Egipto: La revolución extraviada

lunes, 4 de abril de 2011

Todo ocurre a gran velocidad: 18 días de protestas deponen un régimen egipcio corrupto y los militares emergen como los salvadores del país. De inmediato los uniformados aplican medidas represivas y convocan a un referéndum para enmendar la constitución. Los opositores sospechan que su revolución fue secuestrada por quienes han detentado el poder en Egipto desde hace seis décadas.

 

EL CAIRO, 4 de abril (Proceso).- La libertad que los egipcios ganaron tras 18 días de protestas es algo nuevo para gente acostumbrada a que todo lo controlaban las fuerzas de seguridad. Están desorientados y temerosos. Algunos sienten que hay una contrarrevolución en marcha; otros creen que lo logrado es suficiente y ya quieren que llegue la calma, y unos más se preguntan qué pasó con su revolución.

La cúpula militar –que asumió el poder tras la salida de Hosni Mubarak, presidente durante 30 años– tolera los ataques violentos contra civiles, practica la tortura y ya hizo pública su intención de legislar para castigar las manifestaciones callejeras con cárcel y multas por al menos 500 mil libras egipcias (casi 1 millón de pesos).

En Egipto, donde nunca pasaba nada, ahora la gente ve una rápida sucesión de eventos. Tal vez el más importante fue el referéndum del 19 de marzo, cuando por primera vez en la historia reciente los ciudadanos formaron largas filas para votar.

El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, órgano que gobernará hasta que haya autoridades civiles electas, sometió a consulta popular una serie de cambios constitucionales, entre ellos: limitación del mandato presidencial a dos periodos y restricciones a la capacidad del gobierno de imponer leyes de emergencia.

Las elecciones presidenciales serán en septiembre, y los críticos sospechan que tanta prisa no se debe sólo al fervor democrático.

Millones de jóvenes adultos cruzaron una boleta por primera vez en su vida. La gente mayor recuperó un hábito: “Ya no recuerdo la última vez que voté, pero fue antes de 1981 (cuando Mubarak subió al poder)”, dice Amr Suelam, sesentón del barrio de Zamálek.

No todos quedaron satisfechos: “No puedo creer que tanta gente haya votado ‘sí’”, exclamó Shima Jelmy –estudiante universitaria y activista de esta revolución comenzada el 25 de enero– cuando supo que 77% de los votantes apoyaba las reformas. 

Quienes convocaron a respaldarlas fueron los militares, los exmilitantes del Partido Nacional Democrático (PND, disuelto hace poco) y los Hermanos Musulmanes.

En contra estuvieron los grupos de jóvenes que hicieron la revolución –como el Movimiento 6 de Abril–, los partidos opositores Wafd, Ghad y Khefaya, y figuras de la política y la cultura, como los candidatos presidenciales Amr Musa, secretario general de la Liga Árabe, y Mohamed El Baradei, premio Nobel de la Paz.

“Votar sí en el referéndum es resucitar la Constitución de Mubarak”, advirtió El Baradei, quien prefería que se elaborara una nueva en vez de introducir reformas. “Esto va a generar un Parlamento manchado”.

“Nos prometieron que las enmiendas serían sometidas a un extenso debate”, reclama Wael Ghonim, una de las caras más conocidas de la insurrección por su activismo en las redes sociales. “Prometieron también que las reformularían en caso de que hubiera desacuerdos importantes. Pero de pronto tienen muchísima prisa”.

Ghonim señala algunos de los puntos que le preocupan:

Que se diga que los candidatos presidenciales no deben tener “esposas” extranjeras (en femenino), lo que de entrada descarta las candidaturas de mujeres; que se exija que sólo sean egipcios, lo que excluye a muchos ciudadanos que tienen doble nacionalidad; y que cualquier partido, aunque sólo tenga un diputado, pueda presentar candidatos, en tanto que a un aspirante independiente se le exige el respaldo de al menos 30 representantes populares.

