Se exhibe en Texcoco la muestra 'Los Guerreros del Monte Tláloc”

lunes, 29 de febrero de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El armamento e indumentaria de los vigías que protegían el Monte Tláloc, donde se ofrendaba al Dios de la lluvia, fue reconstruida para la exhibición: Los Guerreros del Monte Tláloc que se presenta desde hoy y hasta el 30 de abril en el Foro de Artes y Oficios de Texcoco, Estado de México, con entrada libre al público. Se trata de una colección reconstruida de manera histórica y etnográfica que incluye 120 piezas arqueológicas –que datan del Posclásico Tardío 1200-1521 DC–, una pequeña escultura del dios Tláloc elaborada en roca andesita, única efigie del dios de la lluvia encontrada hasta ahora en la cumbre, y diversas reproducciones resultado de excavaciones y hallazgos del Proyecto Arqueológico Monte Tláloc, mismo que se realiza en ese municipio desde hace una década bajo la dirección del arqueólogo Víctor Arribalzaga. La exposición incluye una reproducción del atavío militar de Nezahualcóyotl, que posiblemente usó en la campaña contra Azcapotzalco (imagen retomada del Códice Ixtlilxóchitl), está conformada por un yelmo hecho con carrizo, papel amate, piel y está cubierto de plumas de colores. Cuenta con un nacaztli u orejera circular de metal, el téntetlo bezote de metal con forma de águila, el éhuatl(traje) compuesto por ichcahuipilli o coraza de algodón y pluma, y el faldón de los mismos materiales, informó el INAH. Lo completan el panhuehuetl (pequeño tambor de madera y piel), el chimalli, escudo elaborado con caña, carrizo, ixtle, piel, madera, papel amate y plumas de colores; el macuahuitl, macana de madera con navajillas de obsidiana verde, y el ixcactli, calzado de piel, algodón e ixtle. También hay una representación del traje de Tzitzímitl, monstruo celeste que cada 52 años bajaba para devorar a los hombres, compuesta de un yelmo con representación de cabeza humana en avanzado estado de descomposición, vestimenta de manta con correas de piel, brazales de piel y algodón, un tepuztopilli o lanza de madera con punta romboide y navajas de obsidiana verde en sus extremos que además de proteger, causaba un fuerte impacto psicológico en el contrincante. Se exhiben además los trajes de los guerreros águila o cuauhpilli, cuextécatl (huasteco) y quáchic o solares (por el color amarillo de su indumentaria). “Estas órdenes de guerreros salvaguardaban las riquezas y los ofrecimientos a Tláloc; cien de ellos se quedaban en la cima del monte para evitar el robo o saqueo por parte de sus enemigos tlaxcaltecas y, con ello, lograr que las peticiones fueran escuchadas por el dios de la lluvia”, explicó al respecto Arribalzaga. Para cuidar las riquezas ofrendadas los guerreros necesitaban de armamento como el que se reproduce en la exposición, macana o macuáhuitl, hecha de madera de encino y navajillas de obsidiana verde, réplica fiel a la que se conservó en la Real Armería de Madrid hasta el siglo XIX. Figuran de igual manera un temalátlatl u honda con sus proyectiles; un átlatl (lanzador de dardos) y sus respectivos dardos o tlacochtli; una pica con navajillas de obsidiana o tepuztopilli; un arco y flecha (tlahuitolli ihuan mitl tlachotli), basado en el que conservó la Real Armería española. Otros artefactos bélicos en la muestra son un mazo o quauhololli, escudos o chimalli quetzalxicalcoliuhqui, cuchillos o técpatl, coraza o ichcahuipilli, así como la reproducción de un equipo básico de guerra, integrado por instrumentos y utensilios que permitieran crear fuego, preparar alimentos y protegerse del clima. El guerrero transportaba todo en la espalda en un armazón de otate usando un mecapal o mecatopilli. “La ostentación militar que acompañaba las ceremonias rituales era muy importante, por ser parte de la estrategia bélica contra sus oponentes y por su repercusión social al provocar gran impacto psicológico a través de la indumentaria y el armamento. Esta exposición muestra lo que significaban la guerra y los guerreros, elementos imprescindibles para la defensa de los espacios rituales y la supremacía de los gobernantes en la sociedad prehispánica”, concluyó Víctor Arribalzaga.

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