Costa Rica: el reino de las narcoabuelas

domingo, 27 de marzo de 2011

SAN JOSÉ, 24 de marzo (apro).- Por los malolientes y tenebrosos caminos de algún barrio marginal de Costa Rica, un mensaje secreto se propaga con rapidez: “La abuela está cocinando”.

De pronto, bajo una aparente normalidad, la abuela termina con su “oficio doméstico”.

Pero la realidad es otra: encubiertas en una candorosa imagen de humildad y sabiduría, supuestamente dedicadas a cuidar a nietos e hijos y a tradicionales labores hogareñas –como bastiones de las familias–, “narco-abuelas” y “narco-madres” costarricenses operan pequeños “laboratorios” de droga en las cocinas de sus viviendas y dominan las cadenas de negocios al menudeo de cocaína, mariguana y “crack”, en barriadas urbanas y rurales de Costa Rica.

En una estructura regida por la lealtad familiar, una red de proveedores, distribuidores, “mulas” o “burros”, “correos”, cobradores, mensajeros, gerentes de sitio, vendedores, bodegueros, procesadores de mercancías, “cocineras” y una larga lista de cómplices, responde a las órdenes de las mujeres que, con mano dura, controlan una parte de las transacciones de drogas al por menor en este país, con lo que ayudan a propagar la adicción, principalmente entre jóvenes.

Un informe que el Ministerio de Seguridad Pública de Costa Rica entregó a Apro muestra que de 400 organizaciones de narcotraficantes nacionales y extranjeros desarticuladas por la Policía de Control de Drogas (PCD) de mayo de 2006 a noviembre de 2010, 347 son locales, y de ellas 124 son clanes familiares.

En una entrevista con Apro, el comisionado Juan José Andrade, director de la Fuerza Pública (policía civil) de Costa Rica, señaló que antes “la abuela y la madre eran los bastiones de los hogares, pero hay un deterioro social y ahora encabezan ‘narco-clanes’. Cuando el clan es desbaratado (por la policía) se captura a todos y termina por desintegrarse la familia. Unas van a la cárcel de mujeres, otros a la de menores y otros a la de mayores”, describió.

La cifra de “narco-familias” desarticuladas pasó de 94 a 124 de mayo a noviembre de 2010, y de mayo de 2008 al mismo mes del año pasado se incautaron más de 700 mil piedras de “crack”, según el informe.

En 542 operaciones de ataque al narcotráfico local y foráneo en 2010, la PCD detuvo a 94 mujeres y 400 hombres y decomisó 31 mil 788 piedras o dosis de “crack” de un peso promedio de 0.15 gramos cada una, más de 3.5 toneladas de cocaína, 266.7 kilos y casi dos millones de plantas de mariguana, y 109.4 kilos de heroína, de acuerdo con los datos oficiales.

Según la PCD, la figura “narco-familia” surgió en los últimos años, tras una práctica que fue impuesta por los narcotraficantes colombianos y mexicanos en sus operaciones de contrabando de droga de Colombia a México, vía Centroamérica: entregar pequeños paquetes de cocaína para pagar combustible, transporte, bodega y otros servicios suministrados por sus socios centroamericanos.

A fin de recuperar la inversión y obtener ganancias, los centroamericanos crearon sus propias cadenas de tráfico interno para vender la droga en el mercado local, y en ese escenario entran, precisamente, las “narco-familias”, como lo dieron a conocer la PCD y el estatal Instituto Contra las Drogas de Costa Rica.

En ese sistema emergen piezas clave de control: la abuela y la madre.

“Las estructuras familiares mafiosas elevan su seguridad. Es más difícil que el padre traicione al hijo o la madre traicione a la hija o el hijo traicione a su madre, que en este caso es la abuela. Vemos a mujeres que muy jóvenes tuvieron hijos, hoy tienen ya nietos y son abuelas, y lamentablemente incurrieron en el delito del narcotráfico”, afirmó el viceministro costarricense de Seguridad Pública, Walter Navarro, también consultado por Apro.