Lo que más inquieta a los revolucionarios es la velocidad con la que ocurren las cosas: el 11 de febrero cayó Mubarak, 14 días después ya había propuesta de reformas constitucionales y tres semanas más tarde se pidió a la gente que decidiera sobre ellas en un solo paquete, sin posibilidad de aceptar algunas y rechazar otras.

“Oficialmente el PND puede haberse disuelto, pero sus dirigentes siguen operando y son ellos quienes controlan las estructuras políticas que montaron durante décadas”, afirma el periodista Abdel Araf.

“Aparte de ellos el único grupo organizado con presencia nacional es el de los Hermanos Musulmanes. ¿No es significativo que se trate precisamente de quienes pidieron votar por el sí? Con las elecciones a la vuelta de la esquina sólo ellos tendrán posibilidades reales de competir. Los demás están formando partidos prácticamente desde cero”, añade.

 

Tufo contrarrevolucionario

 

“Siempre estuvimos acostumbrados al orden”, dice Shima Jelmy. “Ahora tanto alboroto ha terminado por asustar a la gente. Han dejado de entendernos y creen que ya tenemos lo que queríamos, que debemos darnos por satisfechos. Y por otro lado a muchos les asusta la idea de hacer enojar al ejército”.

Una peculiaridad que pocos conocen de esta revolución es que no se quiso derrocar al régimen egipcio sino a una figura que lo representaba (Mubarak). Las fuerzas armadas controlan el país desde el golpe de Gamal Abdel Nasser en 1952; el pasado febrero, al tomar distancia de Mubarak facilitaron su caída y evitaron caer con él. 

Casi desde el principio los generales actuaron como si el problema no fuera con ellos; los insurrectos prefirieron verlo así y evitar enfrentarse con los uniformados. Pese a que hubo denuncias de torturas perpetradas por militares, había una colaboración tácita entre unos y otros, como quedaba en evidencia en la plaza Tahrir, centro de la revolución, cuyos accesos eran controlados conjuntamente por voluntarios y por soldados.

Para muchos, la revolución triunfó cuando el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas le arrebató el poder al presidente. Mubarak se negó a renunciar y al final los militares lo pusieron en un avión. Técnicamente fue un golpe de Estado.

La mayoría de los manifestantes que ocuparon Tahrir 18 días empezaron a abandonar la plaza y le dieron a los uniformados un voto de confianza para que llevaran a cabo la transformación del sistema político que ellos mismos dirigieron casi 60 años.

Otros no les creyeron. Durante semanas hubo una lucha sorda entre la minoría que insistía en permanecer en Tahrir hasta que los militares entregaran el gobierno a civiles, y los soldados que los hostigaban para forzarlos a marcharse.

Esto se incluyó en una serie de sucesos que hicieron pensar a algunos rebeldes que había una contrarrevolución en marcha. A lo largo de todo el mes pasado hubo muchas señales en ese sentido.

El 27 de marzo, una falla en el detonador impidió que explotara una bomba colocada en un gasoducto en el Sinaí; en Tahrir, el 8 de marzo, las participantes de una marcha femenina fueron agredidas y dispersadas por una contramanifestación; y reaparecieron los baltagiya (los golpeadores de Mubarak) que en distintos días y ciudades de Egipto atacaron a los revolucionarios.

Lo más grave fueron los enfrentamientos del 9 de marzo en El Cairo entre miembros de la minoría cristiana y de la mayoría musulmana, que dejaron 13 muertos y más de 140 heridos.

Según Emad Gad, analista del Centro Al Ahram de Estudios Políticos y Estratégicos, en esas acciones parece verse la acción de policías al servicio de “empresarios corruptos y miembros del PND. Los han usado antes; ahora tratan de afectar la seguridad del Estado y juegan con los problemas religiosos para llevar a Egipto a la guerra civil”.

