Cine: "La caza" en la muestra

viernes, 30 de noviembre de 2012
La protección contra el abuso de menores de edad ha progresado ampliamente en las últimas décadas, y no queda duda que hay todavía muchísimo por hacer; pero como otras buenas causas, la bandera de custodia de la infancia, especialmente en el terreno sexual, no escapa de la tiranía de lo políticamente correcto, noción que tan bien sirve de parapeto para esconder y justificar prejuicio e intolerancia, punto de partida para la cacería de brujas, el deporte favorito de tantas comunidades que se precian de purismo. En La caza (Jagten; Dinamarca-Suecia, 2012), Thomas Vinterberg ilustra este conflicto propio de la época actual pero arraigado en una tendencia aparentemente ancestral, la necesidad de sacrificar al chivo expiatorio. Catorce años después de Festen (La celebración, 1998), donde el realizador danés denunciaba el abuso sexual perpetrado sistemáticamente por un honorable padre de familia con sus hijos, La caza confronta el tema desde el punto de vista opuesto, el de la acusación de un hombre inocente y la reacción de todo un pueblo, microcosmos de la sociedad moderna. A partir de la primera vuelta de tuerca, el realizador manifiesta la inocencia de Lucas (Mads Mikkelsen), el maestro del kindergarten de un pueblo danés acusado por Klara, una chiquita que ha visto pornografía en internet y fantasea con Lucas, el mejor amigo de su padre; aquí a Vinterberg no le interesa jugar con el suspenso sobre la culpabilidad de su personaje, ni siquiera hay margen para la ambigüedad moral. Se trata de explorar la reacción de una comunidad que se cree justificada, sin otra prueba que la declaración de una niña, inocente por decreto paterno, para satanizar y torturar a uno de sus propios miembros; el calvario de Lucas se hace de golpizas, humillaciones y todo tipo de represalias que lo excluyen de la vida cotidiana. Aunque la trama depende mucho de la tesis que defiende el director, el drama está bien tejido y funciona a base de situaciones paradójicas; Lucas, divorciado recientemente, empezaba a reconstruir su vida con una nueva pareja cuando ocurre el incidente; sus mejores amigos lo desconocen en un instante; la comunidad, cristiana, es incapaz de compasión, y la historia se desarrolla poco antes de la Navidad, fecha ideal para autopsiar la moral del pueblo en medio de imágenes luminosas, como la Mads Mikkelsen en la iglesia con el coro a sus espaldas, que contrastan con la oscuridad del asunto. Thomas Vinterberg comenta que La caza expone la masculinidad en crisis del hombre danés de hoy en día; extrapolación que sorprende de entrada pero que ofrece una lectura mucha más rica que la de mera víctima de la maldad oculta de una comunidad. Rituales como nadar desnudos, emborracharse e ir de cacería, diversiones machistas del grupo de amigos, ya no bastan para sostener el sentido de masculinidad. Vintenberg, admirador de la psicología de Jung, explora el choque entre individuo y colectividad; en tanto que el chivo expiatorio, éste acusado, representa la sombra del pueblo; pero Lucas se defiende contra la avalancha social, se convierte en mártir en el sentido original de la palabra, un testigo, y así, un individuo con conciencia.

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