"Sin poder volver a mi vida anterior"

sábado, 27 de septiembre de 2003
Intelectual, escritor, músico, pero sobre todo defensor de su pueblo –el Palestino--, Edward W Said murió el 25 de septiembre en Nueva York a los 69 años Crítico contundente de la política de Israel y de Estados Unidos hacia Palestina, Said se había distanciado del dirigente Yasser Araffat después de los Acuerdos de Oslo en 1993 Ganador del premio Príncipe de Asturias, Said escribió –entre innumerables libros de ensayos académicos y políticos—sus memorias en 1999 bajo el título Fuera de Lugar En dichas memorias aborda en tono íntimo su niñez y juventud No obstante, reseña en un pasaje la noticia de la enfermedad que le llevó a la muerte: leucemia Apro reproduce a continuación dicho pasaje A principios de septiembre de 1991, exactamente 40 años después de abandonar Oriente Próximo para ir a Estados Unidos, yo había ido a Londres para un seminario de intelectuales y activistas palestinos en vísperas de la Conferencia de Paz de Madrid Después de la guerra del Golfo y el fatídico apoyo de los líderes palestinos a Saddam Hussein estábamos en una posición realmente adversa para negociar El propósito del seminario era intentar articular un conjunto de temas comunes que facilitaran nuestro avance hacia la autodeterminación como pueblo Veníamos de todos los confines del mundo palestino: Cisjordania y Gaza, la diáspora palestina en varios países árabes, Europa y Norteamérica Pero el seminario culminó en una terrible decepción: la repetición incansable de las viejas disputas, nuestra incapacidad para fijar una meta común y el deseo aparente de escucharnos solamente a nosotros mismos En resumen, no hubo más resultados que una extraña premonición del fracaso palestino en Oslo En mitad del debate, durante una de las pausas que nos dejaba el calendario de actividades, llamé a Mariam, mi mujer, a Nueva York para preguntarle si los resultados del análisis de sangre de mi chequeo anual mostraban algún problema Me preocupaba el colesterol, pero no, me dijo ella, el colesterol estaba bien Luego añadió de forma dubitativa: “Charles Hazzi (nuestro médico de familia y amigo) quiere hablar contigo cuando vuelvas” Su tono de voz me dijo que algo iba mal, de modo que llamé a Charles de inmediato a su despacho “No es nada por lo que tengas que ponerte nervioso –me dijo-, ya hablaremos en Nueva York” Sus negativas a decirme qué pasaba agotaron mi paciencia “Me lo tienes que decir, Charles, no soy un niño y tengo derecho a saberlo” Después de un montón de rodeos --no es grave, un hematólogo te lo puede tratar, en realidad no es crónico--, me dijo que tenía leucemia lifocíntica crónica (CLL), aunque me hizo falta una semana para asimilar el impacto inicial del diagnóstico No tenía ningún síntoma, pero necesitaba las avanzadas técnicas de diagnóstico de un importante centro oncológico de Nueva York para confirmar el descubrimiento inicial Me hizo falta todavía otro mes para darme cuenta de lo mucho que me había afectado aquella “espada de Damocles”, como la llamó un médico despreocupadamente cruel, y seis meses más para encontrar al médico extraordinario, el doctor Kanti Rai, bajo cuyos cuidados he estado desde junio de 1992 Una larga serie de viajes, de intentos de recuperar fragmentos de mi vida y a gente que ya había desaparecido: aquella fue la reacción a los rigores crecientes de mi enfermedad En 1992 fui con mi mujer y mis hijos a Palestina en mi primera visita en 45 años Era la primera vez que ellos iban En julio de 1993 fui solo a El Cairo, a modo de escala en mi misión periodística para visita viejos lugares de mi vida Todo el tiempo yo era supervisado, aunque sin tratamiento, por el doctor Rai, que de vez en cuando me recordaba que en algún momento me haría falta quimioterapia Cuando empecé el tratamiento en marzo de 1994 me di cuenta de que había entrado, si no en la fase final de mi vida, sí en el periodo --como Adán y Eva cuando se marcharon del Paraíso-- en el que ya no había posibilidad de volver a mi vida anterior

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