La música que le gusta a Rius

miércoles, 13 de agosto de 2014
MÉXICO, D.F., (apro).- Conocí a Eduardo del Río (Rius) una mañana de comienzos de los setentas con cierto amiguito, adolescente como yo, caminando por la colonia Educación al sur de la Ciudad de México donde el genial historietista michoacano que tanto admirábamos vivía, muy cerquita de nuestros hogares en la vecina colonia Avante. --Mira, ¡es Rius! --me dijo Arturo Raúl, aquel cuate mío pelando sus ojotes de moscardón tras las gafas gigantes-- ¿Por qué no le pides su autógrafo? Mi hermano Armando había bautizado a ese amiguito con el apodo de El Sabio por su manía de repetir frases ocurrentes que tomaba de sus cuentos Los agachados, así que apenas reconocimos a Rius tratamos de granjearnos su simpatía hablando familiarmente de San Garabato de las Tunas, Cucuchán, el mítico poblado de Los Supermachos y sus personajes, cual si realmente existieran. Rius respondía ante nuestro abordaje apenas con sonrisitas curiosas y su mirada clara nos escrudiñaba, sin responder gran cosa. Cuando le pedí que nos regalara un autógrafo, se negó. Insistimos. Rius fue inflexible. Le pregunté por qué no quería, y por fin explotó en sonoras carcajadas diciendo: --¡No, no…! ¡Ni que fuera Frank Sinatra para dar autógrafos! Al correr de los años, el infatigable Rius publicaría montones de dibujos, revistas y libros ilustrados con un estilo original bastante entretenido y didáctico a la vez. En su haber tiene ya 112 volúmenes, todo un legado cultural de un historietista gráfico que siempre atrapa a los lectores. En varias ocasiones lo entrevisté para Proceso, y recuerdo que al cambio de siglo me invitó a su casa de dos pisos en Tepoztlán, Morelos, donde me agasajó con viandas vegetarianas y música de jazz. Hace un par de meses apareció su autobiografía RIUS. Mis confesiones. Memorias desmemoriadas (Grijalbo, 464 páginas); son 85 capítulos que incluye uno dedicado a la música: “Por la música por dentro”. Comienza de la siguiente manera: “En el seminario me dijeron que no tenía oído musical y era muy desafinado, y con cierto coraje me resigné a no tocar el piano y sí, a cambio, tocar la máquina de escribir. Pero con el tiempo me empecé a dar cuenta que sí tengo buen oído musical y no soy desentonado, ni fuera de la regadera. “No puedo vivir sin música y he llegado a tener una estupenda colección de discos (acetatos) de jazz, e hice un libro de ese género (Guía incompleta del jazz); también me encanta la mal llamada música clásica y, en general, todo tipo de música, pero buena. Boleros, rancheras, canciones de protesta, tropical, cubana o puertorriqueña, música norteña de la de antes y hasta los tangos, pero arreglados por Piazzola. Aunque confieso con cierta pena que la única ópera que aguanto completa es Carmen de Bizet. El resto de las óperas, sean de Verdi, Mascagni o herr Wagner no las soporto más que en algunas arias. “Algunos de mis favoritos musicalmente hablando son Óscar Chávez (a quien le he hecho decenas de portadas y dibujos para sus carteles y anuncios de conciertos), sin olvidar a la querida Amparo Ochoa y sus eternos acompañantes (de ambos), Los Morales. Con los tres he llevado muy buena amistad. “Y en esa onda de la canción de protesta y trova he tratado a gente como Mercedes Sosa (que me dedicó una canción en Berlín), Daniel Viglietti y Alfredo Zitarrosa, los dos uruguayos y conocidos por mí en Cuba y Nicaragua. O el gran nica Mejía Godoy, que me dedicó un concierto entero en Nicaragua, lo mismo que Silvio Rodríguez, quien antes de dedicarse a la poesía cantada hizo caricaturas en Cuba. A Pablo Milanés también lo he tratado y disfrutado, un poco más que al resto de la trova cubana. Pero con el que me llevé mejor y llegamos a intercambiar cartas y mojitos fue el queridísimo Carlos Puebla, cantautor de esa preciosa canción dedicada al Che, ‘Hasta siempre comandante’. Carlos Puebla venía seguido a México y a los periodistas les decía: ‘Vengo a dar un concierto y saludar a mi amigo Rius’. ¡Salud, Carlitos, donde andes con tu guitarra y tus decepciones de la Revolución Cubana!...” En diversos capítulos de Mis confusiones, Rius narra otras anécdotas de músicos como en el dedicado al movimiento estudiantil del 68 y sus secuelas de represión gubernamental, cuando rememora: “A la cantautora Judith Reyes, bravísima luchadora social (léase alborotadora en el lenguaje de la época), la sacaron de madrugada de su casa apenas empillamada, delante de su familia, y se la llevaron con rumbo desconocido. A las siete de la mañana, unos cuidadores del Bosque de Chapultepec se la encontraron casi muerta, ahogada de tequila. Éramos muy amigos, y a los pocos días de su infame secuestro me contó que sus captores –puros militares del Estado Mayor Presidencial—la habían obligado por la fuerza a beberse un litro de tequila, se orinaron encima de ella, y en ese lastimoso estado la llevaron a Los Pinos para que Díaz Ordaz la viera y la insultara impunemente…” Desde luego, Rius también añade una lista profusa tanto de sus jazzistas favoritos, como de sus boleristas preferidos y otros creadores de la música popular mexicana o su afición por el fado. Al final del capítulo “Con la música por dentro”, destaca a la única banda de rock que disfruta, Los Beatles: “Me retiro momentáneamente para cambiar de disco y dejarlos con ‘Lucy In The Sky With Diamonds’ revuelta con ‘Eleanor Rigby’ y ‘Hey Jude’, más las otras que les gusten del enormísimo cuarteto de Liverpool.” Según me contó recientemente, Rius publicará pronto un libro sobre música clásica y prepara otro acerca de los grandes del jazz universal. Enhorabuena, maestro.

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