Instantáneas de la violencia

jueves, 8 de abril de 2010

NUEVA DELHI, 8 de abril (Proceso).- Lleva 14 años de recorrer el mundo con su inseparable cámara fotográfica, un ser simbiótico que le ayuda a congelar imágenes de violencia social lo mismo en Latinoamérica que en la India. Se trata de Walter Astrada, quien en los últimos tres años ha ganado el reconocimiento de la organización internacional World Press Photo. El fotorreportero argentino dice a Proceso: “Puede ser que una imagen no cambie el mundo, pero le cambie el mundo a una persona. Con eso habré logrado lo que quería”. 

Walter deja prácticamente intactas las raciones de sushi sobre el plato. “Es la primera vez que me sirven sushi con atún de lata”, se queja. Él es el fotoperiodista argentino que acaba de ganar por tercera vez el reconocimiento que entrega la organización independiente World Press Photo (WPP) cada año. Esta vez lo obtuvo por su serie Baño de sangre en Madagascar.

A Walter Astrada no le convence el remedo de comida japonesa que acaban de servirle en un restaurante asiático en esta ciudad, donde actualmente desarrolla un proyecto fotográfico sobre la violencia contra la mujer en la India. Tampoco consiente que los medios de comunicación le den gato por liebre.

“La información no tiene que entretener, sino informar. Para divertirte, ves una película; para informarte, tienes que leer las noticias”, reflexiona el fotógrafo de 35 años.

Su destreza para manejar los palillos y la atención que presta a los movimientos del restaurante es una combinación de la calma y el estado de alerta que caracterizan a Walter. En ocasiones despliega una mirada felina y vigilante; en otras parece un búho, con sus enormes ojos oscuros abiertos tras sus anteojos.

Es fácil imaginarlo con esos mismos gestos tomando fotografías en Antananarivo, la capital de Madagascar, mientras las fuerzas de seguridad del lugar abren fuego sin previo aviso contra los manifestantes.

“Cuando comenzó el tiroteo pensé que la policía estaba disparando al aire. Sólo cuando empecé a ver gente a mi alrededor con tiros en la cabeza o heridos en los brazos y las piernas me di cuenta de que estaban disparando hacia nosotros, y decidí quedarme donde estaba porque no había ningún lugar donde protegerse”, explica a Proceso acerca del trabajo con el que obtuvo el premio de WPP.

En cuanto a las circunstancias que le permitieron tomar estas fotos, relata: “Básicamente es una cuestión de suerte. Digamos que no tocaba que el número me saliera”. Y añade: “No mantengo la calma; estoy muerto de miedo. Muchas veces manteniendo la cabeza gacha tienes que considerar que estás ahí para hacer tu trabajo”.

Con un temple a prueba de bombas, Walter ha vivido los últimos 14 años tratando de mostrar lo que sucede en el mundo. De hecho, esa es la frase que más repite durante la entrevista: mostrar lo que está pasando. 

Y esa ha sido su consigna, que se refleja en sus fotos publicadas lo mismo en agencias como AP, AFP y Getty Images, que en sus proyectos personales o como free lance, que le permiten vivir con becas, como la que le asigna ahora la Fundación Alexia para la Paz Mundial.

Su trabajo lo ha llevado a Kenia, Guatemala, Congo, Paraguay, República Dominicana, Haití, Madagascar y, ahora, la India para documentar la injusticia social.

Cuando estuvo en Bolivia, a finales de la década pasada, Walter hizo que su cámara contara las historias del país andino. De la vida cotidiana en esa región, le interesaban los detalles que revelaban la esencia de la cultura local. 

En Paraguay, otro país de su itinerario latinoamericano, más allá de las órdenes del proyecto The Eus en el que estaba trabajando, durante año y medio pudo captar a los travestis que ejercían la prostitución en ese país. Sus instantáneas navegan entre el clasicismo y una fuerte expresividad, conseguida a base de claroscuros. 

No en vano Astrada admira a Caravaggio; captura la vida en plena explosión de injusticia, violencia, abuso. Su ojo no falla. El encuadre tampoco. El espectador calla y mira. Se revuelve dentro de la piel.

“Casi nadie nos contrata ahora a los free lance, de forma que tenemos muchísimo tiempo libre, pero no dinero. Siempre estás en la disyuntiva del dinero y el tiempo. Para eso es muy importante lo que, por suerte, se está poniendo de moda: fundaciones que están ofreciendo becas para que los fotógrafos puedan hacer su trabajo con más profundidad”, explica Walter mientras apoya sobre la mesa sus manos cubiertas de anillos.

