Nairobi

miércoles, 25 de mayo de 2011
MÉXICO, DF., 25 de mayo (Proceso).- Tres parejas viven en Nairobi a causa de sus actividades diplomáticas. Sumergidas en su frivolidadse aburren, seguramente porque no les interesan los libros ni cualquier actividad que haya por esos rumbos, y menos aún romper su conformación endogámica y racista. Creen que la solución está en tener nuevas satisfacciones sexuales, por lo que proponen al grupo intercambiar parejas con base en un sorteo. Nairobi, escrita y dirigida por Juan Carlos Vives, está planteada a modo de comedia de enredos, donde las situaciones en su generalidad son duales. La divide en dos actos para marcar un paso de tiempo suficiente en el que se puedan mostrar las consecuencias de aquel encuentro. En aquella reunión de “amigos” el espectador se encuentra con la incertidumbre de descubrir quién es pareja de quién. Las relaciones ocultas se nos muestran fragmentadamente y poco a poco nos vamos enterando de quién es pareja de quién y quién es que quiere a quién. La tesis de autor es que en realidad nadie quiere a sus parejas y tampoco a la pareja que resultó de la selección por sorteo. Al final de cuentas, nadie quiere a nadie. El desencuentro es total. Los matrimonios se comportan con una falsa amabilidad o riñen abiertamente. El planteamiento de la obra es ingenioso y en un juego de triple banda nos adentramos en el universo del cambio de parejas, de los planes secretos, de las personalidades de cada uno de ellos. Los actores Edurne Ferrer, Gastón Yanes, Antonio Rojas, Rodolfo Blanco, Guadalupe Damián y Yolanda Navarrete mezclan la comedia con la farsa. Tanto Antonio Rojas como Gastón Yanes tienen momentos brillantes, aunque la dirección de actores tiende a la caricaturización. Se comprende la intención de hacer personajes-tipo que se presentan de un modo para descubrir después su comportamiento verdadero o su ser en un momento límite. El cambio es repentino, hay poco desarrollo en esta transformación o develación y se extrañan personajes polimorfos. Difícil creer que las formas de comportamiento y los modos de hablar de los personajes correspondan a un cuerpo diplomático en el extranjero: se hablan de ministro por aquí y ministro por acá, pero falta investigación para conocer realmente esas convenciones. Tanto en la construcción de personajes como en la elaboración de la estructura dramática, la mano del autor se delata continuamente: no son los personajes que reaccionan frente a la situación, sino la forma en que el autor quiere que se comporten. Las escenas son principalmente diálogos entre parejas. Al inicio de la obra, los personajes son presentados con la pareja que anhelan; posteriormente conocemos la pareja oficial y finalmente la pareja que les tocó en el sorteo. Las escenas están intercaladas con un par de momentos grupales de hombres por un lado y mujeres por el otro. Establecida la situación, las escenas de pareja suceden simultáneas con semioscuros para cambiar de espacio, una y otra vez; van y vienen vertiginosamente; de una pareja a otra, de una situación a otra, de sentimientos encontrados a deseos frustrados. Lo de menos son las parejas, sus problemas y conflictos, lo que importa es el juego. No interesa lo que hablan, el soporte está en lo que hacen, en los cabos que se van atando. En el segundo acto los personajes se reúnen en una comida familiar tiempo después: donde aparentemente ha sucedido un embarazo, un proyecto excluyente para algunos y donde la insatisfacción y las mentiras salen a flote. Los personajes, puestos en una situación límite, dejan su cobertura y se muestran tal cual son. La convención escénica consiste en ubicar a los niños fuera del escenario y a las madres y los padres dentro. Ellos salen y entran a partir de las necesidades y los problemas que les suceden a sus hijos; hablan entrecortadamente algo hacia afuera y otro tanto entre ellos. Al final así, sin más, la obra se vuelve un thriller, difícil en su verosimilitud, y no entendemos las razones. Resultan atractivos los recursos dramáticos que usa el autor, aunque el problema consista en cómo los utiliza, la forma mecánica en que los conjuga y el mínimo contenido que maneja. Nairobi sucede en un espacio semivacío que permite los cambios de tiempo y lugar fácilmente. Un par de taburetes y un sillón, con estampado felino, son integrados al movimiento escénico. El trazo resulta ágil y dinámico, a pesar de la dificultad en lo simultáneo y lo trepidante de las escenas. Una obra ligera que se presenta los miércoles en el teatro del Centro Cultural Helénico.

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