Alemania: visa para los "inteligentes"

jueves, 8 de julio de 2010

BERLÍN, 8 de julio (apro).- La exigencia de someter a un test de inteligencia a quienes quieran emigrar hacia Alemania no partió esta vez de ningún faro del pensamiento conservador. Tampoco fue una Schnapsidee --tal como se denomina en alemán a alguna idea propia de la efusividad rumbosa de una noche de aguardiente-- surgida en la cabeza de algún joven neonazi.

Peter Trapp, quién lanzó la idea, no es una figura notoria dentro de la Unión Demócrata Cristiana (CDU). Las discretas estaciones de su carrera consignan una formación como agente comercial en el consorcio Siemens, su ingreso a la policía de investigaciones de Berlín en 1968, estudios de criminología y una especialización en desarrollo de estrategias de lucha contra la delincuencia callejera.

Trapp se jubiló de la policía con 52 años, en 1999. Ese mismo año fue elegido diputado por las filas conservadoras para el parlamento de Berlín. En la actualidad preside la Comisión de Política Interior, Seguridad y Orden.

El expolicía saltó al gran ruedo de los medios el último 28 de junio. En entrevista con el Bild Zeitung, periódico recelado por la intelectualidad alemana debido a su carácter sensacionalista, pero temido por la clase política por ser el de mayor tirada e influencia, Trapp se refirió a los criterios que de acuerdo a su opinión tendrían que guiar la inmigración en el futuro.

"Además de tener una carrera y una calificación técnica, los inmigrantes deberían pasar por un test de inteligencia", dijo. "No debemos hacer un tabú del tema; el Estado debe fijar para la inmigración criterios que le sean útiles".

La idea de Trapp encontró apoyo en un encumbrado colega de la Unión Socialcristiana (CSU), el partido aliado de la CDU en el estado de Baviera. Markus Ferber es en la actualidad el presidente de la fracción de su partido dentro del Parlamento Europeo.

El eurodiputado, quien en su juventud, curiosamente, también fue empleado de la empresa Siemens, abogó por una reformulación de la política migratoria a nivel de la Unión Europea.

"En Canadá se exige a los hijos de futuros  inmigrantes un coeficiente intelectual mayor al de los niños nativos", argumentó Ferber. "Los motivos humanos como el reagrupamiento familiar no pueden ser a largo plazo el único criterio de la migración", agregó.

La embajada canadiense en Berlín le salió rápidamente al paso, a través de un comunicado, en el que negó de manera tajante que Canadá exija un test de inteligencia a sus inmigrantes.

El sinceramiento de Trapp y Ferber no encontró eco en el gobierno alemán. El portavoz del gobierno de la canciller federal Angela Merkel, Christoph Stegmanns, se permitió una ironía con su colega, al señalar que la propuesta "es descabellada y no se destaca precisamente por su inteligencia".

La oposición pudo regodearse. El alcalde de Berlín, el socialdemócrata Klaus Wowereit, tachó la propuesta de "discriminatoria e inhumana".

"Estúpida y funcional al racismo", opinó Ali Al Dailami, miembro de la conducción nacional de La Izquierda. Los Verdes propusieron a los conservadores que utilicen el test de inteligencia a la hora de nominar a sus candidatos. 

 

Liberales, prósperos y buenos

 

Bajo el término "inmigrante", tal como lo usan Peter Trapp y  Markus Ferber, subyace la idea de que quien emigra es de por sí un sujeto deficitario frente a los habitantes "naturales" del país adonde llega.

Esta forma de racismo, ciertamente muy entendida, presupone que un ciudadano crecido en una próspera democracia liberal es en principio intelectual y moralmente superior a los ciudadanos de los  países que no son ni liberales ni ricos. 

La lista de declaraciones políticas que recalcan esta asociación ha sido extensa en los últimos años. Y no se restringe a las filas de los partidos tradicionalmente conservadores. Uno de los animadores habituales de este funesto ranking es el socialdemócrata Thilo Sarrazin, exdirector de finanzas de la ciudad de Berlín y actual miembro del directorio del Banco Central Alemán.

Sarrazin es un personaje desgarbado, huesudo, de gruesos anteojos. Cuando habla, sus ojos más bien se entrecierran. Su tono es tranquilo y monótono. Su estilo, algo descuidado, es quizá un resabio de su paso por la generación del '68, cuando llevaba el pelo largo y expresaba ideas bastante diferentes a las que el año pasado pudieron leerse en la entrevista que le hizo la revista Lettre International:

"La  gran mayoría de los inmigrantes turcos y árabes ni quieren ni pueden integrarse; no tienen ninguna función productiva más allá de vender frutas y verduras". O: "No tengo por qué reconocer a alguien que nada hace por integrarse; no tengo por que aceptar a alguien que vive del Estado pero lo rechaza, que no se preocupa de la educación de sus hijos y que produce continuamente nuevas niñas que cubren con pañuelos su cabeza."

Muy pocos miembros del Partido Socialdemócrata han pedido la exclusión de Sarrazin de sus filas. Tampoco se lo expulsó del Banco Central Alemán  tras su declaración vertida en una reunión con empresarios en la ciudad de Darmstadt,  en octubre del año pasado, y a la que Joseph Goebbels no hubiera negado su firma: "Los inmigrantes tienen más hijos que los alemanes, con lo cual hay una diferencia entre el crecimiento de distintos grupos de la población con diferente inteligencia. De esta manera, a través de un proceso puramente natural, nos volvemos en promedio más estúpidos."