 

La rabia, el motor 

Con base en el trabajo que desarrolla aquí en Nueva Delhi –el proyecto abarca cinco países–, el fotorreportero busca narrar visualmente la violencia que se ejerce contra las mujeres indias, dice Astrada. 

Y puntualiza: “Ellas son consideradas ciudadanas de segunda y, a partir de ahí, muchos hombres se creen con el derecho de hacerles lo que quieran. Una de las razones que tuve para realizar este trabajo en cinco regiones es mostrar que eso también pasa en los países ricos”.

Las calles de la India, sobre todo en el norte del país, están pobladas de hombres. Son ellos quienes atienden los negocios, los que jalan los rickshaws (carritos artesanales de dos ruedas que dan servicio de taxi), los que deambulan en las aceras, los que rezan en los templos, pasean en los parques…

Astrada observa que son niños los que juegan en las calles, mientras que las escasas niñas que pululan por los vecindarios están ahí para cuidar a sus hermanos menores.

“Algo muy difícil de mostrar es cómo la violencia sucede dentro de la casa y la familia. La comunidad acepta ese tipo de violencia”, explica Astrada con un dejo de rabia, sentimiento que, dice, es su principal motor. Cuando deje de sentir lo que siento al tomar fotografías, abandonaré (este oficio)”.

“Feticidios” femeninos provocados por el uso de ecografías; malnutrición; falta de oportunidades educativas; pago de dotes a la familia del marido; riesgo de que las jóvenes sean quemadas vivas si la dote se considera insuficiente; desalojo de las viudas de sus propios hogares… Con su lente, Astrada comprueba este rosario de vejaciones.

 Refiere que las mujeres, la mitad de la población del subcontinente indio, no cuentan con un lugar propio en su sociedad, salvo cuando cargan varones en sus entrañas.

Astrada no encuentra ninguna contradicción en el hecho de ser un hombre que le da voz a las mujeres: “Todas las mujeres tienen voz. El problema es que no todo el mundo las escucha. Creo que tiene más sentido que sea un hombre el que haga este trabajo, porque las mujeres no se violan a sí mismas, no se pegan a sí mismas, no se torturan a sí mismas, no se expulsan de la casa a sí mismas, no se obligan a abortar a sí mismas”.

El fotoperiodista desiste de todo intento de seguir engullendo la comida del restaurante asiático y reflexiona ahora sobre la saturación de imágenes en la sociedad globalizada. “La forma en que se utilizan las imágenes ahora les hace perder valor. Hay que evitar la saturación. Una idea que nos quieren vender es que con internet las fotos tienen que cambiar cada cinco minutos, pero eso no tiene ningún sentido si una imagen está contando la historia”. 

Para él, la red es un arma de doble filo. “En cierta forma, internet está ayudando al fotoperiodismo, porque puedes enviar tu trabajo libremente, sin más, a través del correo electrónico. El único problema es que no hay dinero en internet y los buenos trabajos siguen costando lo mismo o más que antes”.

Sobre la globalización, dice que es un camino sólo de ida. “No hay globalización en todos los sentidos, sino de aquello que les interesa a los países que tienen el poder. Que tu diamante se mueva libremente de Congo a Bélgica, pero que los congoleños se queden ahí. Hay un interés importante de algunos países de no informar sobre lo que está pasando en otros porque, si no, se darían cuenta de que les estamos robando”.

Su afán por documentar la realidad lo asocia al oficio de esa raza de reporteros, ya en peligro de extinción, que lucha por contar historias e injusticias de otros mundos que también están en éste. Señala que abrirse camino entre la selva de la publicidad de una revista o en el bosque de noticias de deportes de un periódico es cada día más difícil, pero él apuesta por otras vías.

“La exposición del WPP de 2007 fue montada en la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid. Para verla se necesitó haber comprado un boleto de avión, pero aún así mucha gente pasó por allí y la vio. Lo mismo quienes trabajan limpiando. Hay que tratar de llevar las fotos a la sociedad, porque los medios no lo están haciendo”, sostiene el fotógrafo argentino.

Y respecto de las limitaciones y ventajas del fotoperiodismo, Astrada afirma: “Con mis fotos no voy a cambiar el mundo, pero en primer lugar puedo decir: esto fue lo que vi y esto fue lo que pasó. En segundo lugar, puede ser que una imagen no cambie el mundo, pero le cambie el mundo a una persona. Con eso he logrado lo que quería hacer”.

Este texto se publicó en la edición 1744 de la revista Proceso, ya en circulación.

Comentarios