Poema a Gloria Contreras, de Roberto López Moreno

martes, 15 de diciembre de 2015
MÉXICO, DF (apro).- Roberto López Moreno (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1942) ha publicado cerca de 30 libros de poesía, entre los que se encuentran Décimas Lezámicas (UNAM), De saurios, itinerarios y adioses (Universidad Autónoma de Chiapas), Verbario de varia hoguera (Instituto Chiapaneco de Cultura) y Sinfonía de los salmos (UNAM). El siguiente poema lo escribió a la muerte de su paisana Gloria Contreras, fundadora del Taller Coreográfico de la UNAM, acaecida el 25 de noviembre pasado. * * *
“Salmos primarios”   Hay un sonido haciendo el mundo Desde el verbo de cal que nos da forma, se enreda hacia la patria de los pájaros, verdad con alas que nada y que se arrastra. Hay un sonido en el mundo que nos crece. Hay un sonido… el mundo…   Iguana Mantarraya Cenzontle Salamandra Hay un sonido que nos une desde el molusco y la espuma. Desde la arcilla del principio hasta el líquido principio de la llama en el aire. El eco nos asigna un olifante, río ardiendo de girasoles. Hay un sonido que danza, danza, gira sobre su forma y huye, huye, y aquí entre nosotros derramándose, formándonos de nuevo. Ah, la vieja canción de los ausentes, de los que están de vuelta sobre esta costra palpitante que nos congrega y alza, que nos devora firme y nos vuelve a fundir en el sonido. Hay un sonido en el mundo que nos ata a la vida y nos devuelve.   Irrumpe en nuestra piel. Nos aniquila. Nos rehace al son de la mañana. El corazón golpea su música hacia afuera. Hay un sonido de piedra que nos relata la epidermis de los siglos. Hay un sonido de sal izada. Allí estamos, sistro de lumbre somos. Hay un sonido que es una corriente y nosotros en él, por él, con él. Hay un sonido que danza en nuestros ojos.   Hay un sonido iguana. Hay un sonido iguana sobre la noche, hay una piel que repta sobre los síngulos de la música. Es sangre áspera, rompiendo la monotonía de la yerba. Suenan sus patas desde la memoria. Es como una cuerda tensa que viene y va sobre la vía sin nombre de los infinitos. Sube la esencia de la caña por los tubos de su sueño, la sustancia del día revienta entre las sombras. Ya todo es rojo, árboles y latidos y la piel de esta iguana piedra arrastrándose verdemente. En sus cuatro torres camina su distancia. Y allí está el inicio, frente a los golpes rotundos de la savia, en la tierra que late en nuestros poros.   Rondan acales en sus venas. Ah, el latido.   Hay un sonido mantarraya. Hay un sonido mantarraya en celo, golpea con su vientre el zumo de las rutas movedizas y nos habla con la vasta humedad de su mirada. Muerde la abundancia. Cuerpo con las dimensiones de las cosas repta también entre las ondas en su firme sentido de su oficio. El nado nos dibuja cuerpo adentro, nos agarra. ¿Qué masa líquida contiene el canto en sus entrañas? La mantarraya lo sabe y ejecuta su conocimiento cristalino, lo estable en el cerebro del tiempo. Ya todo es agua. Ya todo es agua en esta hora.   Hay un sonido cenzontle. Hay un sonido cenzontle en giro pleno, cuatrocientos costados del que canta coronando el corazón del aire. Ahí puño de plumas. Así, golpe de adentro. Así. En sí. Herida clave en alto. El aleteo habla del espacio, en su azul está el mundo, en su mundo está el tiempo, carnal horario, cifra del viento; en el viento está el viento, en su nudo sonoro de raíces. Palabra aérea. Aletazo de ayer, de luz, de siempre.   Hay un sonido salamandra. Hay un sonido salamandra que arde. Confabulación del fuego para relatarnos. Brasa hacia el oído, como un batracio deshilado en lumbre a toda prueba, enhiesta contra el sol, combate a sangre fría, ahí, donde el quehacer de la célula levanta el resplandor de las arquitecturas. Aliento que nos marca crepitando, víscera de la llama, rito, en el centro estás tú irradiando en sonido. Ah, el chisporroteo de tu movimiento. Latido de la memoria. Cuando los hombres hicieron el fuego te estaban dando ritmo y promontorio. Ah, la música de tu música ¡Quema!   Las caras de la verdad bailan en círculos, espalda contra espalda. Hay un sonido en el mundo y un encantamiento de cascabeles que cuelga de su cuello y sus tobillos. Todo fue convocado hacia esta pira de ecos que se retuercen en las encordaduras del viento. Ríos. Lermando de la tinta vital de la memoria. Ah, la serpiente sobre mi cabeza. Música. El corazón golpea su música hacia afuera. El vuelo se desata de la tierra del cielo y el espejismo asciende su pupila de agua; en el centro de todas las distancias se juntan en la chispa Iguana Mantarraya Cenzontle   ¡Cuánta verdad danzando! Desciende una estrella verde. Un felino devora una paloma. El recuerdo es tiempo erguido. Hay un sonido en el mundo. Hay un sonido, el mundo. Hay un sonido multiplicándose en las ondas, flechador del cielo.

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