"Este tipo de declaraciones no son meras expresiones de resentimientos inconscientemente racistas", dice a Apro el cientista político Gideon Botsch, del Centro sobre Estudios del Racismo Moses Mendelssohn en Potsdam. "Sirven de manera intencional como propuestas para la arena política, escenificadas como una ruptura de tabúes, donde se movilizan prejuicios que sólo han sido proclamados con esa radicalidad por partidos antidemocráticos de la extrema derecha."

Thilo Sarrazin es quizá el primer socialdemócrata que echa mano a argumentos propios de los partidos neonazis, libertad que hasta entonces sólo se habían permitido algunos políticos conservadores.

"A mucha gente le resulta difícil de aceptar, pero Alemania se ha vuelto, irreversiblemente, una sociedad multiétnica", señala  Gideon Botsch. "Esto ya se ve muy claramente en la selección alemana de fútbol, donde muchas de sus nuevas estrellas tienen un origen extranjero."

Exactamente 11 de los 23 jugadores de la selección alemana son hijos de padres extranjeros. De hecho, la quinta parte de los 82 millones de habitantes de Alemania tienen un así denominado "trasfondo migratorio".

 

Adustos porteros

 

La propuesta de los políticos conservadores activa resentimientos contra los extranjeros, en un momento en que el gobierno de Alemania se ha inclinado por un programa de austeridad fiscal que recorta los gastos sociales, pero no compromete a los sectores de mayores ingresos.

No sólo sorprende la adopción de un modo bastante concreto de racismo, sino también el motivo expuesto. Si bien desde la Reunificación alemana hasta 2007 el número de inmigrantes superaba al de emigrantes, el proceso se ha revertido.

Desde hace dos años, dejan Alemania más personas que las que llegan. En 2009 hubo 721 mil inmigrantes y 739 mil emigrantes, según datos de la Oficina Federal de Estadísticas.

Las autoridades parecen oficiar de adustos porteros, dispuestos a exigir garantías de pedigree para admitir el acceso. Pero la situación se parece más bien a una fiesta en la que el anfitrión reelabora infructuosamente la lista de invitados, mientras sus propios familiares se van por la puerta de atrás.

La población alemana ha extendido sus expectativas de vida rápidamente en las últimas décadas, y la tasa de nacimientos ha disminuido tanto, que muchos expertos ya han advertido que, de continuar esta tendencia, en apenas 15 años la situación será insostenible.

El Instituto para el Estudio de los Mercados de Trabajo de Nuremberg calcula que para el año 2025 la cantidad de  personas  laboralmente activas se reducirá en 7 millones. El informe consigna que el mercado laboral registró una caída de 100 mil personas entre 2007 y 2008.

 

Validez

 

La rusticidad del mecanismo que ahora proponen los políticos conservadores para intentar moldear la inmigración a Alemania llama la atención.

Desde hace algo más de 100 años, los expertos discuten sobre lo que realmente es la inteligencia y si existe un modo de medirla. Aunque en internet puede encontrarse infinidad de test de inteligencia,  hasta hoy no hay una definición única de lo que es la inteligencia.

La piedra fundamental del test moderno surgió con el francés Alfred Binet, quien en 1904 comparó la capacidad de niños en edad escolar para resolver tareas de grados superiores e inferiores.

Diez años más tarde el alemán Wilhelm Stern multiplicó los resultados de esta "inteligencia cronológica" por la edad real del niño, surgiendo así el primer coeficiente de inteligencia.

En la década del '30, el psicólogo estadunidense Howard Gardner habló de una inteligencia múltiple: musical, lógico-matemática, del lenguaje, personal, motriz. Los test de inteligencia, según sus críticos, intentan medir el pensamiento lógico y racional, dejando de lado la inteligencia emocional, que facilita de manera decisiva el desenvolvimiento e intercambio humanos.

"El pensamiento independiente de la motivación y la emoción no existe", dijo el psicólogo alemán Franzis Preckel en una entrevista publicada el pasado 1 de junio al Sueddeutsche Zeitung.

Otros psicólogos creen que la validez de los resultados depende de la relación del test con el ámbito de vida de cada persona.

La discusión en Alemania deja de lado totalmente la sangría que significa para los países periféricos esta política dirigida a captar sólo sus talentos. América Latina es la región del mundo que ha experimentado el mayor incremento en el número de personas calificadas que emigraron al mundo industrializado en los últimos años, según se desprende de un informe elaborado en 2009 por el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA).

Según este informe, México encabeza los valores absolutos de este ranking, con 1 millón 400 mil emigrantes altamente calificados en el año 2007. Cada año, México pierde a 5 mil científicos y profesionales, según datos de un estudio publicado en 2009 por la Universidad Nacional Autónoma de México y la Secretaría de Educación Pública.

Se supone que el dinero invertido para la formación de los profesionales no se recupera, ya que no es el inmigrante más calificado el que envía más remesas. El propio Banco Mundial sostiene que la emigración dificulta la capacidad de recuperación económica de los países pobres cuando involucra a trabajadores calificados.

 

cvb

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