Con una posición geográfica estratégica entre los más importantes centros de producción de cocaína en Colombia y los grandes mercados de consumo en Estados Unidos, Costa Rica sufre el embate de los cárteles del narcotráfico internacional, que utiliza una serie de corredores aéreos, terrestres y marítimos de Centroamérica como pasadizos para el contrabando de drogas.

 

Protección y lealtad

Andrade relató que la policía llega “al que se expone en vía pública y anda con dos piedrillas de ‘crack’ en la bolsa y cobra 500 o 1000 colones (1 o 2 dólares) por cada una. De ahí al que se la lleva en bicicleta, al que lleva el pedazo de cocaína para que sea cocinado y el que lo recibe, hay toda una estructura que cada quien monta de acuerdo con sus posibilidades. Algunos reclutan a su mamá, a su abuela, a sus hermanos, a sus parientes”.

Prosiguió: “La cabeza de la familia ha involucrado a sus parientes y se aprovecha del secreto, la confianza, la lealtad, requisito indispensable en términos de venta de droga. Se establece todo un muro de protección que ocupa la cabeza para poder sostenerse. En esas organizaciones, al final siempre hay línea de parentesco entre primero, segundo y tercer nivel. Si no hay parentesco, hay líneas de amistad muy fuertes que permiten esa confianza para poder proteger a la cabeza”.

La descripción oficial dibuja un aparato de narco-actividad del núcleo familiar en el que participan abuelas, suegras, madres, esposas de hijos o esposos de hijas, hermanos y hermanas, cuñados y cuñadas, y tíos y tías, pero también niños y niñas usados como “burros” y expendedores de la mercancía, pero que caen atrapados en la drogadicción. El círculo de la drogodependencia es  total.

Algunos casos del primer semestre de 2010 tienen la coincidencia de madre e hijos. En operativos antidrogas, en Siquirres, en el área del Caribe, los agentes detuvieron a una mujer de 40 años y a su hija, de 28, y en Aserrí, al sureste de San José, se arrestó a una madre de 50 años y a sus dos hijos, de 24 y 26, así como a uno de sus ayudantes.

En San Vito de Coto Brus, al sur del país y cerca de Panamá, la policía detectó a una mujer que utilizaba a sus hijos menores de 18 años para vender droga a adolescentes.

 “La situación es muy preocupante, ya que el concepto de familia es lo más fuerte que deben tener las sociedades, y cuando una familia empieza a incursionar en narcotráfico, es una alerta que debe tener la sociedad en todos sentido”, apuntó Navarro.

Un punto vital de “estas organizaciones criminales es la compartimentación sanguínea. Esos nexos hacen que los vínculos sean muy fuertes y hacen muchísimo más complejo y difícil combatirlas con la intervención telefónica. Hacer las pre-compras (de droga con dinero marcado) es difícil”, puntualizó.

“Lo más duro”, prosiguió, ”es que cuando se captura a la cabeza de familia, ya sea a la madre o al padre, el que sigue en el orden en la casa, un hijo o la misma abuela, continúa con el negocio. Muchas veces la gente dice: ‘es que ahí se sigue vendiendo droga’. Y es que detuvimos a uno de los que estaba traficando, pero un hijo, un nieto, un sobrino, un hermano, la mamá y ahora hasta la abuelita terminan haciéndose cargo del negocio”, precisó.

De 623 encarceladas en El Buen Pastor, que es la única prisión de mujeres de este país, “la mayoría” enfrenta delitos de narcoactividad, aseguró.

