Kenia: Mr. President

jueves, 13 de mayo de 2010

En noviembre de 2008 Los kenianos celebraron como propio el triunfo de Barack Obama como presidente de Estados Unidos. Para Kenia era, “sin duda alguna, el suceso más importante de su historia, aunque estuviera aconteciendo a miles de kilómetros de distancia y en un lugar tan lejano a África”, cuenta el escritor y periodista mexicano Diego Gómez-Pickering, quien hace una crónica sobre el hecho desde Nairobi, donde se encontraba cumpliendo labores diplomáticas. Su texto aparece en el libro Los jueves de Nairobi, que empieza a circular bajo el sello editorial de Praxis.  

MÉXICO, D.F., 13 de mayo (apro).- La mañana del jueves 6 de noviembre de 2008 Nairobi amaneció envuelta por una nube que aún no se disipa. Una nube espesa, acolchonada, rosa. Una nube de comodidad, protección, inmunidad y reivindicación. Una nube que envuelve un sueño del que Kenia se rehúsa a despertar. Un sueño de nombre Barack Obama. Ese jueves, por decreto oficial, el país celebraba una fiesta nacional, la primera de las muchas que le seguirían, con motivo del triunfo de su “hijo pródigo” en las elecciones presidenciales recién efectuadas en los Estados Unidos.

La víspera, el país entero la pasó en vela, pegado a las pantallas de televisión, compartidas en familia o entre amigos, atento a las transmisiones de la radio, con la frecuencia que mejor sintonizase, sumido en un silencio expectante, pero lleno de ilusión. Con una diferencia de ocho horas con respecto de la costa este estadunidense, Kenia se mordía las uñas a la espera de lo que consideraba, sin duda alguna, el suceso más importante de su historia, aunque estuviera aconteciendo a miles de kilómetros de distancia y en un lugar tan lejano a África, como el cielo lo está del infierno o el blanco del negro. Conforme el mapa de los Estados Unidos comenzó a pintarse de azul, las botellas de champaña y las latas de cerveza fueron abriéndose. Poco a poco, las porras y los vítores dieron paso a los gritos de euforia y a las canciones a todo volumen. Las caras nerviosas explotaron con sonrisas y una revolución con sabor a carnaval se desató con fuerza por todos los rincones del país tan pronto se anunció que Barack Obama se convertía en le presidente electo de los Estados Unidos.

“Fue uno de los mejores días de mi vida”, recuerda Rona, hermosa treintañera luo, nacida y criada en Nairobi. “Claro, en primer lugar porque no tuve que venir a trabajar”, explica ruborizándose, “pero principalmente porque como luos, como kenianos y, en especial, como africanos, fue un día en el que hicimos historia”. “Obama somos todos nosotros”, afirma la joven mujer sin cortapisas. Y como Rona, prácticamente opina cualquier keniano. El hecho de que Barack Obama ganara las elecciones presidenciales en Estados Unidos es para Kenia un triunfo personal. Así lo creen los centenares de vendedores ambulantes que arremeten Nairobi en horas pico, ofreciendo al menor descuido cargadores para celular, viseras para protegerse del sol, rayadores de verduras y hasta libros de alfabetización. “Obama rules”, gritan al paso ante la presunción de que la blancura es sinónimo de pasaporte gringo. Así también lo creen los miles de profesionistas que durante los últimos años han logrado consolidar una modesta capa media en Kenia, analistas informáticos, burócratas en formación, consultores financieros, profesores universitarios y pequeños empresarios. “El también es nuestro presidente”, declaran orgullosos durante las conversaciones de sobremesa en restaurantes y bares. De igual manera lo creen los campesinos y obreros, los empleados domésticos, los guardias de seguridad y hasta los pasotes masai. “Por fin algo bueno para África”, concuerdan unos y otros en torno al triunfo de Obama, incluso en los rincones más alejados de Kenia. Su victoria, sin duda, no se le ha escapado a nadie. “Un paso adelante para el país”, declaró más de algún político local ente los hechos. Pero el optimismo en Kenia, al respecto de la presidencia estadunidense de Barack Obama, no se ha hecho manifiesto sólo con palabras. Con el decreto del gobierno sobre el feriado nacional para la ocasión, se dio rienda suelta a la algarabía keniana. Pretextos para la fiesta en este país sobran, razones verdaderas escasean y el triunfo de Obama no pudo ser mejor motivo. Todos los antros de Nairobi, desde los que se autodenominan discotecas hasta aquellos que no se esfuerzan por esconder su naturaleza, organizaron durante ese primer fin de semana de noviembre tremendas parrandas en honor del recién nombrado presidente electo. En cualquier restaurante se hacía alusión, con tal de atraer clientela, al nombre de Barack Obama, ya fuera a través de un platillo especial o con la inclusión en la carta de la cerveza Presidente, lanzada al mercado un par de semanas antes por una de las principales cerveceras del país. Más de algún lodge lanzó ofertas de alojamiento y safaris para disfrutar del denominado “puente del presidente”. Y en cantidad de casas nairobitas se organizaron reuniones y fiestas durante las que no faltaron los brindis en honor del festejado. A Barack Obama le debieron lastimar mucho las orejas durante esos días en que su nombre empezaba y terminaba todas las pláticas en Kenia. Una verdadera revolución sin armas que tomó por sorpresa al país y que se venía gestando desde hacía meses, casi coincidiendo con el inicio de la campaña electoral en Estados Unidos, cuando todos los mercados, las calles y los microbuses del transporte público de Nairobi se vieron inundados de parafernalia alusiva al exsenador por Illinois. Camisetas, botones, espectaculares, calcomanías, gorras, canciones y grafiti. No hubo forma en que Barack Obama no estuviera presente en la vida diaria de Nairobi después de robarle la candidatura a Hillary Clinton y, aún más, tras alzarse con el triunfo en los comicios. La obamamanía creó un mar de expectativas color café con leche que no en toda Kenia ha logrado hacer olas.

