"Malinche, Malinches"

jueves, 17 de febrero de 2011

MÉXICO, D.F., 17 de febrero (Proceso).- Malinche no tiene tiempo, el pasado y el presente corren simultáneos en nuestra historia. La Malinche de ayer está en las mujeres de hoy, pero no como el estigma de traidora, sino como una metáfora de la multiplicidad de la mujer mexicana. Bajo esta premisa Juliana Faesler, en colaboración con la compañía La Máquina de Teatro, construye el divertimento escénico Malinche, Malinches.

El año pasado se entrenó como parte de la programación del Festival de México; ahora se está presentando los miércoles de febrero, con entrada gratuita, en el teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, junto con otras dos obras que forman La trilogía mexicana que Juliana Faesler viene realizando desde 2007. El espectáculo Malinche, Malinches fue producido por el Festival, el INBA y la compañía, y es con la que la directora cierra el primer círculo de su exploración sobre el mundo prehispánico y su imbrincación con nuestra realidad de hoy.

Netzahualcóyotl, la primera de esta tríada, nos remite al príncipe, poeta y rey de Texcoco y al mismo tiempo a Ciudad Neza. Netzahualcóyotl, la mejor lograda, tiene un poder visual y de acción escénica impresionante. 

En Moctezuma II, Juliana Faesler experimentó con la ópera y con elementos de multimedia, pero quedó un pastiche endeble. Moctezuma II es el protagonista de la historia, pero se mezcla con la guerra sucia de los setenta; con el rebelde que lanzó la primera piedra para oponerse a los conquistadores y a cualquier alianza con ellos.

Malinche, Malinches tiene el acierto de su desparpajo, de sus asociaciones libres, de sus referencias identificables, del manejo de la idiosincrasia de los mexicanos, de lo histórico vuelto cotidianidad. El hilo conductor son los testimonios de muchas mujeres que hablan brevemente sobre ellas, sobre sus ideas, anhelos y pensamientos. La directora convocó por correo electrónico a mujeres de diversas clases sociales, profesiones y conformación familiar, para que escribieran algo sobre ellas. Estos testimonios, breves y múltiples, fueron llevados al escenario a través de la voz de cuatro actrices y un actor que, vestidos con traje, chaleco y camisa, hablan al público. Es una imagen sugerente con la que inician, donde ellos bordan mientras se mecen, permanecen sentados o de pie. Mezclan historias del presente con los testimonios de Malintzin, logrando un buen efecto de rebasar el tiempo. Esta situación se prolonga y a lo largo de la obra el recurso llega a agotarse un poco, pero con este hilo conductor tejen un interesante collage de ingeniosos o dramáticos momentos.

Malinche, o a la que llamarán Marina, pasa de mano en mano, de propietario en propietario. Ofrecen unos a otros lo que tienen a la mano, y ella va aprendiendo y sugiriéndoles pedir más, la mesa, las sillas, la hornilla, siempre un poco más. Y Malinche se vuelve mercancía y después en traductora, o en la pareja de Hernán Cortés que excusa a una y otra persona que llama por teléfono insistentemente buscándolo. Esta escena, muy bien lograda, crea un ritmo trepidante y repetitivo que lleva a la risa y a la identificación de situaciones tan cotidianas como la mujer que aspira la casa mientras contesta el teléfono, que sale de la ducha con el auricular en la mano, que mueve a su marido para que deje de estar dormido, flojeando y atienda las llamadas. La presencia del machismo y no del malinchismo va creciendo y el cuestionamiento se vuelve cada vez más frontal y devastador. Lo aderezan con humor y situaciones divertidas con las que el público ríe complacido. 

La Malinche padece pero también es poderosa, Malinche se agacha pero construye su vida como quiere, Malinche acepta el abandono pero igualmente hace la guerra y exclama en la cúspide: “Yo gané esta guerra”.