El 11 de marzo, el primer ministro Isam Sharaf (un académico que participó en la revolución y fue colocado en ese puesto por la cúpula militar como una forma de ganarse a la oposición) admitió que temía que hubiera una contrarrevolución en marcha:

“Oremos porque esté equivocado”, dijo en un programa de televisión. “El gobierno acepta como verdad que lo que ocurre está organizado y es sistemático. Desafortunadamente se puede sentir que hay gente que está tratando de destruir la estructura del Estado”.

 

¿Qué le pasó a la revolución?

 

Lo que se puede sentir ahora en Egipto es que el control de los militares sobre los ciudadanos se parece demasiado al que había en el viejo régimen.

Pese a que los uniformados prometieron levantarlo “cuando deje de ser necesario”, sigue vigente el estado de emergencia –que permite a las autoridades realizar aprehensiones sin orden judicial, prohibir organizaciones y cerrar medios de comunicación a su antojo– que Mubarak mantuvo 30 años y cuya cancelación es demanda de los revolucionarios.

También está en vigor el toque de queda, que vuelve a los soldados dueños de la noche. De día establecen puntos de revisión en los que los ciudadanos tienen que mostrar sus identificaciones y responder preguntas.

Según Abdel Ramadán, abogado de la Iniciativa Egipcia por los Derechos Personales, “miles de civiles que protestaban han sido arrestados, se les niega acceso a defensores civiles e incluso la oportunidad de llamar por teléfono a sus familias. Son sometidos a juicios de cinco minutos con sentencias de cinco años de prisión”.

Priyanka Motaparthy, representante de Human Rights Watch en El Cairo, dice que se violan los derechos de los ciudadanos a quienes se somete a la justicia militar: “Son manifestantes civiles, los interrogan frente a abogados militares designados por la fiscalía militar. No les dan acceso a abogados civiles. Una vez que los sentencian, no hay proceso de apelación”.

El ejemplo más elocuente de cómo los soldados se aferran a las viejas prácticas es que siguen torturando a los detenidos, como se reveló en un acto para discutir el rumbo de la revolución a dos meses de su inicio, en un barco-restaurante en el Nilo, el 25 de marzo. 

Los asistentes recordaron que un par de semanas antes, el 9 de marzo, los baltagiya atacaron y destruyeron el campamento en Tahrir con ayuda de los soldados. Los agresores arrestaron a un número indefinido de personas, a las que llevaron a un puesto militar a pocos metros de ahí, en los bajos del museo de Antigüedades Egipcias.

Uno de los detenidos fue Ragy el Kashef, quien durante seis horas recibió golpes y descargas eléctricas tan brutales que dejaron marcas en su cuerpo.

Otra fue Rasha Azab, reportera del semanario Alfajr: “Me pateaban el estómago, me golpeaban con palos y me abofeteaban. Sólo se referían a mí con insultos. Vi que arrastraban y azotaban a docenas de hombres, gente que estaba en Tahrir. Escuchaba a personas que gritaban desde dentro del museo y los soldados me dijeron: ‘Deberías agradecerle a Dios que no estás allá adentro’”.

Un informe de Amnistía Internacional reveló que fueron al menos 17 las mujeres sometidas a tratos indignos: “Las golpearon, les dieron toques eléctricos, las sometieron a revisiones por debajo de la ropa mientras las fotografiaban los soldados. Con la amenaza de más torturas y de ser acusadas de prostitución, las obligaron a aceptar ‘exámenes de virginidad’ que realizaban médicos hombres frente a los soldados”.

En el acto en el Nilo, en el que participaron miembros de todos los partidos de oposición, la abogada de derechos humanos Ragia Omran denunció la ley antimanifestaciones que quiere aprobar la cúpula militar y preguntó: “¿A dónde va la revolución, la que empezó en la plaza Tahrir? ¿Qué le pasó a la revolución que creamos?”. 

 

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