Lejos del éxtasis generalizado y de las expectativas desbordantes, protegida de semejante revolución, pero cuna inherente de la misma, pasa sus días Mama Sarah, abuela paterna de Barack Obama. Entre gallinas, cabras y vacas, hoy por hoy es la mujer más famosa de Kenia. “Aquí no ha pasado nada”, se jacta en luo, a través de una intérprete, la entrañable viejita, sobre los efectos del triunfo de su famoso nieto. Desde hace décadas –tantas que afirma haber perdido la cuenta--, vive en la aldea de Kogelo, al oeste del país. Aunque Mama Sarah no engaña a nadie, ya que hasta este rincón de la provincia de Nyanza, tierra ancestral de la raza luo –a la que pertenecen los Obama— han llegado los lastres de la revolución desatada por Barack. En Kogelo, más que en cualquier otra parte de la geografía del país, se respira en el aire la obamamanía. Basta con ver el campamento militar apostado por el ejército keniano a la entrada de la choza de Mama Sarah, para saber que uno ha llegado a un lugar importante. Ahí, los soldados en turno inspeccionan a todo aquel que ose acercarse a la propiedad de la anciana. Aunque ésta no contenga más que una casa de adobe con techo de lámina, una pequeña parcela donde se cultivan jitomates, acelgas y cebollas, y las tumbas de su difunto esposo. Onyango Obama, y el hijo mayor de esté, Barack Obama, abuelo y padre del ahora omnipresente jefe de estado. “Ah, eso”, dice en tono burlón Mama Sarah cuando se le pregunta sobre el alumbrado público, el drenaje y el nuevo camino, todavía de terracería, pero en vías de ser asfaltado, que comunica a la aldea con la capital provincial. Todo ello financiado y realizado por el gobierno central durante la semana posterior al anuncio del triunfo de su descendiente. “Eso no es nada, las cosas no cambian de la noche a la mañana”, arremete de forma contundente, demostrando que, aunque palpable, la fiebre Obama no seduce a todos por igual, al menos no en Kogelo.

A sus 86 años, Sarah Obama reboza energía. Su semblante emana paz. Los pliegues de su rostro reflejan un espíritu estentóreo y su voz, aunque trémula, transmite autoridad. “No guardo muchas esperanzas –respecto del paso de su nieto por la presidencia de los Estados Unidos—“, explica la icónica abuela, “no creo que las cosas vayan a cambiar mucho, Kenia sigue siendo Kenia y él seguirá siendo estadunidense”. Termina la frase con una mueca cortada, que deja entrever su desdentada sonrisa. Es casi medio día y el sol en Kogelo acucia imbatible. Mama Sarah se levanta de la mecedora de su porche y bota el deshilachado delantal. La ayuda su asistente personal, a quien contrató en fecha reciente para espantarle a los cada vez más numerosos visitantes que llegan hasta las puertas de su casa solicitando verla. A la vista queda su chillante falda multicolor. Es hora de ir al mercado del pueblo, en donde no sólo se encuentra con sus amigas de toda la vida, sino que también ofrece, a los marchantes usuales, los vegetales que cultiva en su pequeña huerta. “Es mi parte favorita del día”, confiesa con una mirada traviesa. No gana gran cosa, pero le sirve para ayudarse, explica su interprete con un inglés quebrado.

Mama Sarah no es la abuela biológica de Barack Obama, sin embargo, de acuerdo con la tradición luo, es como si lo fuera. Fue la segunda esposa del padre de su padre y dentro de la ancestral costumbre de esta tribu tiene todos los derechos que cualquier madre sobre la prole de su extinto esposo. Barry, como le llaman familiarmente en Kogelo al señor presidente, la conoció por vez primera durante el viaje de iniciación que hizo a Kenia en los años noventa, en busca de sus raíces paternas. En aquel entonces pasó varios días hospedado en la misma choza que Mama Sarah todavía habita; ahí aprendió a comunicarse con ella, aunque ninguno de los dos hablara la lengua del otro. Desde entonces, de acuerdo con el mismo Obama, la llama afectuosamente Granny.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, y si de algo puede jactarse Mama Sarah es de ser vieja, que no diabla. Quizá por ello Kenia tendría que escucharla más atentamente cuando dice “aquí no ha pasado nada”. Pero mientras eso sucede, Mama Sarah ya cruza la reja que divide su choza, con todo y campamento militar, de la vereda que lleva al mercado de Kogelo. Voltea y se despide alzando la mano; aunque desde lejos pareciera que con los dedos dibujase en el cielo la v de la victoria.

Comentarios