Detallada inmersión de Pacheco en el México decimonónico

miércoles, 20 de marzo de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Presentada como Conferencia Magistral, la participación del escritor José Emilio Pacheco en el diplomado “México decimonónico” fue una deliciosa clase de historia con todos los ingredientes: erudición, contundencia, humor, información privilegiada, pinceladas literarias y, sobre todo, sencillez y claridad contundentes. La relativamente pequeña Sala de Usos Múltiples de la Dirección de Estudios Históricos del INAH –alrededor de 100 asientos que el público desbordó con un nutrido grupo de fotógrafos y cámaras televisoras-- se convirtió, por dos horas, en escenario de las extenuantes luchas bonapartistas para dar contexto y causalidad a la Independencia de México, que no triunfó pronto tras los levantamientos insurgentes, como en toda Sudamérica, sino que fue vencida inicialmente por los ejércitos realistas, hasta que generales como Iturbide, aliados a los sublevados, comprendieron que tarde o temprano el régimen imperial caería. Pero la exposición de Pacheco, detallada, sin prisas, que el también poeta gozara relatando palmo a palmo y con precisión en una sucesión de hechos históricos como si acabaran de vivirse el día anterior, a menudo cobraba una dimensión de paradoja e incertidumbre, como en esta frase: “Pero es muy difícil imaginar el siglo XVII y el siglo XIX porque no tuvimos novelas… ¿Qué sintieron los mexicanos cuando nos invadieron los norteamericanos, los franceses?”. El tema literario lo llevó a comparar con la novela de la Revolución Mexicana, donde mencionó a Mariano Azuela, que en 1915 da a conocer una obra nacida de hechos ocurridos tres meses atrás, o Juan A. Mateos como el precursor, cuya obra El sol de mayo, por la inmediatez de los acontecimientos se escribió prácticamente sin literatura, “más como novelas apresuradas”. En el tópico de los escoceses y los yorkinos no quiso ser extremo al calificar a unos de conservadores y a otros de liberales, “porque no estoy seguro, necesito estudiar más un asunto tan complejo”, y hacia las 18:30 horas, con horror, vio su reloj y renunció a abarcar el siglo XIX completo (iba hacia la intervención francesa), “se los debo, porque yo estoy aquí hablando sin parar pero sé lo que es también estar sentado como ustedes pensando ‘y a qué horas va a terminar éste’.” Franqueado por la directora de Estudios Históricos, doctora Inés Herrera Canales y el subdirector de Investigaciones Históricas, doctor Eduardo Flores Clair, Pacheco respondió varias preguntas de los diplomados, entre ellas sobre la guerra de castas en Yucatán, de ahí saltó a la participación de los yaqui, siempre relacionando temas, porque unió entonces a Santa Anna con Obregón en el uso de los indígenas, y narró la historia de cómo el coronel Adams, teniendo como prisionero al dictador lo descubrió masticando chicle que había conocido por los mayas… “Houston capturó a Santa Anna porque tras la victoria de El Álamo (fuera lo que fuera, aunque fuera territorio nacional, yo no estoy de acuerdo con ella porque al fin y al cabo se trató de una masacre), decidió hacer una fiesta como todos los mexicanos y luego, con el calor de Texas tendió su hamaca y ahí dormido lo apresó.” Cada asunto daba lugar a Pacheco para abrir paréntesis. Si se hablaba del dominio inglés sobre la armada española, el escritor relacionaba las construcciones de Perote y La Ciudadela de la Ciudad de México como verdaderas fortificaciones ante la permanente amenaza inglesa sobre las colonias hispanas de ultramar, y de ahí mencionaba la efímera vida de los trasatlánticos (del “Titanic” al “Andrea Doria”) para contraponer el enorme desarrollo de la aviación, para señalar que hacia finales de los los años 30 un viaje de México a Madrid podría durar día y medio con varias escalas, “y hoy lo hacemos en diez horas, aunque en situaciones más incómodas, porque los aviones actuales son como los camiones Flecha Roja de mi infancia”. Dijo riendo: “Todo lo que desaparece de la vida real reaparece en Disneylandia.” Por la charla transitaron múltiples países y numerosos personajes (además, obviamente, de los mexicanos): Humboldt, Bolívar, Francisco de Miranda, Manuel Godoy, Carlos IV –“que no merece al caballito en el que va montado--, Fernando VII –“todavía más estúpido que su padre”--, Francisco de Goya, Wellington, Nelson… y más acá: “Napoleón, como era corso, hablaba con acento francés, Hitler el alemán con acento austriaco y Stalin que era ucraniano con acento ruso.” También hizo una lista de las aportaciones del siglo XIX: Motor de combustión externa, la anestesia, la aspirina, l a dinamita, el teléfono, el gramófono, los teletipos (que ya no existen, como el fax), la grabadora, la fotografía, el acero… Se le interrogó sobre la escritura, y dijo que le parecía que hoy se escribía más que nunca e hizo una crítica a la mala escritura en general: “El fracaso de la educación mexicana puede verse en las páginas de los periódicos.” Y no quiso decir qué estaba escribiendo: “Nunca hablo de lo que no he hecho. Uno ve las solapas de los libros de hace 70 años donde la editorial anunciaba una lista de ‘obras en preparación’. Por ejemplo, una biografía de Cuauhtémoc que Villaurrutia nunca escribió.” El diplomado, que comenzó hace una semana (es cada martes a las 17 horas), durará hasta el 12 de octubre, cuando el doctor Antonio Saborit, nuevo director del Museo Nacional de Antropología de Historia, hable de “Diario de las cigarras, escritores modernistas en el Porfiriato”. Inés Herrera Canales expondrá el 9 de abril “Instituciones min eras mexicanas en la primera mitad del siglo XIX”, y el 30 el doctor Eduardo Flores Clair abordará “Economía, Ciencia y Comunicación, pilares de la dictadura porfirista”.

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