“En El Buen Pastor hay mujeres que están allí criando a sus hijos, porque tienen derecho a tenerlos hasta los tres años de edad en esas instalaciones. Ese es el inicio de lo que le espera a un hijo que prácticamente sus primeros pasos los da en un penal, y es una alerta muy grande para la sociedad costarricense. Ello nos obliga a invertir más en prevención y educación de adolescentes, que terminan siendo madres adolescentes y siendo abuelas muy jóvenes. Luego acaban, lamentablemente, en este vínculo de narco-familias”, aseveró.

 

Corrupción policial

Los costarricenses María Nieto y Fernando Calderón trabajan con familias y menores en riesgo en la Pastoral Social de la Iglesia Católica en el barrio Sagrada Familia, uno de los más pobres y conflictivos del sur de San José. Ambos viven en ese populoso suburbio capitalino, rodeado de otros igualmente problemáticos, como Cristo Rey, Barrio Cuba y Hatillo, y conocen de cerca la realidad.

“Hay personas de afuera del barrio que traen la droga para que otros la vendan”, explicó Nieto, al confirmar a Apro que existen informes de “cocinas” para producir “crack” en esa comunidad.

Lo extraño, alertó, es que los hechos se registran en un sitio que alberga a una de las principales comisarías policiales de San José, aparte de que dispone de una casetilla en un punto estratégico y cerca de casas en las que se trafican drogas.

“Hay corrupción de la policía. A las 12 de la noche, en ciertas esquinitas se vende la droga y la policía está ahí cerca y sabe todo. Y esto ocurre no sólo en Sagrada Familia, sino en otros barrios de Costa Rica. Estamos inundados de eso y la juventud está perdida. La cosa está fea. Empezando por la autoridad (policial), que aquí no tenemos. La autoridad de aquí no sirve para nada”, denunció.

Con recelo, dejó entrever que persiste un contubernio entre delincuentes y policías. “Si se denuncia, (los traficantes) se desquitan después y apedrean la casa o matan algún familiar y hasta allí llegó todo, por el temor a represalias en que uno vive”, advirtió.

Al respecto, Andrade adelantó que investigará la presunta corrupción policial en esa barriada, y alegó que la población dispone de mecanismos confidenciales para denunciar el comportamiento irregular de los efectivos, como actos en los que “policías puedan estar involucrados en negocios de venta de droga al menudeo”.

Tras admitir que “es difícil y complicado confiar” en el aparato de gobierno cuando se cuestiona a un funcionario público, reveló que en 2010 se recibieron más de 2 mil denuncias de corrupción policial, de las cuales 500 fueron tramitadas a procesos disciplinarios “con prueba recolectadas”. Sólo por abuso de autoridad hubo 287 causas, informó.

 Costa Rica, que abolió el ejército en 1948 y depositó su seguridad en una policía civil cuyo número de efectivos planea aumentar de 12 mil 600 a 16 mil 600 en los próximos meses, registró un incremento de la violencia en los últimos años por el tráfico ilícito de estupefacientes.

Las cifras del gobierno muestran que la tasa de homicidios pasó de seis por cada 100 mil habitantes en 2000 a 11.3 por cada 100 mil personas en 2009.

Las intensas disputas entre los delincuentes se saldaron con balaceras constantes el año pasado en Sagrada Familia, recordó Calderón.

“El problema lo hacen ‘cuatro gatos’ en un barrio. He escuchado que hay familias (involucradas) en la droga. Uno supone que otras están así. La drogadicción es tremenda y se está dando con los más jovencitos, que arrastran uno al otro y no les importa si son de 14 años”, reseñó.

“En el barrio, los comercios cierran temprano. Muchos jóvenes asaltan a otros jóvenes, y por el hecho de darse a respetar se roban un carro o asaltan un negocio”, dijo, luego de lo cual detalló que la marginación social es de la sociedad en general hacia la comunidad en particular, pero también es interna, “ya que al que no lo marginan, se margina solo”.

Calderón sonrió unos instantes al deslizar que el problema narco-familiar es mayúsculo. Y confesó: “En el barrio hay temor, hay miedo”.

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