"Yo, Tonya", demasiadas batallas por enfrentar

viernes, 23 de febrero de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Armada a la manera de un falso documental, la calamitosa vida de la patinadora Tonya Harding (Margot Robbie) se desarrolla por medio de entrevistas dramatizadas, secuencias retrospectivas y material de archivo; además de hacerse famosa por haber sido la primera mujer en la historia del patinaje estadunidense en lograr el salto del triple axel, Tonya llegó a ser campeona nacional y a competir en las Olimpiadas; su carrera acabó en la ignominia cuando se vio involucrada en un atentado contra su rival Nancy Kerrigan. Dirigida por el australiano Craig Gillespie, Yo, Tonya (I, Tonya: E.U., 2017) propone diferentes versiones de los hechos y sus causas, al público le correspondería sacar su propia conclusión; pero el abuso constante que padeció en manos de su propia madre (Allison Janny), quien la lleva a entrenar desde los cuatro años de edad, y posteriormente por parte de su primer esposo, Jeff (Sebastian Stan), un tipo brutal y seductor, inclina la balanza en favor de Tonya. Algo tienen de prodigioso la energía y el talento artístico de esta patinadora en hielo de figura; por desdicha, todo parace estar en su contra: provenir de clase trabajadora, los prejucios de los jurados que reducen puntaje debido a su aspecto físico y falta de glamour. Tonya es una guerrera que tiene que pelear demasiadas batallas; además de la pobreza, la más dura es contra sí misma, de ahí que las constantes referencias al cine de Scorsese, movimiento de cámara y narración omnipresente, hagan pensar en la versión femenina de Toro salvaje. El problema que suscita el guión original de Steven Rogers es un conflicto de clase: el tipo de peleadora, el aspecto kitch de su maquillaje y vestimentas, choca con la imagen refinada de princesa patinadora que la rival accidental de Tonya sí cumplía; cuando el escándalo estalla, es obvio de qué lado se acomodan la prensa y las asociaciones americanas de patinaje. En manos de Mike Leigh o Ken Loach el tema sería motivo de una denuncia social, pero Craig Gillespie se distancia por completo del naturalismo de los maestros británicos; elige, a cambio, el esquema del reportaje en el que cada uno de los entrevistados se justifica a sí mismo al grado de la farsa; la falta de educación y de recursos económicos se maneja con humor negro, como si no hubiera que tomar las cosas muy en serio. Yo, Tonya es una especie de collage sucio, repelente en parte, pero que no puede dejar de admirarse; por un lado se disfrutan las competencias de patinaje, el extraordinario talento de las patinadoras, el virtuosismo de las figuras, y la pompa del espectáculo; por otro, las entrevistas y las irrupciones de la llamada cuarta pared, técnica de moda en ciertas series americanas, rompen el tono, las escenas de la vida doméstica van de lo patético a lo grotesco. La constante musicalización, tanto en las competencias como en la vida privada de Tonya, hacen pensar en una comedia musical. No será sorpresa que algún día se estrene en Broadway el musical de esta Evita americana. Esta reseña se publicó el 18 de febrero de 2018 en la edición 2155 de la revista Proceso.

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