Música: Lang Lang en Bellas Artes

jueves, 14 de junio de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La noche del viernes 1 se presentó en el Palacio de Bellas Artes el pianista chino Lang Lang (1982). Hacía mucho que no había tanta expectación en el máximo recinto cultural del país; ahí estaban desde la “alta sociedad” hasta los de huarache y morral, todos embelesados por escuchar a la superestrella de 29 años. Ni manifestaciones ni marchas ni lluvia ni tornados impidieron que la sala estuviera llena, de hecho los boletos se agotaron casi en cuanto salieron a la venta. No era para menos. Lang Lang es una persona que a los 13 años tocó en el Pekín Concert Hall los 24 estudios de Chopin, no sabemos de ningún otro caso similar. Y los toca con una maestría técnica asombrosa, sobrehumana. Es un artista que ha inspirado en su país a 40 millones de niños que hoy día estudian piano clásico. Salió al escenario caminando despacito, mientras el público lo recibió con una ovación tremenda, y ejecutó una serie de caravanas rarísimas, como salidas del Tai Chi. Se hizo el silencio y comenzó con la serie completa de los 12 estudios Op. 25 de Chopin; estábamos presenciando un prodigio: su sonido, matices, dinámica, fraseo, pero sobre todo su coordinación motriz y virtuosismo nunca vistos causaron una profunda impresión. Pero más allá de las increíbles hazañas de este simpático y carismático artista, cabe preguntarnos: ¿Y la música qué? Realmente a la música no le importa si este genio oriental se aprendió la obra en una semana o en varios años, o si la toca más rápido y claro que nadie, lo importante al final del día es si hizo música o no, y a ratos lo que veíamos y oíamos era pura gimnasia pianística, puro virtuosismo asombroso, mucha pose y poca verdad musical. Su musicalidad es rarísima y extravagante, a ratos hasta desagradable, y al mismo tiempo no deja de realizar hazañas pianísticas memorables. Si además de lo increíblemente bien que toca, del dominio absoluto que tiene del teclado, fuera musicalmente maduro y acertado, sería un dios, pero no lo es: su Chopin no suena a Chopin; su Liszt no suena a Liszt, sino a Liszt tocado por Lang Lang, y ese es su pecado. El joven pianista chino se sirve de la música para lucirse, como si al tocar nos dijera: ¿Ya vieron qué bien me salen estas endiabladas escalas en terceras?, ¿ya oyeron mi sonido?, ¿vieron qué rápido voy?, ¿alguien en el mundo puede toca esto así? Y la respuesta sería siempre la misma: No, Lang Lang, tú eres el mejor, sólo tú eres grande, sólo tú, señor. Lang Lang está desperdiciando una oportunidad única en la historia, se le ha dotado con un talento descomunal, y seguramente él ha trabajado como sólo los chinos saben hacerlo, sacrificando su vida en aras del piano; se adivina ahí una disciplina más que férrea, 14 horas o más al día frente al teclado, un guardia vigilando que no toque piezas que no sean las que le ordenó su maestro, mal comer, no ver a los padres, no hay amigos ni descanso ni nada, todo es tocar, tocar, tocar. Su enfoque debiera ser otro, no lucirse, sino simplemente mostrar al mundo las maravillosas composiciones de Chopin, de Bach, de Beethoven, como si al tocarlas nos dijera: ¿Ya oyeron qué increíble música? El pianista al servicio del autor y su arte, y no al revés. Ojalá se retirara un tiempo y reflexionara, escuchara analíticamente, tomara clases de interpretación y madurara, se fuera con un gran Sensei de la música. Lo hizo Menuhin en su momento cuando era un engreído niño prodigio, se acercó a Enescu, se retiró un tiempo y con humildad aprendió a hacer música. Esperemos a ver si con el tiempo Lang Lang da el gran paso.

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