexicano

martes, 13 de diciembre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Con galerías nuevas en la Ciudad de México, exposiciones atractivas y participaciones en ferias y subastas, el mercado mexicano del arte cierra 2011 con un dinamismo que genera gran curiosidad. Hermético –o demasiado discreto– en lo que respecta a compradores y/o coleccionistas, opaco en cuestión de precios, carente de una oferta plural y con una desigual competencia en el ámbito informal, el mercado del arte ha sido un protagonista importante durante este año. Favorecido a finales de 2010 con la compra gubernamental de obras por 100 millones de pesos (Proceso 1817), el mercado secundario se impuso como un ámbito que requiere regularse y transparentarse. Para empezar, se debe construir una infraestructura que acote la venta y legitimación de falsos. En lugar de comprar obras, la directora y la subdirectora del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). –Teresa Vicencio y Alejandra Peña, respectivamente– deberían diseñar un programa de catalogación de las principales firmas requeridas por el mercado –ya sean pertenecientes al arte moderno o al contemporáneo– y un procedimiento de autentificación y valuación. En lo que se refiere a la legitimación, antes de incorporar obras de colecciones particulares a cualquier exposición, los directivos deberían solicitar un dictamen profesional y regulado para asegurar la autenticidad de cada pieza. En cuanto a su cotización, es indispensable generar programas de posicionamiento internacional que pongan en valor artístico y comercial la creación de nuestro país. En las subastas de noviembre de la Casa Sotheby’s en Nueva York, el precio de salida más alto para el arte mexicano fue de 2 millones 210 mil dólares para Rufino Tamayo (1899-1991), mientras el alemán Gerhard Richter (1932) alcanzó los 20 millones de dólares. ¿A qué se debe la diferencia, es mejor pintor Richter que Tamayo? También a partir de esta subasta se evidenció el ofensivo e irresponsable dispendio que tuvo el INBA con la compra de obras en 2010: mientras un óleo que realizó Gunther Gerzso en 1956 se cotizó en Nueva York entre 50 mil y 70 mil dólares (650 mil a 910 mil pesos aproximadamente), el INBA compró a Mariana Pérez Amor una pintura de 1958 en 4 millones, 958 mil 800 pesos (aproximadamente 381 mil 446 dólares). Ante estas cifras, ¿cómo pueden comprobar Vicencio y Peña que los coleccionistas dieron precios preferentes? Y por último, una exposición que si bien no se concentra en el mercado secundario, sí incluye piezas pertenecientes al arte moderno mexicano. Organizada por la Galería López Quiroga, su tradicional colectiva de invierno sorprende por la excelencia de las piezas que abordan el tema del paisaje y la figura. Integrada con firmas que transitan entre María Izquierdo, Germán Cueto, Rufino Tamayo, Gunther Gerzso, José Luis Cuevas, Francisco Toledo, Irma Palacios y Gabriel Macotela, entre otros, la exposición destaca por la contundente calidad de cada una de las obras. Diseñada con base en el guión curatorial y no en la oferta comercial, la exposición recuerda una época en la que el arte se relacionaba más con la emoción que con la cotización.

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